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El fútbol, dice Estados Unidos, no es el Mundial de la FIFA. El fútbol es lo que acaba de volver. La semana pasada abrió la temporada número 107 del fútbol americano. Así desde 1920. Siguió el fútbol tras el ataque de Pearl Harbour y también luego del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. El kick off del miércoles pasado en Seattle, semana aniversario del atentado a las Torres Gemelas del 11 de setiembre de 2001, incluyó un momento de silencio, homenajes y vuelo de aviones de caza sobre el Lumen Field de Seattle, ciudad marcadamente demócrata. Himno, a su modo, de Mike McCready, guitarrista de Pearl Jam.
Es fútbol americano. Santuario deportivo de la patria. Y es el décimo aniversario de Colin Kaepernick, el quarterback de los San Francisco 49ers cuya protesta de 2016, arrodillamiento ante el himno de Estados Unidos, se expandió a millones. Campeones de la NBA, la capitana del fútbol Megan Rapinoe, los músicos Eddie Vedder y Stevie Wonder, equipos infantiles y universitarios, porristas, artistas, congresistas. Lewis Hamilton, Justin Trudeau, la Premier League, actores en la TV. Cientos de miles en todas las calles del país. Y también doscientos jugadores de la propia NFL. La patronal del fútbol americano, claro, echó a Kaepernick de por vida. Y ahora sigue haciendo de las suyas.
La NFL, denunció este lunes el rapero Macklemore, empujó su salida de los conciertos de Ed Sheeran en estadios de fútbol americano porque hace diez días dijo “Palestina libre” en el MetLife de Nueva Jersey, escenario de la final del Mundial. Macklemore enfatizó a los fans judíos en el estadio que su reclamo no era una crítica a ellos, sino un ruego de parar “el genocidio en Gaza. Que su gente sepa que no los hemos olvidado”.
Macklemore, que en 2024 canceló su concierto en Dubai por el rol de Emiratos Arabes Unidos en el desastre de Sudán, contó que Sheeran fue intimado a retirarlo, bajo amenaza de cancelación de los demás conciertos previstos en los estadios de fútbol americano. Y que la amenaza fue liderada por Robert Kraft, patrón de los New England Patriots, gran aliado del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y también de Donald Trump.
Ayer, mientras Kraft confirmaba su “lucha contra el antisemitismo”, se retiraron todos los teloneros de Sheeran en solidaridad con Macklemore. Son los mismos patrones de la NFL, escribió el periodista Karim Zidan, que a comienzos de año abrieron las puertas de sus estadios al rapero Kanye West, que tiene largo historial de antisemitismo y hasta declaró admiración por Hitler. “¿Es realmente peor mostrar solidaridad con Palestina que apoyar a los nazis reales?”, se preguntó Zidan.
Estados Unidos, lo vemos todos los días, brutalizó el debate público en el segundo mandato de Trump y el deporte no podía quedar afuera. Apenas algunas crónicas recordaron estos días el décimo aniversario de Kaepernick, su primer arrodillamiento, sin gritos ni ostentaciones. “Hay cadáveres en las calles”, explicó. Brutalidad policial impune que mata a ciudadanos negros. Y se silenció casi para siempre. Llegó a un acuerdo económico por su expulsión de la NFL, se encerró en sus proyectos sociales y renunció a convertirse en líder. Trump lo llamó “hijo de puta”. Después de Barack Obama, recordó el periodista y escritor Howard Bryant, Kaepernick se convirtió en el rostro principal de la ira blanca. Incluso de colegas suyos, jugadores negros como Ray Lewis, vinculado a dos homicidios, multado en 250.000 dólares por la NFL, pero que nunca fue suspendido siquiera por un partido.
Además de gestos célebres (Muhammad Alí y Vietnam, el podio de Black Power de México 68), Kaepernick vio antes que él a los jugadores de St. Louis Rams entrar al campo con brazos levantados (“no disparen”) tras un asesinato policial y a mujeres basquetbolistas de la WNBA entrar con camisetas negras a la cancha. Luego, el escándalo por su arrodillamiento (recuerdo de Martin Luther King). Y el aire explotó en 2020, asesinato enésimo (George Floyd asfixiado por la toma de un policía).
LeBron James, también él vocero de esos tiempos, y que tuvo duros cruces con Trump, abrió una premiación de ESPN con “Black Lives Matter” (Las vidas negras importan). Y luego millones y por las calles de todo Estados Unidos y de otras capitales, derribamiento de estatuas de esclavistas incluido. Tal vez LeBron simbolice el retroceso de hoy. Primero, el dolor por la impunidad final del asalto al Capitolio cuando Trump fue derrotado por Joe Biden. Y, luego, cuando el propio magnate fue reelegido con más de 77 millones de votos.

Con un patrimonio estimado de 1500 millones de dólares, 41 años, recta final ahora con Philadelphia 76ers, y próximo Salón de la Fama, LeBron hoy no habla siquiera de la violencia de ICE. Del matonaje diario. Su productora, dedicada inicialmente a recordar atletas rebeldes, está más enfocada en el entretenimiento. Y hace diez días él mismo anunció que será hombre de Polymarket, el nuevo negocio de apuestas que él mismo cuestionaba (disfrazado en este caso de “mercado de predicciones”). Para evitar conflictos con la NBA, LeBron solo apostará en el fútbol americano. La semana pasada promocionó su primera jugada. Vaticinó que Seattle Seahawks ganaría la apertura de la NFL a New England Patriots. Triunfó 13-10 el local. Primer acierto de LeBron. Y el deporte arrodillado.




