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No importa cómo ni por qué, simplemente sucede. No existen demasiadas explicaciones acerca de lo que puede generar la sola presencia de aquellos personajes de impronta predominante. Lo de ellos escapa a un simple análisis frío. No tiene que ver con una cuestión de talento, es un asunto más místico. La energía que irradia y la que absorbe puede resultar un bastón para otros. Y anoche en la Bombonera, el regreso de Juan Román Riquelme fue todo eso que él produce sin un balón, todo lo que puede ofrecer para su equipo, para sus compañeros, para la gente, para el entrenador.
Fue la noche de los 200 partidos en el patio de su casa. Resultó la jornada del regreso después de 101 días sin estar desde el arranque con la camiseta de Boca. El andar del capitán y la ovación de toda la cancha representó el alivio de sus compañeros. Él sabe de esto, asume el compromiso y también conoce que sus virtudes deben estar enfocadas en su mirada sobre el juego. Porque se lo advirtió con un físico lejos de su mejor versión, con la falta de minutos, de rodaje, pero pareció dispuesto a conducir desde la palabra y la simpleza para hacer circular la pelota.
Y habla sin hablar también. Porque los brazos abiertos de Román de cara a la tribuna, tras su gol de penal, el segundo y definitivo para un éxito que Boca necesitaba imperiosamente, también expuso lo que él significa en este contexto. Resultó mucho más que una conquista, estuvo ubicado en un lugar de revancha interna, externa, de ayuda para Carlos Bianchi... "Tengo la suerte que mis compañeros confían en mí. El técnico también. Me tratan bien acá", fue la forma en la que cerró su charla con la TV. Después se ofreció pleno para que la Bombonera lo regase de amor y él se sintiese más dueño que nunca de la que siente como su casa.
Dejó atrás una lesión que lo tuvo mucho tiempo marginado. Aunque nunca se supo exactamente cuándo y qué tuvo. Así siempre resultó todo en el universo Riquelme y él también sabe manejar estas cuestiones, porque cuando enfrentó un micrófono lo hizo saber: "Ganar es lo más importante. Estoy contento y bien. Tuve una lesión importante. He vuelto más rápido de lo que pensaban. Hice un partido en el que ayudé a mi equipo. Pudimos ganar".
Así es Riquelme o su aura. Porque cuando la lupa se posa sobre él, siempre tiene algo para ofrecer. Hasta el penal que le hicieron a Insua y después Román cambió por gol, le sirvió a Carlos Bianchi para darle una caricia. Porque el Virrey que iba a darle minutos a Riaño en reemplazo de Acosta, después de que su capitán convirtiese el tanto desde los doce pasos, modificó el cambio y Riaño finalmente ingresó por el N° 10... La Bombonera se arrodilló a los pies del hombre más emblemático para los xeneizes.
Tiene un cómplice clave en toda esta historia. Aquello de "suframos juntos Carlos", es tan evidente que saben tanto Bianchi como Riquelme que están subidos a un mismo barco. Y el Virrey cuando habla de su estandarte futbolístico hasta suelta una risa que mezcla ironía y satisfacción: "Román tiene mucho orgullo, llegó a jugar casi 90 minutos. Sus cualidades técnicas y su capacidad para entender el juego hacen que pueda equiparar o disimular las diferencias físicas que tiene con los demás".
Y Riquelme se encarga de marcar cada paso a dar. Porque comprende que el domingo próximo tendrá enfrente a las urgencias de Racing y hasta le ofreció un guiño al público de Avellaneda: "Veremos el domingo cómo respondemos. Visitamos una cancha difícil contra un equipo grande. Vamos a enfrentar a una de las mejores hinchadas del fútbol argentino. Será un lindo momento".
Un regreso de poco fútbol, pero cargado de una mística que para Boca suma mucho más que tres puntos.



