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LONDRES.- Ola de calor, exceso de cerveza. El gobierno inglés extendió el horario de apertura de pubs, banderas y carteles por doquier. “It ‘s coming home” –“Está viniendo a casa” –, “I’m english till I die” –“Soy inglés hasta que muera” – gritan los que esperan, de una vez por todas, ganar su segunda Copa del Mundo.
En la puerta de los supermercados se venden diarios que no hablan de otra cosa: “3 lions against one Lionel”, dice la portada de The Sun, en referencia al escudo de Inglaterra con sus 3 leones y a un sentimiento que muchos comparten. Este miércoles no solo se enfrentarán a otro país, la Argentina: compartirán la cancha, por primera vez, con Messi.
No es un partido de más. Se siente y se sabe. Sin embargo, Inglaterra lo siente y lo sabe de una manera muy distinta. En la Argentina, toda una generación que no vivió los goles de Diego Maradona a los ingleses tiene una expectativa de vivir una magia similar.

Jack Gisby es inglés, tiene 31 años y se crio en el sur de Londres. Acaba de aterrizar en Estados Unidos, listo para ver la histórica semifinal. Pero, a diferencia de muchos ingleses, tiene una relación muy particular con la Argentina. Se hizo amigo de muchos argentinos mientras estudiaba su master hace un par de años. Rápidamente, algo los unió: el fútbol, ¿qué más? Todos los domingos comenzaron a juntarse a jugar recreativamente, tradición que se mantiene hasta hoy.
“Hay muchísimos elementos de la cultura argentina que me interesan, pero el fútbol es ese elemento en común que compartimos. La pasión, la identidad, el tribalismo”. En su balcón tiene una parrilla a carbón y un cartel en la pared que, sin permiso, le pegó un amigo argentino: “Las Malvinas son argentinas”.
El conflicto de 1982 es la raíz del valor agregado, y pesado, que carga este partido. A diferencia de Inglaterra, que protagonizó ambas guerras mundiales, Malvinas fue la única guerra de Argentina en el siglo XX y la única contra una potencia extranjera “moderna” fuera de la región, algo que explica buena parte de todo este simbolismo.

Peter Aughterson tiene 63 años y recuerda el partido del 86 como si fuese ayer. El nació en Australia y se mudó a Inglaterra a los 10 años, donde vio una pelota redonda por primera vez en su vida. Jugando con sus hermanos, empezó una pasión que lo acompaña hasta hoy.
En los ochentas estudiaba en la universidad y tuvo varios compañeros que fueron a pelear a las Malvinas. Vivió de primera mano esa época y el clima de cambios políticos en el Reino Unido bajo Margaret Thatcher. Pero, más allá de lo que significó esa guerra para el fútbol argentino, la rivalidad tenía cimientos anteriores: en julio del 66, la Argentina perdía en Wembley contra Inglaterra en un clima muy tenso y violento. Veinte años después, y una guerra de por medio, Peter recuerda ver el partido con amigos en un pub que todavía existe, The Ship. “Era uno de los partidos más importantes para los fans. El fútbol inglés venía de un buen momento. Pero también éramos conscientes de quién era Maradona: el futbolista más brillante que habíamos visto hasta ese momento. No había dudas de su talento”.
Las cuestiones ajenas al fútbol no le han despertado nunca sentimientos personales hacia el país ni hacia su gente. “Es la belleza del fútbol: a todos nos gusta la rivalidad”. Sin titubear, al preguntarle por sus miedos frente al actual campeón del mundo, respondió entre risas “Messi”.
Hay algo que se nota comparando las calles de los dos países: mientras en la Argentina las Malvinas están presentes de una manera u otra todos los días, sea en un billete o en un sticker en un colectivo, en Inglaterra la guerra ocupa otro lugar. Jack Gisby lo resumió así: “Está menos presente en la cabeza de los ingleses. Entiendo que fue en un contexto de dictadura, por lo cual esa guerra representa algo fundamental para la identidad argentina”.
“Creo que la rivalidad de nuestro lado está más relacionada a la mano de Dios, o la tarjeta roja -a David Beckham en Francia 98-”, cuenta. “Nací en 1994 y esta es la segunda vez que veo a Inglaterra en una semifinal. Esto es enorme para nosotros.” Al mismo tiempo, le encanta tener amigos argentinos antes de esta semifinal. “Lo hace más intenso, más emocionante. Más allá del resultado, tengo mucho respeto por la selección argentina, tienen de los mejores fans del mundo y las mejores canciones. Lo que más se ve desde afuera es que juegan con una pasión enorme”.
Una de sus amigas es Melanie, tiene 29 años y vive hace dos en Londres. Lo que más disfruta es, al mismo tiempo, lo que más le sorprendió: la intensidad con la que se vive el fútbol. No solo por la selección inglesa, sino porque la enorme presencia internacional de la ciudad hace que haya comunidades de todos los equipos. “Viví el Mundial de una manera muy intensa casi yendo al pub todos los días a ver cualquier partido de cualquier selección”. El partido contra Egipto, de hecho, lo vio rodeada de egipcios. “Hicimos un grupo enorme para ver los partidos de Argentina este año. No solo con argentinos, hay amigos chilenos, peruanos, incluso un amigo de Nepal que bancaron desde el principio. Cambiamos de sede todo el tiempo, lo hemos visto en pubs como en casas comiendo asado. El partido contra Suiza lo vimos con más de 200 argentinos y fue increíble”. Lo que más extraña de Argentina es caminar por la calle y tener sonrisas cómplices con otros argentinos, o escuchar bocinazos cuando se mete un gol.

