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La invitación, algo absurda por cierto, es intentar razonar de otra manera. El fútbol está instalado en la conciencia colectiva de los argentinos como parte importante de nuestra identidad. Sí, también, con su sectarismo violento y su vergonzosa viveza criolla. La advertencia fue hecha: acá, la lógica no encontrará amparo. Son los dedos aferrados al alambrado, una pizca de anonimato, la plata justa para el bondi, una porción de magnetismo, el abrazo espontáneo con ese desconocido, un tatuaje con los colores de siempre, un viaje relámpago de la alegría a la desazón, ese cantito con una canción de la Bersuit, un lagrimón que vaya a saber por qué se escapa. Vuelve la pelota, vuelve el fútbol argentino, se reabren las canchas. Es tener un motivo y dejar que fluya esa rara combinación de cuestiones lógicas y sensaciones disparatadas.
"El día que vendan a Juan Román Riquelme y a Javier Saviola, la gente no va a ir más a la cancha. En el fútbol argentino ya no aparecen talentos. Ya no aparecen cracks como antes porque los potreros desaparecieron. Insisto: cuando se vayan a Europa los pibes Riquelme y Saviola nadie va a querer ir a la cancha". La apocalíptica apreciación la lanzó José Pekerman en junio de 2001. Alguna vez sucedió, se marcharon Román y el Conejito, y el público no dejó de concurrir a las canchas. También se fueron Tevez, Romagnoli, Manso, Cambiasso, los hermanos Milito, Demichelis, Banega, Cavenaghi, Lucho González, Fede Insúa, Agüero, Lavezzi, Aimar, Gago, Higuaín, Sosa, Ustari... y la lista se hace interminable. La sangría, ahora, volvió a acentuarse para seguir vaciando al fútbol argentino. En las últimas semanas ha sido el turno de D Alessandro, Denis, Lautaro Acosta, Pablo Piatti, Placente, Cvitanich, Carrizo, Saja... Y los estadios no estarán despoblados desde este fin de semana, pero Pekerman tenía razón en algo: no quedan cracks.
Sin ellos, la propuesta se empequeñece. "De Argentina se marcharon, primero, los talentos top; luego, los subtop, y finalmente, cualquiera que haya completado tres actuaciones notables, haya marcado tres goles seguidos o tenga un buen representante. Esa emigración atenuó las diferencias entre equipos grandes y chicos. La impresión es que cualquiera puede salir campeón", analizó hace un tiempo Jorge Valdano. Y queda claro que esta descripción de paridad no conlleva ningún elogio.
El panorama general es sombrío, incluso, pese a la presencia de Riquelme, el alumno aventajado del rebaño. Faltan gambetas, sobran precauciones. Domina la histeria. Los técnicos no arriesgan y el espectáculo se empobrece. Las canchas arrastran incómodos déficit estructurales, de higiene y confort. En los alrededores pululan centenares de arribistas rapaces. Los riesgos están ahí, a la espera de que las medidas de seguridad vuelvan a fallar. Porque suelen fallar. La opacidad proyecta su cono de sombras. Un cóctel que invita a huir, y, sin embargo... Ni la propia razón logra entender a las razones del corazón. Porque siempre habrá motivaciones para concurrir a una cancha mientras los colores de una camiseta convocan desde la incondicionalidad. Sí, desde la lealtad, palabrita de repentino lustre en las últimas semanas. Porque pasan los técnicos, pasan los jugadores... Sin ir más lejos, Racing desde la desesperación se ubicó en el podio de ventas de entradas en el pasado Clausura. Tan profundo y a la vez tan efímero, un sentimiento incapaz de ofrecer siquiera un boceto de explicación.
Al fútbol argentino es imposible desligarlo del momento que vive el país. El fútbol es un reflejo y, a la vez, un espejo de aumento. Cuando hay necesidades, depresión, violencia, desencanto con el día a día, intolerancia y cuando para un gran sector sólo se trata de sobrevivir, para mucha gente el fútbol ha dejado de ser únicamente un juego. Estando todo tan mal, muchas veces alguien -los millones de hombres cualquiera- conserva la única satisfacción de, al menos, poder decirle a otro ´yo estoy mejor que vos porque mi equipo te ganó . "En la Argentina, un país donde las diferencias sociales, económicas y políticas son tan grandes, el fútbol consigue hacer olvidar todo", cuenta el periodista Simon Kuper, columnista de Financial Times que el lector de LA NACION también puede encontrar en sus páginas todos los martes. Otra buena radiografía la de Kuper.
El sentido de pertenencia y el milagro de la adhesión podrían ayudar hacia el esclarecimiento de este fenómeno. Pero se trata de dos rasgos imposibles de mensurar. "Ser jugador de fútbol significa ser un intérprete privilegiado del sentimiento y la ilusión de muchísima gente". La cita es de César Luis Menotti y la rescató Angel Cappa para su libro ¿Y dónde está el fútbol? Después, la incertidumbre del resultado se encarga de afianzar la imantación. Detrás del pique caprichoso de una pelota puede esperarse cualquier sorpresa. O trampa. Pocos torneos tan traicioneros como el argentino. Una vez Carlos Gardel dijo que es más difícil acertar en el fútbol que en las carreras de caballos. "Y en las carreras no se acierta nunca", remató el Zorzal Criollo. El hincha lo sabe, por eso todos se ilusionan. Sí, todos, hasta el que no tendría derechos sueña con salir campeón. ¿El recién ascendido? Sí, ¿por qué no? En otros lugares del planeta sería una locura. Pero si en la Argentina, se sabe, muchas veces se riegan los brotes de demencia. Y ésta es una excentricidad que sólo busca evasión.
"El fútbol es tan popular porque la estupidez es popular", aguijoneaba Jorge Luis Borges. En sintonía, algunos aconsejan que hay cuestiones más significativas que un partido de fútbol. Y es verdad. Pero la alegría del fútbol busca maquillar satisfacciones que en otras áreas realmente sustanciales no encuentra. Hoy, uno de los pocos valores que están quedando por aquí para identificar a las personas es la camiseta del club. Posiblemente se trate de un error; desde luego, de una exageración. "El fútbol es como la vida..., sólo algo más palpitante", resume nuevamente Menotti en un libro del periodista austríaco Harald Irnberger, que justamente se llama César Luis Menotti, dejar correr la pelota y al contrario . Se percibe que la gente necesita fútbol. Reclama por asuntos más importantes, por supuesto. Pero no podrá negarse que, en el regreso del fútbol, muchos avizoran el retorno de ese caramelo narcótico que tantas veces les permite maquillar penurias. Tal vez, allí se explique un poco mejor por qué el fútbol nunca se quedará sin fieles. Nunca.
cgrosso@lanacion.com.ar



