En manos de otros: Boca perdió el control de su destino

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Un disgustado Guillermo en el final del encuentro
Un disgustado Guillermo en el final del encuentro
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2 de mayo de 2018  • 21:23

Boca quedó entre paréntesis. El empate en Barranquilla ante Junior lo dejó flotando en la angustia de saber que perdió el control de su destino. Boca está atormentado. Autodestructivo, ni siquiera el próximo domingo podrá liberar la tensión que lo carcome si consigue el bicampeonato local porque su futuro depende de la Libertadores. Eligió subordinarse a la Copa Libertadores y ahora tiembla: el 16 de mayo, el resto del año desfilará por la cornisa. Su vida deportiva estará atada a la nobleza de Palmeiras, juez del humor xeneize: si los brasileños no se esfuerzan frente a Junior en la última fecha del grupo, rodará Boca.

Boca es un equipo con la mandíbula de cristal, corre hacia adelante impulsado por el miedo. Eso no es atacar. Ese es otro defecto del entrenador, un hombre que se desliza por el tobogán de las derrotas inolvidables. Boca tirita porque intuye el final cada vez que se siente acorralado: se hunde. Independiente del Valle en la Libertadores 2016, dos veces Rosario Central en las últimas Copas Argentina, River en la final de la Supercopa…, y Junior. Porque en Barranquilla, Boca debía ganar ante un rival apenas discreto. Si el partido es decisivo, duda. Siempre duda. Naufraga en un espiral negativo, el mismo que acompaña como una densa bruma a Guillermo Barros Schelotto. Al director técnico lo persigue la amargura en los duelos cruciales, desde el torneo Inicial 2013 que no supo arrebatarle a San Lorenzo en la última fecha, hasta la finales que también perdió con Lanús en la Copa Suruga Bank y en la Recopa Sudamericana.

Cuando a principios de año D´Onofrio eligió blindar a Gallardo con el mejor contrato del fútbol argentino y extender el vínculo hasta el final del mandato del presidente millonario, Daniel Angelici tomó distancia: "Vi lo de River. Ojalá le funcione. Yo quiero ser prudente. Sería bueno que en el fútbol argentino se pudieran ver proyectos a largo plazo. En los años que llevo en club vi que en el fútbol los resultados mandan por sobre el proyecto. Con Guillermo tengo la mejor relación y espero que le vaya bien. Pero si los resultados no se dan, muchas veces se desgasta la relación y hay que evaluar". Ese día crujió la base de apoyo de Barros Schelotto.

Si los 90 minutos con Junior podían separar a Boca de un fracaso con derivaciones insospechadas, algo se hizo mal. Por ahora, prolongó la angustia. Hasta el bicampeonato quedará opacado por el fantasma de la Libertadores. Y el culpable es Boca. Lo acorraló su presidente, Angelici, cuando en su campaña electoral arengó a los hinchas instándolos a tener al día el pasaporte para ir a Japón. Y lo confesó Barros Schelotto hace unos días, en una entrevista con el diario Marca, cuando respondió sobre cuál era su objetivo inmediato: "Ganar de nuevo el campeonato. Y sobre todo la Libertadores, pero demostrando lo grande que es Boca". Fijaba prioridades. Y quedaba preso. De la obsesión al destierro puede haber un suspiro.

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