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La idea de Lionel Scaloni no era recuperar la esencia del fútbol argentino, sino copiar el latido europeo. Las características de los jugadores que tuvo como aprendiz de entrenador de la selección lo hicieron recapacitar. Escuchó –enorme virtud- el grito de la cultura y lo atendió. Sentado en el lobby de un hotel de Almussafes, un pequeño pueblo a 30 kilómetros de Valencia y a media hora de las playas del mar Mediterráneo, Scaloni describía su ideal futbolístico. Se había quedado en la AFA y era el técnico de la selección Sub 20 en el torneo de L’Alcudia, pero por teléfono ya se había enterado que sería el entrenador interino de la mayor por unos meses, mientras se apagaban los ecos del derrumbe en el Mundial de Rusia 2018.
“Me gusta que mi equipo ataque. Si puede llegar en tres segundos al área contraria, mejor, porque cuanto antes llegue, al rival lo vas a encontrar peor parado. Pienso que lo importante es que el jugador sepa entender que cuando recupera la pelota, la recupera para atacar y no por la posesión en sí”, le contaba a LA NACION, y se definía, campechano, genuino.
Estaba convencido del valor del atrevimiento. Y del vértigo como vehículo. Después de la Copa del Mundo de Rusia, en la que había participado como integrante del staff de Jorge Sampaoli, concurrió a un workshop organizado por la FIFA, en Londres, donde se analizaron todas las estadísticas del certamen. “Allí vimos que Francia, campeona del mundo, estaba en el puesto 13 o 14 en posesión de pelota. Y esas cosas te van sirviendo para que tu cabeza te vaya diciendo que hay algo que acá hay que modificar”, le ampliaría a LA NACION.
Su plan, eléctrico y directo, estaba a la vista. Y su etapa interina, entre septiembre y finales de 2018, con seis amistosos, lo certificó. Un equipo intenso, con piezas veloces, siempre listas para las transiciones rápidas. Nada de perder el tiempo, tanto contra Irak y Guatemala, como en los amistosos que asumió con Brasil y Colombia.

Después, cuando Scaloni fue ratificado en el cargo, comenzó a adaptar la propuesta. Entró Lionel Messi en el ciclo a partir de marzo de 2019 y el entrenador entendió que su selección tendría que absorber los compases de la pausa. Él también estaba en construcción. Con los meses (y los partidos) se fue rodeando de trazos más económicos. Como en la Copa América 2021, cuando la selección llegaba a exasperar porque elegía dormir partidos que proponían acelerar. Fue la línea rumbo al título, y no a un título cualquiera: el que cortó los 28 años de sequía, contra Brasil y en el Maracaná. Como sucede siempre, el éxito desatendió el debate. Las victorias no se auditan.
Más tarde, en la antesala del Mundial de Qatar, Scaloni reforzó su posición. “Más que decir que el Mundial lo ganan los equipos que defienden bien, digo que lo ganan los equipos inteligentes, cautos, que saben cuándo atacar, cuándo defender. Raramente lo gana un equipo que avasalla, que está constantemente en campo contrario. Eso lo tenemos claro y nos tenemos que adaptar a eso. La inteligencia forma parte del fútbol”. Esa es su idea madre, bien utilitaria. El pragmatismo fue su elección en Qatar. Ni suicida ni rocoso, atendiendo qué demanda el juego y las características del rival. ¿Inteligente? Asumamos ese término como un resumen, aunque es algo precario, porque los que eligen otros caminos no pasan a ser bobos, simplemente tiene otras preferencias. Como Scaloni, que pensaba totalmente distinto.
Tener la pelota pasó a ser la prioridad y eso siempre es saludable. Se puede asumir el protagonismo –porque hay una sola en la cancha- y es la estación esencial para defenderse. Eligió otras velocidades para atacar. Lo graficaba muy bien el colega Ariel Senosiain hace unos días en su columna para LA NACION: “Argentina no tiene problemas en por momentos parecer un equipo aburrido. Que se entienda el concepto: aburrir es bajar el ritmo, que suceda poco. No le interesa el golpe por golpe”. Cambió Scaloni. ¿Se contradijo? No, aprendió.
“Nos gusta robar para llegar lo más rápido posible al arco de enfrente porque es cuando el rival está desacomodado”, explicaba en aquellos meses experimentales de finales de 2018. Pero después supo ver a sus futbolistas cuando se rodeó de De Paul, Dybala, Papu Gómez, Ángel Correa volanteando, Mac Allister, Enzo Fernández... “Nosotros les mostramos las imágenes de que, cuando juntamos diez pases seguidos, es una situación de gol”, le graficó a Jorge Valdano en 2023. ¿El mismo Scaloni? Sí. ¿Alguien podría condenarlo por eso? “Solo los idiotas no cambian”, insistía Carlos Bianchi. No fue dogmático: creía en una idea y descubrió una mejor. Y tal vez haya otros Scaloni a lo largo de una carrera que, si lo desea, casi que apenas está comenzando.

