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CORDOBA.- El festejo fue de la minoría. Los tres mil hinchas de Nueva Chicago hicieron suya la alegría en el Estadio Córdoba. No era para menos. Sus jugadores terminaban de vencer a Talleres 1 a 0 y conseguían el torneo Clausura, un logro de disfrute efímero teniendo en cuenta que aún no lo habilita a jugar en primera, pero que le otorga tres vías de acceso a la máxima categoría.
Es que pasado mañana jugará la final por el primer ascenso con Godoy Cruz, de Mendoza, pero para la gente que llegó desde Mataderos eso no pareció importar. La satisfacción era demasiada luego de sobrellevar un partido emotivo, que lo pudo haber liquidado bien temprano luego del gol de Oyola, en contra -Carranza había ensayado un centro que se desvió en el defensor-, cuando Talleres era desconcierto y desorientación.
La importancia de Carranza en ese lapso, en el que el partido daba sus primeros pasos, no fue casualidad. Ocupó inteligentemente el sector derecho de su ataque, una zona desprotegida por la defensa de Talleres, por la que se filtraron los pocos pero efectivos ataques del campeón. Carranza motorizó con su movilidad y habilidad los mejores momentos de Nueva Chicago, aunque lentamente la capacidad de sorpresa del equipo que conduce Rodolfo Motta se fue diluyendo en la misma medida en que Talleres fue reacomodando sus piezas y orientó con mayor ímpetu que ideas sus avances hacia el arco de Vega.
Después de esos deslices defensivos que le podrían haber costado una diferencia indescontable, Talleres generó situaciones para igualar. Ayudado por una defensa adversaria que tampoco daba demasiadas garantías, puso a Cabrera, Espíndola y Malagueño en el umbral del empate. El arquero Vega y los propios defectos de los cordobeses en el momento de definir prolongaron una agonía que se acentuó a medida que pasaron los minutos.
El aliento de los hinchas locales, atronador en el comienzo del segundo tiempo, parecía anunciar un contagio masivo en los jugadores. Pero Talleres, aun teniendo otras oportunidades para anotar, demostraba que le faltaba ese componente anímico y de temeridad tan apropiado para aplicar en partidos decisivos, en los que se juegan más que las tres unidades que entrega una victoria. Pudo haber marcado Leguizamón pero su disparo salió apenas desviado, también Real, que remató al cuerpo de Vega en un mano a mano con el arquero. Otros dos cabezazos, uno de Oyola y otro de Zárate, amenazaron, aunque no inquietaron como los dos ataques anteriores que generaron los atacantes del conjunto que dirige Saporiti.
Sobre el final, aquel aliento ensordecedor que acompañó a Talleres se mudó en silbidos. Es que ya con la certeza de que un gol podía instalar a Belgrano -el acérrimo rival provincial- en la cima del campeonato, los hinchas prefirieron que la derrota se consumara y no entregarles la posibilidad de coronarse a los Celestes.
Nueva Chicago, mientras tanto, se acercaba al festejo. Apoyado en Vega, en el tabajo incasable de Pellerano, en el atrevimiento de Carranza, y en el aporte del resto, destrozó las presunciones de un acceso al título bien complicado y festejó hasta el cansancio. Los mayores argumentos de Nueva Chicago se cimentaron en la confianza que tuvieron sus jugadores para salir a disputar un encuentro en el que se jugaba toda una temporada: el equipo que conduce Motta se mentalizó para ganar y festejar.
14 la serie invicta de Chicago; ganó 9 y empató 5 partidos; la última caída fue ante Godoy Cruz, por la quinta fecha



