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Camiseta blanca. Sin números, claro, pero tampoco nada de rayas celestes. Toda blanca. Entre aquellos legendarios once apellidos, el arquero José Buruca Laforia era el único criollo. Después se encadenaban los Brown, Duggan, Morgan, Moore o Anderson. Si hasta el primer gol del seleccionado argentino lo gritó Carlos Edgard Dickinson. Hace hoy justo 100 años. El 20 de julio de 1902 la selección jugaba su primer partido oficial y apabullaba por 6 a 0 a Uruguay. Y en Montevideo. De ahí en adelante, desfilaría un siglo de historia. Leyendas, consagraciones, títulos, mitos y frustraciones que después sí iban a vestirse con bastones albicelestes. Las dos Copas del Mundo alzadas en 1978 y 1986, las otras dos finales perdidas, los 14 torneos Sudamericanos y las decepciones de Suecia 1958 y Corea/Japón 2002.
Y nombres. Muchos nombres. En el lejano ayer, los hermanos Brown fueron los emblemas. Ahora, el siglo XXI se entusiasma desde las promesas de la nueva generación que encabezan Juan Riquelme, Pablo Aimar y Javier Saviola. El 27 de febrero de 1977 debutó Diego Maradona en la selección. Icono del talento. El hombre que con el segundo gol a los ingleses patentó los 11 segundos más sublimes del siglo. Pero también se pusieron la celeste y blanca contra el pecho Tesoriere, Fillol, Carrizo, Bottaso, Juan Evaristo, Sacchi, Marzolini, Dellacha, Ruggeri, Rattín, Tucho Méndez, Simeone, Corbatta, el Charro Moreno, Batistuta, Julio Libonatti, Pedernera, Pipo Rossi, Burruchaga, Brindisi, Ermindo Onega, Perfumo y Houseman. La lista tiene mucho de capricho. Por supuesto que brillan las ilustres ausencias. Si hasta se podría citar a Alfredo Di Stéfano, Raimundo Orsi y Enrique Sívori, tres cracks que después cambiaron de nacionalidad...y lógicamente también de camiseta.
Hubo épocas de campeones morales, de nociones de grandeza que nunca se concretaban. También existieron décadas de improvisación. Con los años, el seleccionado se convertiría en el equipo de todos. Porque la selección se volvió un emblema de identidad nacional. Para muchos, más que el Himno, más que la bandera. Incluso, bajo el riesgo de que fuese la patria la que jugaba cada vez que rodaba una pelota. Pero flota la presunción de que la selección ha sido más exitosa que el país al que representa. Aunque ahora, el derrumbe en Corea/Japón y la crítica situación socio económica de la Argentina parecen haber tejido una alianza para la decepción. Pero la actualidad no borra un siglo de magia.