Ahora hay otro Scaloni y, por derrame, otra selección, casi irreconocible con respecto a su mejor versión. Incómoda, vulnerable. Estancada, pastosa. Prácticamente se le borroneó el estilo, perdió el ADN. Si Suiza no le regalaba la ventaja numérica, parecía perdida. Progresa con dificultad. No junta pases, por pasajes se refugia e intenta algún contragolpe o hasta confía en un saque de arco de Dibu Martínez para correr al espacio. No juega con la pelota ni se defiende con la pelota. Parpadean sus intenciones entre el que fue, el que no se anima a ser o el que no sabe qué hacer. El equipo previsible se volvió incierto.
Sus dibujos tácticos –que no son lo más trascendente del fútbol, desde ya- evidencian que hay algo más que desesperación en el cuerpo técnico: contra Egipto en la remontada memorable, Scaloni en un momento reunió a Paredes, Enzo Fernández y Mac Allister, con Messi, Lautaro, Julián y Nico González. Todos juntos. Ensambló a dos números 9, algo que casi nunca aprobó si Messi estaba en la cancha. Y contra Suiza terminó con Mac Allister y Thiago Almada, sumados a Messi, Julián, Lautaro, Flaco López y Nico González. La síntesis más grafica de un equipo difuminado, que extravió la identidad. Argentina es corazón y vergüenza deportiva, como cuando Cuti Romero confesó que frente a Egipto se fue a poblar el área rival porque a él se le ocurrió, no porque desde el banco se lo hayan indicado. Confusión.

La selección ha ido empeorando en cada partido, y ese es el ulular que aturde porque recorta el margen racional para creer que volverá a ser ese equipo que arrollaba y encantaba. Ya no se pretende tanto, pero sí que se abrace a algunos rasgos distinguibles al menos. Hoy se mira al espejo y no se reconoce, no sabe quién es. Un híbrido colectivo que depende de resortes individuales: la inoxidable magia de Messi trajo a la selección hasta los cuartos de final, justo cuando reapareció Dibu Martínez en un partido vital y Julián Alvarez calcó el gol que para Atlético de Madrid le convirtió a Real Madrid el 4 de marzo de 2025 en el Bernabéu. Eso es jerarquía, no un plan de juego.
El equipo perdió el control porque descuidó la sala de máquinas, el mediocampo cerebral, astuto y dinámico que era su carta de presentación. Fallan todos los engranajes, y ante la emergencia, Scaloni no rearma y perfila la zona medular con otros intérpretes como podrían ser Lo Celso, Paz, Barco, Exequiel Palacios, Giuliano o Thiago con más minutos, porque ni entró contra Egipto. Parece que ahora no cree en la segunda línea, la decisión que cambió el destino en Qatar 2022. Ante la desorientación Scaloni no elige la pelota para reordenarse, sino que suma y comprime delanteros en pocos metros. A contramano de su manual, abandona el mediocampo y se lanza a la aventura.


