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"Todos me contaban lo difícil que era dejar el fútbol. Yo un domingo de junio de 2007 me retiré en Alumni de Villa María. Habíamos salido campeones. Jugamos a la tarde y, a la noche, me fui al campo que tengo en Santa Fe. Me instalé ahí cinco meses seguidos, con el celular apagado, sin televisión. Sabía que ellos querían que siguiera jugando, entonces así nadie pudo ubicarme. El domingo, a las 5 de la tarde, fuimos campeones y, a las 12 de la noche, ya estaba durmiendo en el campo. Había jugado 20 años y no iba a ser fácil dejar de un día para el otro. No entrenarme más, no ver a los hinchas, no ir a la cancha. El campo me hizo muy bien".
La frase lleva la firma de Roberto Monserrat, aquel incansable volante derecho que hizo toda su carrera en la Argentina y se destacó y ganó títulos en River y San Lorenzo. Hoy, a los 46 años, el Diablo vive en Córdoba, la ciudad donde nació. Ya no tiene esos rulos que tanto lo caracterizaron. El cabello está corto, aunque con la misma tonalidad oscura de aquellos tiempos del fútbol. La barba con canas apenas asoma. Es uno de esos ex jugadores que desapareció del mapa del fútbol y que tiene historias para contar. De aquellos días en los se aisló en el campo, de su presente a cargo de salones de fiestas infantiles y del bichito del fútbol que lo vuelve a picar para volver al mundo de la pelota.
Es una tarde de verano en el barrio de Caballito. Monserrat está en Buenos Aires, porque trajo de vuelta a la casa de la madre a los tres hijos de su primer matrimonio. Llegó hoy en auto, se vuelve hoy a Córdoba manejando solo. Prefiere no pasar mucho tiempo en la gran ciudad, pero se toma un rato para charlar con canchallena.com. En la calle, lo miran, le ven cara conocida, aunque, en los últimos tiempos, le ha pasado de ir a algunas canchas y que no supieran quién era.
"No voy a los estadios. No me gusta mostrarme. El año pasado no me dejaron entrar a la cancha de Belgrano. No tenía entrada y le decían al de la puerta que yo era Monserrat, pero me tuve que ir. A River lo fui a ver en la final de la Sudamericana. No venía hacía dos años. La última vez me habían hecho pasar como cinco controles, poner el dedo para ver mis antecedentes. Me faltaba una sola puerta y el tipo no me dejaba entrar. Le dije ‘soy Monserrat, yo jugaba acá’, le mostré el documento y no me dejaba pasar. Vino otro y le dijo ‘cómo no lo dejás entrar si es Monserrat’. No me conocía. Al final, entré. El único lugar en el que me hicieron un carnet es San Lorenzo. Vine a la final de la Libertadores", relata el Diablo.

