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Héroe del béisbol para el universo del deporte. Símbolo para el mundo del espectáculo tras su matrimonio con Marilyn Monroe. Aristas totalmente opuestas que forjaron su vida pública. Perseguido por un cáncer de pulmón, a los 84 años, falleció Joe Di Maggio, considerado uno de los jugadores más completos que pasaron por las Grandes Ligas y punto de referencia para los aficionados de béisbol de todo el mundo.
En octubre último había ingresado de urgencia en un hospital de Hollywood, en Florida, donde le extirparon un tumor del pulmón derecho. A partir de ese momento, batalló contra la muerte en varias ocasiones y, tras haber estado 99 días en terapia intensiva, se recuperó y volvió a su hogar. La enfermedad, empero, siguió minando su organismo hasta que anteanoche, rodeado de su hermano Dominick, sus nietos y dos amigos, el Yankee Clipper, como se lo conocía con el bate en sus manos, dejó de existir.
Figura repetida para los amantes de las estadísticas, durante sus 13 temporadas como líder y estrella de los Yankees de Nueva York, Di Maggio alcanzó récords de todas las características. Un claro ejemplo de su grandeza lo demuestran los 56 encuentros consecutivos bateando hits, logro que aún nadie ha conseguido superar.
Hijo de inmigrantes italianos, Joseph Paul Di Maggio, tal su verdadero nombre, nació el 25 de noviembre de 1914, en California y debutó en las Grandes Ligas en 1936. A lo largo de su carrera disputó en trece ocasiones el Juego de las Estrellas y en diez oportunidades jugó la Serie Mundial. En 1955, tan sólo cuatro años después de su retiro, ingresó en el Salón de la Fama Su vida sentimental estuvo signada por mujeres del espectáculo. En 1939 Joe se casó con la actriz Dorothy Arnold, con quien tuvo un hijo. Pero fue su matrimonio con Marilyn Monroe, símbolo sexual de Holywood y 12 años más joven, lo que lo convirtió en una celebridad a nivel. Esa unión, que comenzó en 1951, sólo duró tres años, pero marcó a fuego la vida de Di Maggio. A la muerte de Monroe, en 1962, el beisbolista ordenó que tres veces por semana se colocara una rosa roja sobre la tumba de su ex esposa, tradición que mantuvo durante 20 años.
"América ha perdido a uno de los más amados héroes de este siglo. Este hijo de inmigrantes nos dio a todos algo en qué creer. Era el símbolo de la gracia, el poderío y la habilidad de los Estados Unidos", afirmó el presidente norteamericano, Bill Clinton, desde Nicaragua, donde se encuentra visitando los lugares afectados por el huracán Mitch. Y así como el mandatario, las muestras de pesar desde todos los sectores de la sociedad norteamericana fueron unánimes. Rara paradoja del destino, Di Maggio había sido dado de alta el 10 de enero último y estaba invitado para lanzar la primera bola de la temporada de los Yankees, los campeones, el 9 del mes próximo. Esta vez, su salud no entendió de reconocimientos.
Corría 1941 y yo tenía diez años. Un domingo por la mañana mi padre me llevó a la Bombonera para ver un partido de béisbol entre el equipo local y otro de la Federación. Allí me entusiasmé con ese deporte. La Voz de Las Américas y el relator Buck Canel fueron los medios de que me valí para volverme un fanático, e incluso hacerme hincha de los New York Yankees.
En ese equipo hacía a poco que estaba un elegante jugador llamado Yankee Clipper: Joe Di Maggio. Y, a la distancia, lo convertí en mi ídolo. Y no me falló. Con los años quise imitarlo. Era demasiado grande para superarlo. Gracia, estilo, potencia y una rara precisión en el bateo lo convirtieron, a poco de su debut en las Grandes Ligas, en una gran figura; sumado a que en defensa, su velocidad y presteza en los atrapes lo distinguieron durante los 13 años que duró su carrera en las Mayores.
Tampoco me perdía los noticieros donde él aparecía, y con los vueltos me compraba las pocas revistas deportivas que llegaban al país. Así me enteré de su carrera, de su personalidad alegre y sencilla, que desde que comenzó a jugar, a los 10 años, lo hacían sobresalir del resto.
Fue siempre un líder en el campo de juego. No se lo recuerda con gesto adusto ni con malos modales, pero sí con entusiasmo en los momentos difíciles.
Todo mi afán tuvo su recompensa; cuando visitó Buenos Aires tuve la ocasión de charlar con mi ídolo. Fueron dos horas, que me parecieron dos minutos. Tema único y excluyente: el béisbol. Anécdotas, partidos y situaciones de todo tipo desbordaron las diferencias de idioma y tuve la impresión de estar con un hermano mayor dándome consejos.
Hoy, ya adulto, me parece verlo en el home-plate, bateando un hit y salir corriendo hacia la primera base. Y oigo el grito del umpire declarándolo: "Seguro".



