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En Dacca, la ciudad más poblada de Bangladesh, bien al sur de Asia, vive Lucho Theiler, quien llegó allí recomendado por Diego Cruciani, un entrenador argentino que dirigió la selección de aquel país. Se queja de las comunicaciones, de que le cortan la luz cinco veces por día, y le llama la atención que las mujeres también trabajen como albañiles. Pero, a pesar de todo, no reniega de su presente. Una persona que esquivó tiburones y murciélagos gigantes en Islas Maldivas, convivió con las costumbres musulmanas en Siria –y hasta se cansó de que le preguntaran por Menem–, vivió la reconstrucción del Líbano y hoy juega para el equipo que representa a los combatientes de la guerra contra Paquistán, de 1971, debe amar como nadie la profesión. "No me preguntes por méritos deportivos, lo mío es todo sacrificio. Locura tras locura, aventura tras aventura, hasta podría escribir un libro", dice Luciano.
"El sueño de mi madre es que vuelva a jugar al fútbol en Córdoba", se ríe, como burlándose de un futuro que adivina aún lejos de los suyos. "En junio se me vence el contrato, y aún tengo las ganas de siempre, de conocer, de un nuevo mundo. Ya veremos para dónde arranco", reflexiona Theiler. "En el fútbol es difícil predecir dónde vas a terminar", agrega. Y si lo dice él…



