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ATLANTA (enviado especial).- Costó dormir. Las pulsaciones seguían demasiado altas, la cabeza volvía una y otra vez al gol de Lautaro Martínez, a los abrazos con los hinchas y a otra clasificación para una final del mundo. Pero esta selección hace tiempo aprendió que los festejos también tienen un final. Este jueves, apenas unas horas después de eliminar a Inglaterra, ya tenía un nuevo entrenamiento programado en Atlanta, el último antes del viaje a Nueva York para empezar a preparar el partido del domingo frente a España. Por eso el desahogo duró lo que tenía que durar. Hubo tiempo para cantar en el vestuario, abrazarse con las familias y disfrutar un rato con los hinchas, que acompañaron al micro hasta el hotel. Después llegó el momento de bajar la adrenalina. Porque todavía falta un partido. Noventa minutos para intentar levantar otra Copa del Mundo.
Todo empezó con el pitazo final de Ismail Elfath. Durante casi 45 minutos nadie quiso irse. Los jugadores siguieron en la cancha, de frente a los miles de argentinos que seguían cantando desde las tribunas. Algunos, antes de entrar al vestuario, se detuvieron unos segundos para mirar a la gente, como queriendo guardar esa imagen para siempre. Otros recorrieron la cancha con calma, saludando a los hinchas. Después de otra noche inolvidable, el plantel quiso disfrutar unos minutos más con una hinchada con la que construyó un vínculo que va mucho más allá de los resultados.
Antes de pasar por la zona mixta, los jugadores fueron hasta uno de los sectores del estadio donde los esperaban sus familias. Padres, parejas e hijos se mezclaron con los futbolistas, que seguían vestidos con la ropa de juego. Se abrazaron, se besaron, posaron para las fotos y algunos dejaron escapar alguna lágrima. Recién después llegó el momento de volver al vestuario, donde empezó el festejo puertas adentro. Se cantó contra Inglaterra, también por Malvinas y volvió a escucharse uno de los temas que más acompaña a esta selección: “Esta hinchada loca deja todo por la Copa, la que tiene a Messi y Maradona”. Frente a Inglaterra, la frase sonó todavía más fuerte.
Entre todos, hubo tres futbolistas especialmente eufóricos. Emiliano Martínez fue uno de ellos. Otra vez le habían convertido en el único remate al arco del rival y el desahogo llegó recién con el final. Lautaro Martínez explotó de felicidad después de convertir el gol del triunfo sobre la hora. Ya suma tres tantos en este Mundial, después de no haber podido convertir en Qatar. Y Rodrigo de Paul también vivió una noche distinta. Por primera vez en cinco años empezó un partido oficial desde el banco, pero cuando entró volvió a aportar experiencia, oficio y personalidad en un momento en el que Argentina necesitaba empujar el partido para darlo vuelta.
El micro que trasladó al plantel hasta el Grand Hyatt recorrió los casi 15 kilómetros que lo separan del Mercedes-Benz Stadium acompañado durante buena parte del trayecto por una caravana de hinchas argentinos. Hubo bocinazos, banderas y saludos desde las ventanillas. En el hall del hotel volvieron a encontrarse con varios familiares para compartir un último abrazo. Después, ya en el comedor o camino a las habitaciones, muchos siguieron reviviendo el partido desde el celular: se pasaban videos del gol de Lautaro, miraban las reacciones de los hinchas en las redes y respondían los mensajes de felicitación que llegaban desde Argentina. Pero a la hora fijada por el preparador físico, Luis Martín, el festejo también llegó a su fin. La alegría seguía intacta, pero este jueves había que volver a entrenarse.
No fue sencillo dejar atrás tanta emoción. Costó apagar la cabeza después de una noche cargada de emociones. Pero el propio grupo entendió que no era momento de seguir festejando. Este plantel ya pasó demasiadas veces por situaciones parecidas y sabe que la recuperación empieza apenas termina el partido. No es casual que, después de eliminar a Suiza, Lionel Scaloni les pidiera a los jugadores que agilizaran las entrevistas para volver cuanto antes al hotel. Porque el descanso también forma parte del entrenamiento. Y ahí también se empieza a jugar una final.
Atlanta amaneció como cualquier otro día. Durante la madrugada desmontaron el Fan Fest que durante semanas funcionó junto al estadio. Levantaron el escenario, las pantallas, los puestos de comida y las vallas. Ya no había patrulleros cortando las calles ni helicópteros sobrevolando la zona. Apenas quedaban algunos argentinos con la camiseta puesta, esperando un auto rumbo al aeropuerto. Los más afortunados seguirán viaje hacia Nueva York para estar en la final. Otros emprenderán la vuelta a la Argentina. Y varios todavía hacen cuentas para cambiar el pasaje y estirar unos días más un viaje que nadie quiere que termine. Atlanta ya bajó el telón de su Mundial. La selección, todavía no.
Este jueves los titulares realizarán trabajos regenerativos. El resto hará fútbol. Todos tienen que estar preparados. El desgaste no fue solamente físico. También emocional. Por eso el cuerpo técnico apunta a recuperar energías cuanto antes, mientras los suplentes buscan demostrar que también están listos si el equipo los necesita. A partir de ahora, toda la energía empezará a enfocarse en España. Scaloni deberá resolver si mantiene el equipo que eliminó a Inglaterra o vuelve a tocar el mediocampo. Ya habrá tiempo para eso. Ahora empieza otra historia: la de intentar ganar otra Copa del Mundo.


