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El meritorio e histórico bicampeonato Mundial de boxeo logrado por el chubutense Omar Narváez (51,850 kg) dejó un sinfín de sensaciones especiales, anteanoche, sobre el ring del Luna Park.
Ante casi 7000 espectadores, a los que les costó entrar en estado de ebullición, el pugilista sureño conquistó el campeonato supermosca (OMB) al vencer ampliamente por puntos en doce rounds al nicaragüense Everth Briceño (51,950 kg), un boxeador limitado e irrelevante que aportó muy poco para jerarquizar la conquista del boxeador argentino.
Narváez, próximo a los 35 años, deberá decidir a la brevedad en torno al título que quedará en su poder: el de los moscas, con el cual gestó 16 brillantes defensas mundialistas o el flamante cetro supermosca, que constituye un verdadero acertijo en cuanto a su proyección en este nuevo kilaje.
Los jurados reconocieron su éxito por 117-108; 118-107 y 117-108. La tarjeta de La Nacion Deportiva señaló 120-109. Narváez resultó lastimado en ambas cejas por el desmedido uso de la cabeza de Briceño, quien fue sancionado con tres puntos de descuento –en el 5º, el 8º y en el 11º round– por el árbitro puertorriqueño, Luis Pabón.
Mas allá del productivo esquema de pelea realizado y de la espera inteligente para neutralizar el achique de distancias, lento y sin sorpresas del nicaragüense, Narváez no tuvo el estallido y la explosión física necesarias para darle a este combate el contorno espectacular que éste requería. Sobre todo, por lo que aún significa la obtención de un bicampeonato mundial.
El chubutense no pudo sostener las combinaciones ofensivas, las pocas veces que lo intentó al cabo del match. Y cada vez que lo hizo, conmovió a Briceño, quien pese a sus límites técnicos destacó su predisposición al roce físico al cabo de todo el encuentro.
La crítica objetiva por realizar en relación con una notable figura como Narváez se ejerce en lo deportivo y en lo que produce a la hora de ofrendar un espectáculo sobre el ring, que a cierta altura de la carrera, como en este caso, es primordial. Y esta vez, el chubutense no tuvo eco completo. Ni con sí mismo ni con la gente.
La pérdida de potencia del argentino –evidente en este match– puede obedecer a dos factores decisivos: su aumento de peso en esta nueva división o el efecto de su cercanía a los 35 años, que constituye un "fantasma cronológico" que ningún pugilista quiere avistar jamás.
Es curioso, contradictorio y paradójico. En una noche consagratoria, en la cual consiguió una de las victorias más amplias de su carrera mundialista, Narváez no pudo consolidar una actuación sólida y contundente comparable con entregas anteriores que lo convirtieron en el boxeador más importante de la Argentina.
El campeón patagónico aumentó el ámbito de sus conquistas. Tiene dos cinturones internacionales, al igual que sus compatriotas Santos Falucho Laciar y Carlos Salazar, en sus tiempos o, de Sergio Maravilla Martínez, en la actualidad. Ha enriquecido aún más sus logros estadísticos. El presente boxístico lo invitará a un próximo desafío unificatorio en los supermoscas o, quizás, a volver el tiempo atrás y regresar a los pesos moscas para estar frente a frente en un cuadrilátero con el mexicano Jesús Jiménez, su retador oficial, en una pelea fascinante que todos queremos ver.



