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La casa de Brijesce quedó destrozada, como otras 35.000 en Sarajevo. Pero Edin Dzeko, a diferencia de unos 1200 niños de la ciudad muertos durante la guerra, sobrevivió en la casa de los abuelos. Quince personas en 35 metros, con un póster del ucraniano Andry Shevchenko y pateando en la calle cuando cesaban las balas. "¿Qué cómo fue mi infancia?", respondió al llegar al Manchester City. "Una mierda".
Líder en la campaña de ayuda que hizo la selección de Bosnia y Herzegovina por las inundaciones de mayo pasado, las peores en 120 años (35 muertes, miles de evacuados y daños por 4.000 millones de euros), Dzeko, que rechazó ofertas para jugar por República Checa y Alemania, tiene claro por qué y para quién jugará mañana contra Argentina en el Maracaná: "Jugando para Bosnia responde la pregunta de quién es".
La frase, escrita en un libro del periodista Ed Vulliamy, podría caber también a Vedad Ibisevic, autor del gol ante Lituania que dio el histórico boleto al Mundial a Bosnia y Herzegovina, una nación de apenas 4 millones de habitantes y dos décadas de vida, que nació tras la Guerra de los Balcanes de 1992-95, el drama de la ex Yugoslavia bañada en sangre, todavía vigente en odios sobre quién comenzó primero y mató a más.
"Vi demasiadas cosas horribles", dijo alguna vez Ibisevic. Mataron a su padre y su tío. Todo el barrio fue arrasado. Y él, como otros dos millones, se convirtió en un refugiado. "Un gol, para nosotros, es mucho más que un gol", dice Ibisevic, que llegó a St Louis, Estados Unidos, procedente de Vlasenica. El mismo recorrido que Asmir Selimovic, a quien su madre vistió de niña para salvarlo de la matanza serbia de ocho mil bosnios musulmanes de 1995 en Srebenica. "Cuando Dzeko hace un gol –dice Selimovic a Vulliamy- anotan con él todos los refugiados bosnios del mundo. Es nuestro ejemplo y esperanza, nuestro cuento de hadas".
El arquero del Stoke City Asmir Begovic, escapó a los cuatro años de Hrasnica a Alemania, y cuenta que se dio cuenta de cuál era su origen cuando años después volvió a Sarajevo para asistir al funeral de un abuelo que nunca logró conocer. Muhamed Konjic, primer capitán histórico de la selección, hoy comentarista, soldado bosnio antes de unirse al Mónaco de Thierry Henry, cuenta que no hay veto posible cuando el defensor Toni Sunjic (croata) le pasa la pelota al volante Zvjezdan Misimovic (serbio bosnio) y éste se la da a Dzeko (bosnio): "La cancha es donde Bosnia realmente sucede. La principal luz para mostrar quiénes somos".
Lo sabe ante todo el DT Safet Susic, leyenda del fútbol, quien asumió en la selección después de que los aficionados, apoyados por los jugadores, hicieron marchas y boicotearon partidos y lograron que la FIFA y la UEFA obligaran a dimitir a dirigentes corruptos.
Son jugadores cercanos a su gente, como Miralem Pjanic, el defensor de Roma, que compró toda una farmacia de su pueblo para ayudar en las inundaciones de mayo, un desastre que Dzeko difundió por la CNN. "Dzeko, Dzeko", le gritaron ayer al ídolo un grupo de niños brasileños, cuando el plantel salía de su práctica en Guaruja, a 90 kilómetros de Sao Paulo. Dzeko, me cuenta Alejandro Wall, único periodista argentino presente, siguió de largo. Y los niños decidieron cantarle entonces: "¡Ar-gen-tina, Ar-gen-tina"


