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La vigilia de la evocación histórica del 22 de mayo de 1976 se convirtió en un ritual de respeto y orgullo para los integrantes de la familia boxística argentina; uniendo la gloria y el ocaso en una sola acción, fusionando la risa y el llanto con la épica y la tragedia casi al mismo tiempo. Y esto jamás pudo disociar a las celebridades que protagonizaron esta cumbre increíble; separada por pocas horas y por dos continentes: América y África.
La madrugada en que asesinaron a Oscar Natalio Bonavena en el lúgubre Mustang Ranch del estado de Nevada y una tarde bravía y sangrienta cuando Víctor Emilio Galíndez, en Johannesburgo, Sudáfrica, demostró cómo un púgil malherido… jamás será vencido. Ambos, en circunstancias opuestas, se convirtieron en íconos de la memoria popular y pasional del pueblo argentino.

¿Quién fue Bonavena? Un muy buen peso pesado –en tiempos de los mejores de la historia- que peleó con los más poderosos, pudiendo revertir su imagen resistida y soberbia en un sentimiento querido y afable para la gente después su inolvidable pelea con Muhammad Alí, en 1970.
Al cumplirse 50 años de su asesinato, sería simple, fácil y cómodo recrear con unas palabras floridas lo que siempre se dijo de este episodio: el descontrol de Bonavena en un burdel; la seducción sobre Sally, una señora mayor casada con Joe Conforte, capomafia y dueño del lugar, y una conducta iracunda determinante para el trágico final. Sin embargo y como redención a este facilismo descriptivo –que nunca fue profundizado- compartiremos con los lectores de LA NACION la última gran pesquisa de este caso realizada por el investigador argentino Al Camano en su libro Ringo RIP, editado por Amazon en 2023, tras recorrer comisarias, fiscalías, tribunales del Oeste americano y dialogar con los sobrevivientes del Mustang Ranch. Y esto determina un cambio rotundo en la historia oficial. Extraemos de su libro varias citas que desmenuzamos a continuación:
“Aquel Mustang Ranch de 1976 no tenía dirección. Te decían que tenías que manejar 14 km. desde Reno por la ruta 80 y bajar a la derecha. Y entonces llegabas a Sparks, una zona con bastantes carencias. Nunca situaron al pago de Sparks como base del final de Ringo”.

En su publicación de 14 capítulos, en inglés y español, Camano, tras pernoctar varias semanas en el lugar del hecho sentenció: “Nuevamente se debe enterrar la historieta que Ringo, de 33 años, andaba con Sally, la exmujer de Conforte, de 59, y con problemas para caminar”. Conforte se había casado en dos oportunidades tras separarse de Sally, quien continuaba ligada a él por negocios en el Mustang Ranch. La narración agrega: “Ringo, en su última noche, convivió con Fancy, la española, una alternadora de cabaret que la mismísima Sally le presentó. El día previo a su muerte Ringo cenó con Fancy y se fue hasta Reno a jugar blackjack en el casino Sundowner. Perdió 200 dólares y recibió una llamada urgente –anónima- para regresar al prostíbulo, donde Conforte preparaba su asesinato”.
“Bonavena se hizo querer por todos allí”, comenta Camano. Buscaba tener una última chance el boxeo; eso significaba una pelea desquite con Muhammad Alí, reacomodar sus finanzas, y por eso demoraba su regreso a Buenos Aires. Simpatizaba con todos los empleados del lugar que lo admiraban y apoyaban. Y Conforte –que idolatraba a Benito Mussolini– no lo toleró. Enfureció al ver que su gente congeniaba con él.
En la pagina 167 de su libro, Camano detalla: “Bonavena volvió de buen modo al burdel, llevaba en su bota una pistola que Sally Conforte le había confiado. Y John Colletti, el guardia de seguridad, le pidió –de buena manera- no ingresar al recinto, confesándole íntimamente que su vida corría peligro, detrás de los barrotes de un portón que nunca se abrió. De pronto, y al grito de freeze!!! (detente), Willard Ross Brymer, sicario de Conforte, le disparó desde 15 metros – a ras del piso- y lo ejecutó. Ringo apenas pudo girar y cayó para siempre” con el corazón destrozado.
Ahí nació un mito que crece día a día y cautiva la atención, curiosidad y admiración de las nuevas generaciones argentinas. Se hizo libro, monumento, calle, tribuna, cine y serie de TV. Ringo inmortal y las razones de un final que aún se desconoce.
Víctor Emilio Galíndez, “El leopardo de Morón”, amaba a Ringo Bonavena. Se sentía protegido y percibía el cariño que su ídolo le retribuía. Defendió con una gallardía suprema su título mundial semipesado entre 1974 y 1979, y su guapeza, distintiva de cualquier otro boxeador, lo inmortalizó como un peleador excepcional.
Aquella tarde del Randy Stadium de Johanesburgo, los sudafricanos dividieron el estadio en tribunas para blancos y para negros. Y curiosos, los hombres de color, que habían presenciado como Victor había terminado con el héroe sudafricano blanco Pierre Fourie en 1975, lo habían convertido en su boxeador favorito. Pese a pelear contra un púgil cuyo cuerpo asemejaba a una escultura de ébano tallada a mano: Richie Kates, de Estados Unidos.
Todo el equipo argentino estaba enterado de la muerte de Ringo y la misión era evitar que Víctor se enterara de esa noticia. Haciendo lo imposible. Y el propósito se cumplió.
Un cabezazo de Kates, en el tercer round, destrozó el entrecejo y la zona derecha del ojo de Galíndez, que parecía desangrarse en el ring. Su cuerpo de contorneaba del dolor. Clive Nole, médico sudafricano de turno, dilató la decisión, mientras los 42.125 espectadores presentían el final.

El árbitro local, Stanley Christodoulu, que se convertirá con el tiempo en un personaje importantísimo de tal aventura, nos confesó en Medellín, Colombia, en 2017: “La herida era muy difícil de controlar y se necesitaba tiempo para hacerlo. Tito Lectoure, desde el rincón de Galíndez, ensució la escena; presionó a los periodistas y fotógrafos argentinos a invadir el ring y perder tiempo, y eso fue fundamental. Pudo luchar con la herida y la sacó adelante. En lo personal, siempre le daré a un campeón la oportunidad de seguir en pie hasta que lo crea conveniente. Y a veces, resulta cuestionable”.
Galíndez, bañado en sangre, continuó la pelea hasta el último round, el 15°. Y faltando once segundos para el campanazo final –por entonces interrumpía la cuenta- ganó por KO con un gancho de izquierda. Consiguió una definición fabulosa, considerada como una de las patriadas máximas del deporte nacional.

El gran Ernesto Cherquis Bialo, evocó el momento de notificar a Galíndez de la terrible situación: “El doctor Noble limpió la herida y comenzó la sutura; cuatro puntos de largo, tres de ancho en los tejidos de la ceja herida. De pronto, Tito tomó su mano derecha y con el doctor Roberto Paladino ¡sujetamos sus brazos! ‘¡Qué pasa! ¡Qué pasa!’ preguntó asustado. ‘Hoy asesinaron a Bonavena y ya no hay nada que hacer’. Víctor aflojó su cuerpo y sus piernas se desarmaron sin sentir el rigor de la aguja que seguía suturando. Quedó casi desmayado y solo decía: ‘¡No! ¡No!’”.
Pasaron cincuenta años desde aquel 22 de mayo de 1976. Por suerte, nos seguimos acordamos todos los años un poquito más. Y nos sentimos orgullosos de que así sea.




