La columna de Latorre: el incalculable valor de la gambeta en un fútbol de control y pase

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Crédito: twitter
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11 de abril de 2020  • 23:59

"Salís de la gambeta y se te abre un mundo", dijo hace poco Alejandro "Papu" Gómez. Su frase abre también la puerta para reflexionar acerca del presente y el futuro de un recurso irreemplazable al que el excesivo tacticismo que invade el fútbol pretende arrinconar.

La gambeta nace de la picardía y el engaño; se nutre del dominio de la pelota, el amague, el cambio de ritmo y el freno, y acaba entregándole alegría y emoción al espectáculo. Los gambeteadores natos, que llevan en sus genes ese don divino imposible de fabricar, suelen tener algunas características en común: ansiedad por estar en contacto con la pelota, necesidad de libertad para moverse, y también cierta tendencia a la jactancia y el narcisismo. En definitiva, hay un punto de humillación en el fugaz movimiento de cuerpo o de piernas que procura desairar a un rival. Pero la gambeta también tiene sus reglas y la evolución del juego ha ido modificándolas.

El fútbol actual se hizo más "académico". Desde chicos, a los jugadores se les inculca la técnica individual del control y el pase, elementos fundamentales para unir al equipo y dar armonía colectiva a las jugadas. La mejoría en el estado de los campos de juego es asimismo determinante. En épocas anteriores aprendíamos a dominar la pelota en la irregularidad de los potreros, pero el toque de primera era mucho más difícil. Hoy las canchas lo permiten. La velocidad actual del juego no sólo está basada en la potencia física sino también en este tipo de cuestiones.

En ese contexto, la gambeta ha cambiado incluso de geografía. El habilidoso ya no espera recibir detrás del 5 adversario, en una zona poblada de oponentes, sino que ha sido corrido hacia sectores más desprotegidos, como los laterales. La idea es buscarlo mediante un cambio de frente, o la circulación veloz de la pelota, para que desarrolle sus virtudes mano a mano contra un único rival. Pero su participación sigue siendo imprescindible para llegar adonde una cadena de pases no puede hacerlo, para romper y desequilibrar una organización cerrada, para abrir ese mundo del que habla Papu Gómez. De hecho, los entrenadores crean verdaderas ingenierías defensivas para que esa habilidad no logre impactar en el desarrollo de un partido.

La clave, entonces, es lograr que el gambeteador aprenda dónde y cuándo debe sacar a relucir sus artes. De chico uno siempre tiene la ilusión y el deseo de generar admiración, de arrancar un "ole" o un aplauso de la gente... hasta que se da cuenta de que necesita un plus. Hablaré de mi caso. Yo era un gran gambeteador con los defectos propios de ese tipo de jugadores: me enamoraba del recurso y quería aplicarlo en toda circunstancia y todo sector del campo, incluso sin saber muy bien para qué. Mi apodo, "Gambetita", era de hecho un poco peyorativo, porque apuntaba a mi inclinación por hacer "calesitas" en el medio de la cancha.

Después, el propio juego, los retos de mis compañeros, las infracciones, la poca efectividad que lograba con la gambeta hicieron que, consciente o inconscientemente, fuera añadiendo valor a mi juego. Entonces tuve la fortuna que dos directores técnicos, el Maestro Tabárez y Ángel Cappa, me dijeran lo mismo: "Tenés que enfocarte en cuántas veces rematás en un partido, cuántos pases de gol metés, cuántos goles. Esas son las estadísticas que valen, no a cuánta gente eludiste". Por supuesto, tenían razón. Las unidades de medida para el futbolista de tres cuartos de cancha en adelante son las cifras, y en ese sentido hay que ser muy pragmático e intentar incidir en las estadísticas del partido.

El actual fútbol basado en la técnica del pase potencia esa verdad. La gambeta es un bien cada día menos frecuente pero más codiciado. Nadie supera el valor un Lionel Messi, un Neymar o un Hazard, seguramente los más habilidosos del mundo en espacios reducidos.

Si aceptamos esta afirmación estará en la sapiencia de los formadores aprovechar la esencia de un gambeteador y conceptualizarla para que se transforme en virtud. Es tan importante alentar las condiciones naturales de un juvenil sin censurarlas como enseñarle las zonas y los momentos correctos en que debe emplearlas. Eludir a dos adversarios no es jugar bien al fútbol, pero recortar el atrevimiento de un chico al gambetear es un error tremendo. No hay, ni nunca habrá, equipo que no agradezca la habilidad bien empleada.

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