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Síntesis del partido
Luego de tantas tempestades, huracanes y maremotos provocados por el seno mismo de un plantel que fue comparado con un caberet, Boca naufragó en medio de la incredulidad de su gente, que prefirió abandonar espantada el barco antes de producirse el casi anunciado hundimiento.
Dentro de él, y sin la menor intención de tenderle una mano solidaria, la hinchada dejó, solos y desamparados, a los marineros y al capitán (léase jugadores y técnico), quienes aceptaron en silencio el veredicto popular de jugar más de la mitad del segundo tiempo sólo para los familiares y amigos.
Demasiado duro si se tiene en cuenta que la hinchada de Boca es sinónimo de color, pasión y entrega. Esa entrega que no encontró desde el mismo minuto que Diego Bustos empató el partido, ocho minutos después de que Palermo protagonizara el único acierto de la tarde al convertir un gol de cabeza a los 27 minutos de la primera etapa.
Hasta ese momento, y pese a que la convocatoria no fue multitudinaria, las banderas estaban desplegadas y debajo de ellas se escuchaba a regañadientes el aliento al equipo. Después -tras un primer período que sólo valió para lamentarse por los dos mano a mano desperdiciados por Caniggia- el entretiempo fue aprovechado por Gerónimo Saccardi, que movió acertadamente las piezas y aniquiló a un gigante errático y descoordinado en todas las líneas.
Si Boca había mostrado algo rescatable en la primera etapa con las apariciones de Calvo, Latorre y Caniggia, lo perdió en la segunda, a la que le sumó las paupérrimas actuaciones de Jorge Bermúdez y de Sergio Castillo.
Tan evidentes ventajas resultaban imposibles dejarlas pasar desapercibidas y los jugadores de Ferro supieron cómo y cuándo sacar provecho de ello. Víctor López y Bustos se ubicaron sobre la izquierda y desde allí le dieron vida a su equipo y muerte al rival.
En siete minutos, el acta de defunción xeneize fue sellada en Caballito con las firmas de Bustos y Yaque. Sorpresa para algunos -los más- y delirio para otros -los menos-, pero en el juego no cabía duda alguna para sorprenderse, porque Boca era víctima de una inoperancia colectiva que aumentaba por la falta de un conductor futbolístico y anímico.
Del otro lado de la línea de cal, el motivador Héctor Veira intentó salvar el barco poniendo a un inexpresivo Guillermo Barros Schelotto. Ya era tarde y las festejadas corridas de Caniggia se contrapusieron con otros dos mano a mano errados ante la ya consolidada figura de Rocha.
Con los tablones a la vista como inimaginable escenografía, Boca sufrió ante cada avance del conjunto local. Cordon, Víctor López, Bustos y compañía producían un agujero tras otro al ya raído casco del barco con bandera sueca. Hasta que Bustos, con un exquisito remate con la parte externa del pie izquierdo, hundió sin piedad a la nave que ya marchaba a la deriva.
Alegría, desilusión, bronca y odio. Estos cuatro estados de ánimo se enquistaron sin pedir permiso en el alma del ayer dolido hincha de Boca, que, por lo manifestado en la masiva retirada, acaso hubiese preferido pagar la entrada de un cabaret.


