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Este viernes comienzan las Eliminatorias más inclusivas de la historia del fútbol sudamericano. Una sucesión de partidos que irán desde octubre de 2011 hasta septiembre de 2013 que podrían derivar en que seis países, sobre diez, puedan estar en Brasil 2014. Obviamente los brasileños ya tienen su lugar asegurado como país organizador y el resto de Sudamérica atesora las tradicionales 4.5 plazas para poder clasificarse. Ninguna otra zona del planeta puede garantizar que hasta el 60 por ciento de los seleccionados que participan lleguen al Mundial. La Argentina, entonces, no comienza con su partido contra Chile la búsqueda de un objetivo que parezca inalcanzable. El desafío real del seleccionado que ahora comanda Alejandro Sabella estará en cada uno de los partidos que juegue luego de años de desencantos y frustraciones.
En fútbol una noticia empuja a la otra y así un nuevo tema conquista su espacio. El debut en las Eliminatorias tal vez sirva para terminar de digerir una Copa América todavía atragantada y con sabor desagradable para todo tipo de paladar. El fútbol argentino, especialmente con su selección, lo único que ha producido en los últimos tiempos fueron polémicas rastreras y escándalos entre personas que horas antes se besaban las mejillas. La Argentina tiene a Lionel Messi en sus filas pero todavía no ha conseguido administrar esa riqueza a disposición. Alejandro Sabella lo tiene claro como pocos porque lo sufrió como adversario en un partido (Barcelona-Estudiantes en la final del Mundial de Clubes 2009) en el cual Messi no tuvo mejor ocurrencia que hacer un gol de pecho . Sabella, que lo padeció, consigue entender la dimensiòn de Messi y su capacidad de hacer daño como pocos tècnicos argentinos. Por eso no para de elogiarlo y potenciarlo.
Es por todo eso que Sabella es quien tiene ahora la titánica tarea de convertir a jugadores que salen campeones con sus equipos en un equipo de campeones. Esa transición es lo que más le ha costado aprovechar al seleccionado en los últimos años. La Argentina cuenta con figuras cotizadas y ganadoras en equipos europeos. Con futbolistas que viven toda la semana bajo la organización y el trabajo en clubes que cuentan con los entrenadores más afamados del planeta. Y semejante "know-how" no ha servido para que la suma de las partes formen un todo con la camiseta celeste y blanca.
Bien mirado, el trabajo de Sabella no es sencillo. Tiene que romper con una dinámica de venir-juntarse-jugar-irse que para los convocados al seleccionado representan una mezcla de compromiso, visita familiar, presión mediática, calor popular o reprobación de acuerdo a lo que suceda en la cancha. Y a la vez no es del todo cierto que el técnico del seleccionado no tenga tiempo de trabajar: una semana de dos partidos en Africa no representan un volumen ideal, pero es un espacio concreto como para gestar un boceto de idea de juego y afinidades. Así fue y así será.
La Argentina es una selección cotizada en amistosos donde interesan más los mercados a conquistar que la calidad de los partidos y los rivales. Queda muy lejos la selección que se enfrentaba contra las potencias del fútbol: La Argentina jugó 65 amistosos internacionales desde diciembre de 2000 hasta la semana pasada, en Belém, cuando perdió con Brasil. En ese lapso jugó apenas una vez contra Italia, otra contra Holanda, dos veces contra Francia, dos contra España y cuatro contra Brasil. El grueso de los partidos se da contra seleccionados de menor jerarquía. Los amistosos quedan como islas en medio del apretado calendario del fútbol internacional, pero cuando se analiza ese tipo de partidos en la continuidad del tiempo queda a la vista que la AFA privilegió el aspecto recaudatorio que la necesidad de medirse contra equipos que obliguen a mejorar lo que se tiene. La Argentina tiene en esos amistosos un fiel reflejo de lo que es: un seleccionado que no se guía por objetivos deportivos.
La memoria histórica es lo que permite presumir que la plataforma de lanzamiento de este nuevo ciclo del seleccionado se da desde cierta altura y con una proyección interesante. La realidad indica que el seleccionado argentino viene de la nada y que precisa, urgente, ir hacia alguna parte. Lo esperan dos años de una Eliminatoria que casi no elimina y que debería permitir gestar un concepto novedoso para un equipo perdido en la falta de resultados. Alejandro Sabella tiene en sus manos la posibilidad de construir un seleccionado que conmueva y emocione como otros seleccionados argentinos lo han hecho en el pasado reciente. Un equipo que tenga mística y convoque a que ver fútbol signifique un ejercicio de placer y no una mera costumbre cultural en nombre de la identidad colectiva.


