Fiesta roja

La alegría de los simpatizantes de Corea del Sur se extendió, más allá de la derrota ante Turquía y el incidente bélico; desde el presidente para abajo, todos se emocionaron con la actuación inolvidable
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30 de junio de 2002  

DAEGU (De un enviado especial).– Nadie habrá imaginado el impacto que logró el fútbol en Corea del Sur. La actuación del seleccionado local enfervorizó a los habitantes de este país. Millones y millones de personas salieron a las calles para observar y festejar cada paso que daba el conjunto rojo.

Por eso, el mismo público que festejó la llegada por primera vez de Corea a las etapas finales (jamás un seleccionado asiático alcanzó las semifinales en la Copa del Mundo) también despidió como correspondía a sus héroes. La ovación final en el estadio de Daegu y la explosión de júbilo en Seúl, como en otras tantas ciudades, simbolizaron el reconocimiento y agradecimiento de todos para un plantel que se metió en la historia grande de Corea.

Acaso tanta fiesta, tanta emoción, más allá de la derrota deportiva ante Turquía, también fue un gesto inequívoco como respuesta a lo que aconteció no tan lejos del estadio. Es que, horas atrás, fuerzas navales de Corea del Sur y del Norte se enfrentaron anteanoche en el mar Amarillo, con un saldo de cuatro muertos, un desaparecido, y 22 heridos, en el más grave choque de los últimos tres años, que complicaría los esfuerzos por una reconciliación entre ambos países.

Los coreanos, la mayoría de los coreanos, apostó por la paz. “En deseo de paz para la península de Corea, comencemos cantando Peace Korea (paz en Corea)”, dijo por los micrófonos uno de los líderes de los Red Devils (los diablos rojos), el nombre de la principal asociación de hinchas de Corea del Sur. Es que hasta la organización en las tribunas fue admirable. Los Red Devils, un grupo formado para alentar al equipo coreano, mantuvo como premisa no fomentar la violencia. Al contrario. Tras algunos vaivenes económicos, la hinchada se rearmó gracias a su ingreso en Internet, donde pidió colaboración de todos los simpatizantes del país y así se recompuso para tomar protagonismo en este Mundial.

Y hasta apostó por la paz; impensado, acaso, por estas tierras. El fervor fue contagioso; como en cada paso ganador del equipo dirigido por Hiddink en el Mundial. Todos, debajo del sueño mundialista. También, el presidente Dae Jung Kim se mostró muy ligado a su equipo en cada partido (se lo vio con banderitas en la platea) y también tratará de contagiar ese fanatismo en la producción local, para potenciar la economía coreana. Hay datos que sorprenden. La consultora Hyundai Research Institute indicó que el gran papel del seleccionado rojo le dará a Corea un rédito de 77.800 millones de dólares. Sorprendente.

Más aún: los dirigentes del fútbol coreano ya tienen la idea de jerarquizar el certamen local; la intención, en principio, es que la FIFA reconozca el torneo como oficial. Mejor empujón que la sensacional campaña, imposible.

Fue la mejor página de la historia del fútbol coreano. Merecía, entonces, tantos festejos. Merecía, también, tamaño reconocimiento.

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