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MELBOURNE.- Allí, en el suelo, la bandera celeste y blanca enjuga las lágrimas de dos argentinos históricos. Abrazados e hincados, como en un rezo interminable, lloran una felicidad inmensa, única. Allí, sobre la pista del Vodafone Arena reciben las miradas de todos. No sorprende tanta descarga emocional. Todos conocen la historia de este gladiador de las bicicletas que se llama Juan Curuchet, con más de 20 años de carrera. Y todos empiezan a relacionarse con su nuevo compañero, su ladero en la máxima consagración, Walter Pérez.
Experiencia y juventud, guía y talento finalmente consiguieron esa amalgama que sólo los grandes pueden tener. Y por eso ahora lloran y celebran este triunfo inigualable del ciclismo argentino: los dos vencieron en la prueba americana en el Mundial de Melbourne y conquistaron la primera medalla dorada de la historia para nuestro país. Un éxito que imaginaron, soñaron y creyeron posible durante mucho tiempo. Pero que sólo a cinco vueltas del final, del total de 200, entendieron como impostergable.
"Sobre el final comencé a llorar y llorar porque sabía que cumpliría mi sueño: ganar esa camiseta arco iris [la reservada para los ganadores] de la que tantas veces estuve cerca", balbuceó Curuchet, el veterano de 39 años. Antes había ganado la medalla de bronce en la carrera por puntos, mientras que Pérez también fue tercero, en scratch.
Desde que la prueba americana fue introducida en los Mundiales, en Bogotá 95, Juan se subió al podio en seis ocasiones, aunque nunca lo hizo a lo más alto. Lo intentó con su hermano Gabriel (dos bronces y una plata), con Edgardo Simon (dos bronces) y con Walter Pérez (bronce, el año último). Pero fue con Pérez con quien dejó atrás el estigma.
Pérez, de 29 años, le aportó al equipo el ímpetu lógico de los más jóvenes. Quienes lo conocen dicen que "tiene un talento especial y supo adaptarse a lo que quería Juan". Todo ello ocurrió desde 2003, cuando empezaron a correr juntos. Y si bien la relación dio sus frutos rápidamente, también fue necesario el cuidado de Juan, que lo aconsejó y lo retó cuantas veces hizo falta. Como ocurrió después de la Copa del Mundo de Aguascalientes (México), en marzo último, en la que terminaron 11os. "Debe darse cuenta de que en lo que hacemos somos uno de los mejores equipos del mundo", le contó a LA NACION unos días después de aquel traspié. Y le subrayó los sacrificios necesarios para ser top.
"Teníamos una forma física excelente y sobre el final pusimos lo que sólo tenemos los argentinos para quedarnos con esta medalla", explicó La Liebre tras la consagración.
Lo del empeño extra Pérez lo dice por la definición. La americana es una prueba de resistencia y estrategia. En ella, se pone una distancia como meta final (en este caso, 50 kilómetros, o 200 vueltas). El conjunto ganador es el que cumple con el total de giros estipulados, es decir, al que no le sacaron vueltas. Si hay dos o más equipos que hayan cumplido el total de la distancia, se declara ganador al que haya sumado más puntos en los sprints (cada 20 vueltas se otorgan unidades a los cuatro primeros).
Cuando faltaban apenas una veintena de giros, los italianos Marvulli y Risi (defensores del título) tenían una vuelta de ventaja. Allí, los argentinos lanzaron un ataque feroz y les dieron alcance. Estaban al frente con 7 puntos contra 5 de los europeos. Regularon la ventaja hasta el final, cuando ya sabían que el título no se les escapaba.
Y allí comenzaron esos llantos interminables, los agradecimientos infinitos y los sueños grandiosos. En Atenas, Juan Curuchet cumplirá su quinto Juego Olímpico. Y en Walter Pérez parece haber encontrado al compañero ideal. En Melbourne demostraron que el podio olímpico no es imposible.



