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" Jay Jay , menos mal que ganamos porque parecíamos el Racing del polo. Ya íbamos para seis años sin ganar en Palermo..." Juan José -sin ser muy sagaz imagino que ése era su nombre- respondió la ocurrencia de su compañero con una sonora carcajada antes de abrazarlo. Y esa frase me reinvindicó con mi bastardeado espíritu futbolero. ¿Por qué? Jamás había presenciado un partido de polo y la propuesta era ver la final entre Indios Chapaleufú y La Dolfina, justamente para trasmitir las sensaciones de un infiltrado. Claro, el absoluto desconcierto por ese mundo de los handicap y las caballadas me impulsó a asociarlo todo con una pelota; y entonces, el burlón reproche de mis amigos especialistas acompañó cada una de mis observaciones. Por eso, aquella frase que emparentaba al polo con el fútbol desde el sufrido sentimiento de la postergación, la adopté como un espaldarazo para los desopilantes razonamientos futbolísticos que había ensayado un rato antes.
Me sorprendieron los cambios de caballo en medio de un mismo chukker. Pero no tanto como enterarme que fueron más de 40 los equinos que entre los dos equipos se alternaron durante el juego. Casi nunca entendí los reclamos de la gente frente al pedido de faltas... pero sí hubo un par de frenadas de caballo y enganches que me recordaron los quiebres de Orteguita. Y cuando los pisadores aparecieron para acomodar el césped levantado, no tuve mejor ocurrencia que llamarlos los Riquelme del polo. Sí, sí, quedaba muy en claro que mi cargosa mirada futbolera ya no tendría límites.
No faltaron emociones para mi bautismo. Aunque me retiré afligido. Argumenté el famoso miedo escénico para explicar la derrota de La Dolfina, mi preferido, cuando se me ocurrió que era el más débil porque nunca había ganado el Abierto, porque sumaba menos goles de handicap y porque la mayoría de la gente estaba en su contra. Pregunté si se podía llevar la bocha a un rincón para hacer tiempo, meter cambios para demorar o simular la lesión de un caballo. Y fue desde otro giro futbolístico, el gol de Oro, que Indios Chapaleufú se reencontró con una gloria últimamente esquiva. Y no necesitó de los cuernitos de Mostaza Merlo.


