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Empuja el orgullo, ese sentimiento tan profundo –y traicionero, a veces– que agranda el corazón. No es fácil de compatibilizar el pasaporte de nacionalidad norteamericana y la sangre de color mexicano. Con muchas cosas deben lidiar los chicanos o pochos, como se llama a los hijos de mexicanos que nacieron y viven en los Estados Unidos. Oscar de la Hoya y Fernando Vargas son dos de los muchísimos ejemplos que tiene el boxeo de este fenómeno. Ambos pertenecen a barrios calientes del este de California, pero no unieron su causa. Por el contrario, se odian. Y desde hacía mucho estaban esperando esta oportunidad de encontrarse sobre un ring. Será pasado mañana, en el Mandalay Bay de Las Vegas, donde unificarán los títulos mundiales de la categoría mediano junior, en un combate que en nuestro país se verá por Space.
Se trata de un nuevo caso del bueno contra el malo. De la Hoya es el “Chico Dorado”, rostro angelical –de actor de cine–, preferido del público femenino y políticamente correcto fuera de los rings: un exitoso, hasta grabó un disco melódico con su voz; Vargas es el Feroz, de mirada resentida y con algún antecedente policial por incidentes domésticos.
El combate se publicita como “Mala Sangre” (Bad Blood) y tiene que ver con el aborrecimiento que se profesan mutuamente. Vargas no quiere hablar públicamente sobre la razón de su odio, pero todo se remonta a cuando se entrenaban juntos, a mediados de los 90. De la Hoya era ya una figura prominente (había sido campeón olímpico y reinaba como monarca mundial) y Vargas, que lo idolatraba, era un amateur promisorio que se preparaba para llegar a Atlanta 96. Parece que en varias sesiones de guanteo el Golden Boy lo vilipendió a tal punto que el Feroz se juró que un día se desquitaría sobre el ring.
¿Quién es más mexicano de los dos? Esa parece ser la pugna extra, más allá de los títulos que habrá en juego. A pesar de que lo intentó en toda su carrera –a veces de manera claramente demagógica–, De la Hoya nunca pudo captar la simpatía de la tierra de mayas y aztecas. En eso, Vargas le lleva varios cuerpos de ventaja: por ejemplo, consiguió el padrinazgo del ex campeón mundial Julio César Chávez, ídolo del boxeo mexicano y vencido dos veces por De la Hoya.
Además de las amenazas que se cruzaron en cuanto reportaje les hicieron, De la Hoya y Vargas estuvieron frente a frente en enero último y todo terminó mal: cara a cara se dijeron de todo y tuvo que intervenir una decena de custodios para que no se golpearan. Luego, una lesión en una mano de De la Hoya postergó el combate. Por eso, durante otro encuentro con los medios, anteayer, De la Hoya (ganará 14.000.000 de dólares) y Vargas (cobrará US$ 6.000.000) compartieron el recinto, pero separados por un biombo de vidrio.
Habrá una sombra en el ring-side, el estigma que los marcó a fuego. Félix Tito Trinidad, el hombre que les quitó el invicto (a De la Hoya en forma polémica, a Vargas de manera contundente) se sentará en una butaca preferencial del Mandalay Bay –predijo que ganará el Golden Boy y ratificó que él está retirado–. También aseguraron su asistencia Evander Holyfield, Marco Antonio Barrera, Erik Morales y Shane Mosley y Floyd Mayweather, entre otros.
Orgullo, nacionalidad, raíces... Será una cuestión de honor. De la raza, como dicen los mexicanos. Habrá muchas cosas en juego cuando la velocidad y la técnica de De la Hoya se topen con la agresividad y el poderío de Vargas. Es la sangre chicana la que hervirá, la Mala Sangre.
