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Esto de entrar en el dictamen de cientos de miles de personas agrupadas en el cariño de su memoria, puede resultar peligroso. Lo es.
Es que uno corre el riesgo –si discrepa– de quedar en una aparente culpable evidencia, simplemente porque no ha respetado “el código de la mayoría”, que de alguna manera establece esta suerte de votaciones–elecciones que en sí mismas tienen el discreto encanto de la falta de privacidad, por un lado, y por el otro, montan el soberbio escudo del anonimato. Que tiene lo suyo como arma, no se dude.
¿Qué quiero decir con todo esto? Esto: si usted discrepa de algunos nombres del equipo ideal, es posible que la multitud (anónima) lo deje a usted desprovisto hasta de ropas, no digo ya de ideas. Porque, en el mejor de los casos, ¿quién es uno para cambiar lo que la mayoría decidió o mencionó o señaló?
Y sí. Uno “es capaz de meter la cuchara”, como decían mis sagradas tías. Agitar el ambiente y decir que con la astuta colaboración de grises expertos, puede intercalar algunos nombres como para modificar ese equipo que ha sido formado por la mayoría sin otro aval que su impresionante número de cientos de miles de votos atrás de un apellido, en un puesto determinado.
Ahí me queman algunas dudas, pero las hago esperar. Y vuelvo sobre el cable de Reuters para ocuparme de la primera parte.
Lo primero es lo primero.
Dice Reuters que Maradona recibió –más que ninguno– 111.035 votos. Que lo siguió Pelé, con 107.539 y que el en estos momentos desconsolado Zidane, quedó tercero con 80.527 votos. Allí salta otra duda que no puede esperar. Y la cuento.
La votación, ¿se realizó antes del descalabro de los azules en el Mundial en curso? Para mí que sí. Porque si Francia siguiera en el Mundial y Zidane –muslo curado aparte– estuviera compitiendo, en una de ésas el número de sus votos podía ser mayor. No sé si igualar el número de los dos ex, pero...
Ahora, como Francia y Zidane juntos quedaron al margen, el descendiente de la inmigración magrebí quedó tumefacto. Y no creció más porque se lo condenó. Por la eliminación de Francia y su eliminación.
Rebobino, como dicen en la usina. Estoy de acuerdo. “El Diego” es lo más grande, el brasileño Pelé está después del Diego, simplemente porque a Pelé muchos de los que votaron no lo vieron. Y Zidane, tercero en discordia, no resulta extraño porque Zidane hoy es discordia y desafecto, antes que admiración y asombro (como lo era un mes atrás). Ingrato mundo, ¿no?
Después, lo segundo.
Ahora voy al equipo. Pero antes, cuento alguna cosa que viví. Que me pertenece. Vi jugar a Yashin (“la araña negra”) en la cancha de River, cuando el arco de enfrente era custodiado por el rufinense Amadeo Carrizo. En aquel tiempo, yo era socio de River. ¡Vaya a saber por qué!
Veía atajar a Carrizo (aclaro que por haber jugado como arquero –hasta en el equipo del diario– el puesto siempre era y es el que más ha merecido mi atención) y gustaba de Carrizo por su anticipación al tiempo.
Que no volaba. Que pateaba la pelota con una dirección que no tenía ni tienen muchos de los que actualmente ocupan los arcos de aquí y de otras partes. Hasta sus rodilleras me impresionaban, cuando River era un equipo impresionante. “La máquina”. La que jugaba con el corazón de nosotros, porque se les ocurría siempre hacer el gol decisivo cuando estaba por terminar el partido. Y los contrarios no sabían si estaban en el Monumental o en La Biela, frente a un whisky.
De aquel tiempo guardo confidencias como la que alguna vez me hizo Dante Panzeri, una tarde de marzo que con Ulises Barrera y Alberto Laya recorríamos cervecerías de Palermo, festejando que un canal de TV no nos había contratado.
Cuando en la vieja Munich que quedaba de frente al empuje final de la corta Darreagueira, al 4400 de la avenida Santa Fe, me decía sin solemnidad: “Si será bueno Carrizo que hasta Yashin lo elogió...”. Y yo cerraba el juicio con un “amen” sin protocolo, lleno de espumantes burbujas.
Y casi me voy al otro extremo porque recalo en Cruyff. Me acuerdo de haber compartido el tiempo con una delegación de Boca Juniors que dirigía técnicamente Juan Carlos Lorenzo.
Con Juan Carlos –que gustaba mucho de las carreras de autos– tenía una excelente relación, vinculada con sus visitas a nuestra redacción de “10 Puntos”, dirigida por Miguel A. Merlo. Y como la casualidad me metía en aquel viaje con Boca para jugar en Barcelona la Copa Juan Gamper, yo estaba en una nube. El micro se adelantaba por el campo deportivo Camp Nou del Barca. Juan Carlos iba casi pegado al conductor indicándole por dónde tenía que avanzar. Y en eso, Cruyff. Cruyff, unos metros más allá de la trompa del micro. Cruyff se daba vuelta. Lorenzo lo conocía. Cruyff lo reconocía. Lorenzo abandonaba el micro y se abrazaba con Cruyff, al costado de la trompa del micro. Eran dos viejos compinches que se volvían a ver. Y a disfrutar del momento.
Todos aplaudíamos en el interior del micro.
Cuando Lorenzo volvía, reconfortado, contento (y Cruyff era una delgada silueta que levantaba un brazo saludándonos a todos), en medio del silencio general, decía apuntándome (pero para que lo escuchara el resto): “Este fue un notable jugador. Es un excepcional tipo. Aquello pasó y lo disfrutamos. Y esto está vigente y me hace bien. Tiene memoria. Y esto es lo que más vale”.
Aquí vendría algo así como el apéndice del comentario al equipo ideal elegido por la gente. Y el resto de mis dudas.
Remate del final
¿No se han caído algunos nombres.? Por ejemplo, ¿no se cayó el de Garrincha? ¿Y qué hago con el de Mario Kempes? Y a Didí, ¿dónde lo pongo?
Antes que la gente me tire cosas, digo esto otro solo: cualquier equipo ideal debería tener –una de las tantas cosas excepcionales que refería el inolvidable Soriano– por lo menos, lugar para 110 jugadores. Y no para once. Porque hacer el equipo ideal con once nombres, es injusto. Casi indigno.
La celebridad ocupa mucho más espacio. La de los jugadores que fueron deslumbrantes, más, todavía. Y que en una de ésas, si yo los recordara en un pub de Londres o en una charcuterie de París, serviría para que me echaran a la vereda.
Igual, yo moriría preguntando: ¿vieron ustedes jugar a Pedernera?
Para mí es suficiente. Pusieron a Yashin y me acordé de Carrizo. Si no fuera ambientar la nota en una sala del museo de Luján, humildemente citaría que vi dos veces a “la maravilla elástica”. ¿Saben quién era? Angel Bosio. Arquero de River Plate, cuando el centro delantero era “La fiera”. Bernabé. Cuando todavía se jugaba con la pelota con tiento.
Y sí, señor. Por ahí, aquí no tiene espacio la pelota con tiento. Lo tiene. Claro que desvalorizado. Y sí. Sólo se devalúa la moneda. Y yo estoy hablando de una vieja pelota de fútbol. La de mi niñez.
Mire usted en dónde vine a terminar...



