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Al delantero bosnio Ermedin Demirovic le dicen “Medo”, que quiere decir “Oso” en bosnio. Corpulento, a veces tosco de movimientos, se mide a puro topetazo con los defensores rivales. Este miércoles consiguió un hito: el primer triplete en la historia del Stuttgart, su club, en un partido de la Champions League. Fue ante Viking de Noruega, en un encuentro que terminó 3-1 para los alemanes, válido por la primera fecha de la fase de liga del principal torneo continental.
Aquello que hoy destaca a Demirovic entre sus colegas -su club lo pagó 21 millones de euros al Augsburg y fue el pase récord en la historia del Stuttgart- antes era un defecto. Demirovic nació en Hamburgo (Alemania), la segunda casa de su padre, Nihad, en tiempos de la guerra de los Balcanes. En esa ciudad portuaria conoció a Fatima, una alemana que tenía una boutique de ropa. Tuvieron dos hijos: Ermedin y Semir, un par de años menor. Ambos, futbolistas.
Pese a nacer en plena Hamburgo, en la casa de los Demirovic siempre se habló bosnio. Las raíces estuvieron presentes, a punto tal que la familia viajaba todos los veranos a Sanski Most, a orillas del río Sana, para ver a su abuelo. Por él y para él decidió vestir la camiseta de la pequeña nación balcánica. “Mi corazón decía que quería jugar para Bosnia”, dijo hace un tiempo en una entrevista con el diario Bild. Y añadió: “Quería hacerlo por mi abuelo. Siempre nos quedábamos con él en las vacaciones, estaba muy orgulloso y le contaba a todo el mundo que yo jugaba para Hamburgo”, relató.
“De niño, llegás a Bosnia y ves las casas destruidas y los agujeros de bala”, evocó el futbolista en esa entrevista con Bild. Y agregó: “La gente ha tenido que soportar tanto sufrimiento que, en algunos lugares, todavía viven prácticamente sin nada y son felices porque pueden permitirse un café al día. Y entonces llegamos nosotros y les traemos un Mundial. Eso lo hace aún más especial”, se alegró.
Demirovic fue uno de los artífices de la ya mítica clasificación de Bosnia a la pasada Copa del Mundo, que se disputó en Estados Unidos, México y Canadá: “Mi abuelo ya falleció, pero estoy muy feliz de ir al Mundial por él y por toda la familia, que ha tenido que soportar tanto sufrimiento”, contó en marzo, tras dejar en el camino a una potencia como Italia.
Antes de aquel partido contra la Azzurra, Demirovic había prometido “cervezas gratis” para todos los hinchas de su club. “Si lo conseguimos, invito a toda Stuttgart”, dijo en Sky Sports. “Los hinchas tendrán bebidas a mi cuenta”, agregó. Y cumplió, en una celebración que incluyó helados gratis para los hijos de los simpatizantes y que, según estimaciones pudo haberle costado cerca de 275 mil euros. “Probablemente me salga caro, pero lo hago con mucho gusto”, contó.
Aquel partido con Italia probablemente haya sido la cumbre en la carrera de Demirovic, quien a los 16 años dejó su zona de confort y emigró a Leipzig para jugar en el equipo de aquella ciudad. A mamá Fátima no le gustó nada que su hijo mayor se fuera de casa. “Todavía se culpa por decir que, como madre de un chico de 16 años, era difícil dejarlo ir”, contó Demirovic. Aquella sería la primera de varias salidas a la vida del joven Ermedin.
Para aquel momento, ya había recibido su primera convocatoria para los Dragones, como se conoce a la selección bosnia. No lo dudó ni un instante, por más que su documento dijera que él era un alemán hecho y derecho. Su sangre era bosnia y, en definitiva, eso era lo que contaba. “La selección era lo más importante para nosotros. De chico soñaba con convertir un gol para el equipo y luego quise ser futbolista profesional”, dijo en una entrevista con el portal Olympics.com.
Además del patriotismo bosnio, Demirovic lleva el gen del esfuerzo. Explotó tarde como goleador: luego de tres años en el segundo equipo de Leipzig, firmó un contrato por cuatro temporadas con Alavés, de España. Debutó en la Copa del Rey ante Formentera, el 3 de enero de 2018. Hizo dos goles y esa fue su carta de presentación como profesional. Pero apenas le dieron un semestre para demostrar su valía: tres partidos y un solo gol, contra Málaga.
Comenzó entonces un derrotero por varios equipos, cedido a préstamo por sus dueños vascos: en Sochaux (Francia) jugó 16 encuentros y anotó cuatro goles; en Almería disputó 13 partidos. Y ningún festejo. Hasta que recaló en el St. Gallen suizo, donde compartió delantera con Cedric Itten y la rompió: 14 goles en 28 partidos. Es decir, un tanto cada dos presencias.
La potencia goleadora de Demirovic atrajo a los equipos de la Bundesliga: en julio de 2020 firmó para Freiburg, donde estuvo hasta 2022. Convirtió siete goles en 61 partidos. Demasiado poco para los números que traía desde Suiza. Luego llegó su etapa en Augsburg, donde volvió a destacarse: 23 tantos en 63 cotejos. Allí fue incluso capitán y llamó la atención de Stuttgart, que lo compró en julio de 2024. Y con el que lleva 36 goles y 11 asistencias en 91 partidos.
El “Oso”, como se lo conoce en Stuttgart, suele degustar con fruición el cevapi, un plato típico de la comida bosnia, a base de carne picada, que le preparan cada vez que visita su tierra natal. Y tiene la costumbre de atarse primero el botín derecho, una especie de cábala. A juzgar por lo ocurrido este miércoles con su primer hat-trick en la Champions, le dio resultado: anotó los tres goles en un espacio de ¡22 minutos! y fue el quinto hat-trick más rápido en la historia del torneo, por detrás de Robert Lewandowski (23 minutos), Marco Simone (24), Kylian Mbappé (29) y Vangelis Pavlidis (30 minutos). Entre el primer gol de Demirovic y el último hubo apenas 12 minutos. Lo concretó, además, en el día del aniversario número 133 de la fundación de Stuttgart, su club.
“Siempre he sido un luchador y trato de liderar al equipo. Luego, simplemente desconecto y sigo adelante”, dijo Demirovic hace unos años en la revista alemana Kicker. Ese espíritu combativo que heredó de su familia es el que muestra en la cancha en cada pelota, que jamás da por perdida. Para orgullo de su abuelo.



