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Les costó diferenciarse en la mediocridad. Armaron un partido de ceño fruncido, exageradamente tenso, de mucho músculo y pocas ideas. Confundieron dinámica con apuro y el pase con el acto de sacarse la pelota de encima, sin asegurar dirección ni destinatario. A River le duró poco el liderazgo y no tiene mucho derecho al pataleo, porque estuvo demasiado contenido, con la ambición muy controlada. Es cierto que le fallaron varios intérpretes, especialmente los encargados de armar juego, los que debían darle un sentido y profundidad a los avances.
A medida que avanzaba el encuentro, más se reforzaba la impresión de que lo mejor de River estaba en el banco de los suplentes. Especialmente porque Patiño volvía a naufragar como enganche, función que lo abruma. El chico Fernández anduvo desubicado, pagando la inexperiencia que en otros cotejos había disimulado con atrevimiento. Y Zapata estaba en una de sus típicas tardes de desgaste inconducente. Ante tantas carencias y limitaciones, la presencia de Gallardo se antojaba imprescindible. Cuando ingresó en los últimos 35 minutos, con un poco de pausa, serenidad y panorama corrigió en parte el déficit de River. No en vano participó en la mejor maniobra colectiva, dos remates suyos salieron apenas desviado y lanzó el centro que tomó a toda la defensa local a contrapié en el cabezazo del empate de Domínguez.
Los problemas de Vélez no fueron muy diferentes. Le costó mucho ordenarse en el medio, donde Somoza no fue la salida limpia habitual y tampoco encontró la línea de pase. Apagado e inactivo Gracián, el repertorio de Bustos se agota en la capacidad de lucha y obediencia táctica. Sólo Centurión insinuaba algo interesante.
Vélez tenía algo a favor: dos delanteros, Rolando Zárate y Castromán, capaces de aguantar la pelota, de provocar el cuerpo a cuerpo y los foules rivales en las inmediaciones del área. Y es sabido que no le faltan especialistas en los tiros libres, con Zárate y Gracián.
Al resignar tan rápido la posesión, la capacidad de recuperación de la pelota de ambos equipos era un punto de partida sin llegada a alguna parte. Era tomar el balón y perderlo enseguida. No había una sucesión de tres pases ni combinaciones precisas. En esa tarea de rastrillaje, Ahumada fue un león en el medio; se cansó de quitar pelotas y cerrar caminos; imposible pedirle algo más porque va contra la naturaleza de sus condiciones. Igual, por ahí no pasan los reproches, sino por la expulsión que pudo haber evitado en el final si hubiera sido un poco más inteligente.
River no extrañó en exceso al paraguayo Cáceres, una columna defensiva por firmeza y personalidad. No desentonaron Gerlo ni su reemplazante Tula, y a Talamonti se lo vio con más confianza que la habitual. Tampoco hay que perder de vista que River se preocupó especialmente por no desprotegerse, por apretar las líneas en su campo. Nunca pasó al ataque con muchos hombres y especuló con aprovechar algún descuido de Vélez, para lo cual Montenegro barría el frente de ataque en busca de algún hueco que le permitiera probar de media distancia.
Dentro de las pocas situaciones de gol que hubo, Lux respondió bien en una entrada de Zárate y un remate de Gracián y otro de Centurión. Vélez consiguió la ventaja por la vía más previsible: Castromán exigió un tiro libre y Gracián, en su única intervención digna de mención, ejecutó la falta a un ángulo inalcanzable para Lux. Desde hace varios partidos, Vélez hizo de la media y larga distancia una de sus armas más temible.
El ingreso de Figueroa, que estaba previsto para antes del gol local, se justificó más. Si se tiene en cuenta lo poco que River había inquietado a Sessa, el empate lo consiguió con una rapidez que no era proporcional con aquella dificultad. Le alcanzó con el buen centro de Gallardo y el oportunismo que cada tanto muestra Domínguez en el área rival.
Hubo una oportunidad más para cada uno, como reflejo de la paridad. A River parecía que no le dolía dejar la punta y Vélez no supo cómo alcanzarla. Fue un partido para conformistas, no para exigentes.
Ahumada fue el cuarto que vio la tarjeta roja en el Clausura; antes, Carrizo, Mareque y Domínguez; por la Libertadores, Domínguez y Toja.
En lo que va de la temporada, desde junio último (con Merlo y Passarella), River, como visitante, sólo obtuvo 13 de los 42 puntos disputadios.
Si bien tiene historial adverso (43 éxitos contra 79 derrotas), Vélez hace cuatro partidos que no pierde con River, con tres triunfos y un empate.


