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El deporte siempre acompañó -y él lo vivió apasionadamente- al empresario Eduardo Rabbione, que murió el sábado último en Marbella, a los 65 años; en realidad, cuando amainó su pasión por la velocidad pasó a la actividad del transporte, que aún tiene un sello inconfundible en las rutas del país cuando unos de los camiones verdeinglés, con su nombre cruzado en todo su largo, pasa raudamente con su carga.
Rabbione, que había nacido el 18 de junio de 1934 en Dolores, se abrazó a la velocidad desde muy joven; como muchos, de la moto pasó al primer coche y no extrañó -ya afincado en Mar del Plata-, que lo atrapase el tiempo romántico del Turismo Carretera.
Rabbione y su Chevrolet recorrieron contra el reloj caminos polvorientos del país; siempre con fe y su indomable ánimo amateur; y no otra cosa que darle rienda suelta a su pasión por los fierros. Fue Mar del Plata, la ciudad de sus sueños juveniles, que lo vio ganador en 1965 en una carrera desdoblada en dos jornadas: 28 y 29 de agosto, que sumó a otra victoria en las Mil Millas; justamente en ese año -1965-, le puso punto final a su trayectoria en el TC, que abarcó más de 10 años, con miles de kilómetros recorridos.
Era previsible: el deporte seguía vibrando en su corazón y en el campeonato Nacional de fútbol de 1969 la sigla de DT brilló en su pecho, pues por un corto tiempo dirigió a San Lorenzo, de Mar del Plata; después, ya sin el antiflama y el buzo de DT, Rabbione fue un incansable trotamundos; amante del sol, como una constante le escapó al frío del Sur con largos períodos en algún punto veraniego de Europa.
Ya afianzado como empresario, don Eduardo -para todos- nunca se olvidó de sus desvelos juveniles y siempre les tendió una mano a todos los emprendimientos que tuviesen un sentido deportivo, al margen de un eventual triunfo o una derrota; al fin de cuentas, ese fue el derrotero que le dio a una vida ejemplar.


