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IWAKI, Japón.– Para apartar la mente del fútbol –es decir, para tirar por un rato la pelota afuera– fuimos al cine, algo que no habíamos hecho en las últimas cuatro semanas, asustados por barreras idiomáticas que, al fin, resultaron un problema menor. Hay varias salas en esta tranquila ciudad, cerca de la cual el seleccionado nacional se preparó para encarar la Copa del Mundo.
Por un lado, la suerte estuvo de nuestro lado, y por el otro, no. Queríamos ver las producciones más renombradas de la última ola japonesa, pero no las exhíben, por cierto, en el interior del país. Parece que sólo en algunos cineclubes pequeños y exclusivos de Tokio dan las afamadas obras de directores como Toshiki Sato, Masahiro Kobayashi, Yuji Tajiri, Hirokazu Koreeda, Kohei Oguri y Mitsuo Yanagimachi. Aquí esos nombres resultan por completo desconocidos y la oferta se limita a los siguientes títulos: “The Scorpion King”, “Panic room” (con Jodie Foster), “Los otros” (con Nicole Kidman), dos de dibujos, “Detective Conan. El fantasma de Baker Street” y “El gato regresa”, “El Hombre Araña” y “Shaolin soccer”. Vaya a saber por qué, nos inclinamos por las dos últimas.
No es que hayamos pasado con ninguna de las dos un rato desagradable, pero por una razón u otra las dos frustraron las ansias de desconexión antes citadas. En el caso de “El Hombre Araña”, porque durante todo el curso del film la cara del protagonista, Tobey Maguire, se nos antojó idéntica a la del Piojo López. Cada vez que lanzaba su tela nos parecía ver uno de los centros mortíferos que el delantero argentino suele arrojar al área, provocando pavor y asombro tanto dentro de la cancha como en las tribunas.
Como su título lo hacía prever, el caso de la otra película mantiene con el fútbol una relación más estrecha. Se trata de una producción taiwanesa dirigida por Stephen Chow y doblada aquí al japonés. No siempre se doblan los films: “El Hombre Araña”, por ejemplo, estaba subtitulada en caracteres kanji, katakana e hiragana de tal tamaño que ocupaban, podría decirse, la mitad de la pantalla.
“Shaolin soccer”, astutamente realizada con motivo de la proximidad del Mundial, es actualmente un gran éxito. Por momentos en tono de franca comedia, contiene escenas de artes marciales aplicadas a la lid futbolística. Concentrados como en el templo del que surgen míticos guerreros, los jugadores realizan proezas tales como elevarse varios metros en el aire y cortar el césped con sus tiros rasantes. En sus pies, la número cinco se transforma literalmente en fuego. Es de lamentar que una secuencia en la que cuatro delanteros del equipo “de los malos” fulminan sucesivamente al arquero “de los buenos” nos haya hecho recordar con nitidez que no deseábamos un momento del match entre la Argentina e Inglaterra, cuando el pobre Cavallero tuvo que soportar descargas similares ante la súbita desaparición de los defensores destinados a protegerlo.
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Las entradas cuestan, en Japón, 1800 yenes (cerca de 15 dólares), y se compran en máquinas expendedoras. Hay funciones desde muy temprano, siempre con bastante público. Durante 2001 se registró el récord histórico, con una recaudación global de 200 mil millones de yenes, contra 178 mil millones del año 2000.
De ese total, un porcentaje bastante considerable de espectadores (el 40 por ciento) acude a ver películas japonesas. En pocos casos se trata de las de los autores arriba mencionados. En 2001, los dos films nacionales más vistos fueron uno de animación (“Pokémon, encuentro sin tiempo”), que recaudó 3900 millones de yenes, y otro que gira en torno de una variante violenta del reality show televisivo “Gran hermano”. Se llama “Batalla real”, y reunió la friolera de 3100 millones de yenes. En esta obra, los participantes se van dejando mutuamente fuera de concurso con todo tipo de recursos mortíferos. No la iremos a ver, porque nos recordaría de modo lacerante el sistema de eliminatorias con el que se resuelve el campeonato.
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Sobre el desinterés respecto del así llamado “cine japonés de avanzada”, no es algo tan extraño, ya que otro tanto ocurre en todas partes con los trabajos, podría decirse, más experimentales. El destacado crítico Mark Schilling, colaborador permanente de The Japan Times, ha publicado un artículo en el que expresa: “Los jóvenes directores apuntan por lo común más al prestigio artístico en el exterior que a las boleterías en su país de origen. Así, críticos extranjeros y grupos de cinéfilos adquieren una visión limitada sobre los gustos de la audiencia local. La última sensación de los festivales que ellos aclaman como representativa de la nueva ola japonesa es a menudo ignorada aquí. Hay un paralelo con la fina cerámica que Japón fabrica para exportar, llena de exóticas escenas de geishas y del monte Fuji, y las baratijas que se hacen para el consumo interno...”
Pero la industria japonesa del cine pasa por un momento tan bueno que puede permitirse cualquier lujo. El país ha llegado al siglo XXI con la mayor cantidad de salas cinematográficas registrada desde el vigoroso 1975: hay ahora 2524 en todo el país, contra 1776 que había en 1995. En el 2000, 135.400.000 japoneses fueron al cine. Naturalmente, alguien tiene que haber ido más de una vez y es probable que otros jamás hayan concurrido. La estadística no puede detenerse en cada caso particular, pero sirve para confirmar la vitalidad de un espectáculo que, como tal, tiene en Japón la misma edad que el arte que sin querer inventaron los hermanos Lumière cuando agonizaba el siglo XIX.