Esa necesidad de recrear algo de casa también explica La Malafamera, fiesta que se convirtió en una especie de pub argentino. Es hace tiempo el punto de encuentro de la comunidad argentina en Londres cada vez que juega la selección. Cristian (34), Aldo (39) y Gonzalo (37), que viven hace diez años en la ciudad, algunos de sus organizadores, cuentan que todo empezó con un grupo de amigos que jugaba al fútbol amateur. “Un día, uno de los chicos que es DJ pasó un par de temas en el bar donde tocaba, la gente se copó y el dueño nos propuso repetirlo. Así, para el Día del Amigo de 2018, armamos la primera fiesta”.
Para los argentinos que viven en Londres, dicen, La Malafamera es el lugar para sentirse un rato en casa. “Recreamos todo lo que extrañamos de allá, la música y también el ambiente de cancha: por eso tenemos banderas gigantes, globos, papel picado y, obvio, nos aseguramos de que nunca falte el fernet. Pero lo que más cuidamos es que siga siendo una movida de barrio. No tenemos VIP y dejamos un cupo de entradas baratas para darles una mano a los que recién llegan a la ciudad y están arrancando de cero”. La fiesta ya se replica en varias ciudades de Europa (Copenhague, Dublín, Ámsterdam, París, Mallorca, Málaga) y, en septiembre, debutará en Madrid. El año pasado también viajaron a Nueva York y Miami.
Esta vez la organización fue distinta a la de cualquier otro partido. “Nos costó bastante conseguir un lugar, porque todos los pubs y boliches quieren solo hinchas locales. Por suerte ya conseguimos un espacio y estamos viendo cómo manejar la capacidad: vendimos 900 tickets en dos horas”. Sobre la seguridad, aclararon: “No tomamos ninguna medida especial, pero sí bajamos desde la Malafamera el mensaje de cuidarnos entre nosotros y no entrar en ninguna pelea o discusión. No hay que olvidarse de que estamos en su territorio”.
Lo que más se extraña de vivir el partido en Argentina, dicen, es que el país entero se para. Por eso, desde la organización buscan recrear ese momento de familia y amigos, viéndolo y sintiéndolo todos juntos. “Le damos el toque de cancha: tenemos percusión con dos bombos y tres redoblantes, quince paraguas y ocho banderas de palo gigantes. El que no es argentino no puede entender que estemos cantando y alentando como si estuviéramos en la cancha”.
Ese búnker argentino seguirá el partido rodeado de pubs repletos de ingleses. Por unos días, ese resultado va a separar a estos dos países que comparten mucho más de lo que los hinchas solemos admitir. Pero lo mismo que nos une (la pasión, el ritual, las ganas de que el fútbol duela) es, también, lo que no nos separa del todo.