Monserrat debutó en Primera en 1988 con la camiseta de Belgrano de Córdoba. Pasó por San Lorenzo, River, Colón, Racing, Argentinos Juniors, Villa Dálmine, Racing de Córdoba y Alumni de Villa María. Ganó cuatro campeonatos locales (uno con el Ciclón y tres con los millonarios) y la Supercopa 1997 en Núñez. Un día de 2007, a los 38 años, dejó el fútbol y se marchó a su campo, situado a 70 kilómetros de Santa Fe y el cual compró en 1998 cuando pasó de River a Colón. "Los últimos meses en el fútbol me costaba levantarme. Entre la cama y el baño tenés cinco metros y a mí los tobillos y las rodillas me dolían hasta para ir al baño", relata.
- ¿Cómo fue aquel primer día como jugador retirado, cuando te despertaste el lunes en el campo?
- Me levanté, a las 7 de la mañana. Me subí al caballo y salí a trabajar. Tenía las cosas para pasarla bien. Laburaba hasta las 12 del mediodía, dormía la siesta, a la tarde agarraba el tractor. Estaba con los animales. Eso me ayudó muchísimo a no pensar en el fútbol. Fue la desconexión total, porque no tenía nada. Ni tele, ni radio. El teléfono lo apagué y les dije a mis familiares que cualquier cosa yo los llamaba. No quería prenderlo, sabía que alguien iba a llamar para que volviera a jugar.
- ¿Te fuiste solo?
- En el campo era feliz. Estaba con mi señora (su segundo matrimonio) y con una de las nenas, que tenía dos años. Controlaba las vacas, los terneros, que estuviera todo bien. Almorzaba con mi familia y a la tarde volvía al campo. A las 9 de la noche, me iba a dormir. Cuando el futbolista deja de jugar, si no tiene nada para hacer, se vuelve loco. El 90 por ciento de los jugadores son inútiles. En ese momento, no lo hablé con nadie, pero sabía de casos de ex compañeros que habìan dejado y no estaban bien. Ascendimos, salimos campeones y chau. Uno está compitiendo con pibes de 20 años y no te da el cuero para correr.
- ¿Seguías jugando al fútbol?
- En el campo, a la tarde salía a correr, no tenía pelota. Los chicos del pueblo me invitaban y de vez en cuando iba. El fútbol es hasta los 35 años, después no te da el cuero y tenés que salir a trabajar. Empezar la nueva vida. Por suerte, me encantaba el tema de la hacienda. Agarrar a los terneros, las vacas, vacunar. Ahora, voy al campo de mis familiares en Córdoba. Tengo los caballos en lo de mi tío y voy a trabajar ahí cada tanto.
- ¿Te habías puesto un plazo, cuándo decidiste irte?
- No, pensaba quedarme el tiempo que necesitara. Llegó un momento en que quería ver a mis afectos, a mi gente. Después de esos cinco meses, me quedaba de lunes a jueves en el campo y los viernes, sábado y domingo me iba a Córdoba y ahí jugaba torneos de veteranos. Pero ya no sentía tanto el fútbol. Llegaba a casa y no leía el diario, no miraba muchos partidos. No me interesaba. Me preguntaban y contestaba que no estaba viendo. Hasta 2010 estuve yendo y viniendo, y entonces sí volví a Córdoba y alquilé el campo.
Por qué le dicen Diablo: "En la época de Belgrano, a mí me gustaban las motos. Un día lo llevé a un compañero y, como llegábamos tarde, yo aceleré. No iba muy rápido, a unos 70 kilómetros por hora. El chico (Bebe Paredes) llegó pálido a la práctica, y me dijo que era el chofer del Diablo. Y ahí quedó. Después me compré otras tres motos. Luque era mi técnico en Belgrano y me dijo que no me quería ver más en una moto, que era peligroso. Yo dejaba la moto a cinco cuadras y llegaba a la práctica caminando, ja".
Primero, cinco meses seguidos aislado. Luego, de lunes a jueves en el campo y los fines de semana en Córdoba. En 2010, el Diablo se radicó nuevamente en la ciudad donde nació y volvió a empezar: "Mi señora hacía animaciones de fiestas infantiles. Unos amigos me presentaron una persona y me ofrecieron poner uno. Yo no sabía del tema. Èl habló con mi señora que conocía y arrancamos".

Hoy, Monserrat maneja tres salones de fiestas infantiles y casi todos los días organiza cumpleaños de 15, 20 o 30 chicos. "Voy todos los días, tenés que estar", aclara el Diablo. Juegos mecánicos, canchitas de fútbol, inflables, calesita, son bien completos. "Mi señora organiza y tenemos coordinadoras. Gracias a Dios hay cumpleaños todos los días. Ya me conocen en el rubro, estoy hace cuatro años. Me va muy bien por suerte. Están bien puestos y la gente sabe lo que hacemos", dice sobre los salones Zize, el apellido de su socio.
Monserrat trabaja con su mujer Alejandra, con quien tuvos dos hijos, Virginia (8 años) y Santiago (6). Los otros tres hijos son con su anterior mujer: Nazarena (15), Magalí (12) y Nicolás (11). De un salón a otro, el Diablo se hace tiempo para jugar el fútbol.
"Juego día por medio. Los fines de semana para el club San Martín con los veteranos. Es una liga que empieza en febrero y termina en diciembre. Estoy jugando de doble cinco, el doble cinco creativo, ja, y el año pasado los llevé a Panchito Rivadero y al Conde Galetto, y perdimos la final. Están Chiche Sosa, el Luifa Artime, muchos de los cordobeses que dejaron el fútbol", explica con un brillo en la mirada.

- ¿Extrañás el mundo del fútbol?
- Un poco, me picó el bichito de volver. Me está dando ganas de dirigir. Yo tengo el título de técnico desde hace diez años. Soy muy exigente y sé que no es fácil manejar un grupo. Galetto me metió fichas para que hiciéramos algo. Fuimos hace poco con él y Pancho Rivadero a hablar con la gente de San Martín de Tucumán y terminó arreglando el Negro Jota Jota López. Yo soy el técnico y Rivadero y Galetto, los ayudantes de campo. Será cuestión de arrancar, en donde sea para largar.
- ¿Cómo jugarían los equipos del Diablo?
- Ojalá que como los del Muñeco Gallardo, con esa mentalidad. Meter, meter, intensidad y, cuando tenés la pelota, jugar. El esquema es secundario, pero siempre me gustó el doble cinco, con uno que meta y otro que juegue. Tuve muchos técnicos. El que más me llegó es el Nano Areán, en Belgrano. También me ayudó muchísimo el Bambino Veira. Con Ramón Díaz, me llevaba mal. Son las cosas que aprendés que después no tenés que hacerlas.
Son los recuerdos y las anécdotas de la nueva vida del Diablo, un hombre que triunfó en el fútbol, se fue de ese mundo y ahora no descarta volver.




