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Hay sentencias que solemos menospreciar, simplemente, porque creemos que son caprichosas o adivinatorias o, sencillamente, imposibles de comprobar. Cada vez que escuchamos alguna de esas verdades casi metafísicas del fútbol, inmediatamente remitimos a nuestros abuelos, a nuestros padres, para decir que "eso" sucedía antes. Y entonces damos las explicaciones del caso: hoy el fútbol es más rápido; hay otros intereses; los jugadores están mucho mejor preparados que en aquellos tiempos; hoy se concentran tres días, antes llegaban al estadio una hora antes del partido, muchas veces sin dormir...
Es cierto que hoy el fútbol es hiperprofesional y que todo trata de estar minuciosamente controlado: lujosas concentraciones de varios días, camisetas hechas con telas aerodinámicas (que jamás garantizan habilidad alguna), esféricos que se perfeccionan torneo tras torneo (¿serán cada vez más redondos?), una preparación física más estricta que para los astronautas Da la impresión de que, al cambiar ciertas cuestiones físicas, técnicas y tácticas, se anulan inmediatamente las verdades que, como los mandamientos, llegan a nosotros en forma irreductible.
De ninguna manera, amigos. Hay verdades que no se derrumban con facilidad, sobre todo cuando los hechos están a la vista. No es cuestión de creer, sino de ver.
La demostración llegó en la segunda fecha de este Apertura. Tigre, flamante ascendido a la primera división, recibió a Independiente. No, no voy a comentarles el partido. En estas páginas se habló suficientemente del asunto cuando correspondía. Apenas quiero regresar al segundo gol de los Rojos.
Les refresco la memoria: centro al área que defiende Tigre, cabezazo de Gioda que despeja el arquero, nuevo cabezazo de Gioda... cabezazo de Denis y... ¡gol! Tan simple como eso.
Una semana después (tercera fecha), Argentinos visitó a Gimnasia y Esgrima La Plata. Otra vez el segundo gol es clave. Cabezazo de Scotti, otro cabezazo de Battión y... ¡gol!
Así, en forma distraída pero contundente, llegamos a una antigua máxima del fútbol, de esas que no es sólo cuestión de creer, porque está en los papeles (bah, en los videos). Se trata de esa verdad que parecía de aburridos parroquianos de domingo en el bar de la esquina: dos cabezazos en el área es gol.
Como la manzana ayudó a Newton, los goles de Denis y Battión nos permiten comprobar que el saber popular no siempre es una simple exageración o teoría de unos pocos, sino una verdad más, sin vueltas.



