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El solo enunciado de la noticia resumió el horror más grotesco: funeral en el Estadio Olímpico de Munich. Eran poco más de las cuatro y media de la mañana del 5 de septiembre de 1972 cuando algunas personas que se encontraban cerca de la Villa Olímpica oyeron un estampido, fuerte y solitario. En el momento no se registró ningún signo de alarma; se presumió que se trataba de un mal chiste de algunos. Pero la alarma existió, fue real y así se desató la tragedia en aquellos Juegos: un comando de terroristas palestinos, denominado Septiembre Negro, tomó como rehenes a once de los veinte integrantes del equipo de Israel. El atentado derivó en la muerte de los once atletas, de cinco de los ocho terroristas y de un oficial de la policía alemana.
Súbitamente, la 20a cita olímpica se ensombreció. La acción terrorista terminó de un zarpazo con aquel mensaje de amor y comprensión entre los deportistas de todo el mundo, cantado por más de 10.000 atletas en la ceremonia inaugural. Cuando mandaban las garrochas y los discos, cuando el aplauso de un público feliz encandilaba a los atletas de las más diversas disciplinas, un puñado de descontrolados se coló en el plexo solar de la Villa Olímpica y entrometió problemas provisionalmente postergados. Los perpetró con sangre y ante víctimas inocentes, no implicadas en un conflicto como el de Palestina, que llevaba 24 años.
Consumado el atentado, los aturdidos organizadores de los Juegos tomaron una decisión sin precedente al suspender por un día las actividades. Desde ese momento circularon diferentes versiones sobre la suerte que correría la competencia. Finalmente, el por entonces presidente del Comité Olímpico Internacional, Averly Brundage, salió al cruce de las conjeturas y anunció la continuidad de los Juegos. "No podemos permitir que un puñado de terroristas destruya este núcleo de cooperación internacional y buena voluntad que tenemos en el movimiento olímpico", dijo el dirigente, de 84 años, en una ceremonia fúnebre en el Estadio Olímpico. Lo escucharon 80.000 espectadores y 3000 atletas; entre éstos, los israelíes sobrevivientes, sentados en el centro del campo y bajo una gran custodia.
En la madrugada fatídica, los miembros de Septiembre Negro escalaron la verja de dos metros que rodeaba el complejo, vestidos con ropa deportiva y provistos de pistolas y granadas. Una puerta se abrió ligeramente en el área donde se alojaba la delegación israelí y allí empezó la pesadilla.
El entrenador del equipo de lucha, Moshé Weinberg, se abalanzó sobre la puerta y dio un grito de alerta mientras intentaba cerrarla forcejeando con los terroristas. En la confusión, nueve atletas escaparon y ocho se ocultaron. El luchador Joseph Romano le arrebató un arma a un comando, pero resultó muerto por un disparo. Asimismo, Weinberg fue asesinado cuando intentó atacar a uno de los asaltantes con un cuchillo. Tras su muerte, los miembros de Septiembre Negro capturaron como rehenes a nueve integrantes del equipo.
Luego se supo que los secuestradores eran fedayines palestinos de los campos de refugiados del Líbano, Siria y Jordania. Se trataba de Luttif Afif (el jefe del grupo), Yasuf Nasal, Afif Abmed Hamid, Khalid Jawad, Ahmed Chic Thaa, Mohammed Safady, Adnan Al-Gashey y su sobrino Jamal Al-Gashey. El grupo exigía la liberación de 234 palestinos presos en cárceles israelíes y dos más encarcelados en Alemania. Golda Meir, la primera ministra de Israel, se negaría pocas horas después a conceder el reclamo.
Por la mañana, alertados por huéspedes de las áreas contiguas, doce mil agentes alemanes ya rodeaban la zona de conflicto. Comenzaron las tensas negociaciones para que los ocho terroristas, que exigían un traslado a El Cairo, liberasen a los rehenes. A las 22.10 se fingió un acuerdo y todos, asaltantes y secuestrados, fueron transportados en dos helicópteros a una base aérea, en penumbras, próxima a Furstenfeldbruck, donde los esperaba un avión de Lufthansa. Al aterrizar, dos terroristas bajaron de uno de los helicópteros empujando a dos rehenes y se dirigieron a la nave, que estaba vacía.
Sabiéndose engañados, regresaron hacia los helicópteros precipitadamente y un grupo oculto de agentes de policía abrió fuego, luego de que repentinamente se encendieran los focos de iluminación. En el enfrentamiento final fallecieron cinco terroristas, un policía y todos los rehenes, con un saldo final de 17 víctimas para los Juegos más luctuosos de la historia.
A partir de entonces ya nada fue igual respecto de las medidas de seguridad para las citas olímpicas. Tras las duras críticas recibidas en Munich 72 por la falta de prevención, el Comité Olímpico Internacional colocó especial énfasis en garantizar la integridad de los atletas y el público, con dispositivos mucho más rigurosos. Sin embargo, en Atlanta 96 se viviría otra pesadilla, aunque de distinta naturaleza.

