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Hay gestos cuyo alcance no va más allá de su valor simbólico. Es decir, no pretenden propiciar en sí mismos la modificación drástica de alguna conducta: simplemente buscan, con la reiteración, despertar conciencias. En esa categoría, supuestamente, debería inscribirse la iniciativa de que los equipos ingresen en el campo portando la bandera de su rival de turno, puesta en práctica desde que se reanudó el torneo Apertura tras la suspensión por la investigación de los hechos de violencia. Entender que la actitud se meditó para disolver en el acto el instinto agresivo de algún individuo sería un error.
Pero los gestos, aún con esa limitación, requieren algo imprescindible para tener sentido: sinceridad, voluntad de compromiso real. Ejecutarlos por pura obligación y hasta con desidia es lo mismo -o peor- que no hacerlo: es preparar el terreno para un efecto inverso al buscado. Además, claro, de una conducta desagradable por donde se la mire.
La escena se observó en River-Rosario Central, hace cuatro días, en el Monumental, pero desafortunadamente se viene dando con alguna frecuencia: jugadores que transportaban sin ganas la insignia del adversario; que apuraban el paso con el único deseo de sacársela de encima rápidamente y dejarla caer a mitad de camino. Como si fuera una carga molesta o vergonzante. No más que eso. Se han visto, también, actitudes absurdas de otra índole, como la de no avenirse siquiera a tocar la bandera por el infantil y exasperante "orgullo" de identificarse con el máximo antagonista de esos colores; el caso, se sabe, lo protagonizó Angel Comizzo ante Boca.
Ha ocurrido, por si le faltaban matices a la cuestión, que se decidiera postergar la pequeña ceremonia en la suposición de que caldearía los ánimos: así sucedió en Newell´s v. Rosario Central. El colmo: un gesto pensado para confraternizar, dejado de lado por su presunto efecto irritativo.
Hoy, con semejante respuesta por parte de tantos -no todos, es bueno aclararlo-, cabe preguntarse si vale la pena seguir adelante con un detalle ideado desde el buen gusto, pero con una adhesión menos entusiasta que la deseada. O tal vez, dentro de siete días, River y Boca nos sorprendan con el mejor ejemplo.

