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Al fútbol le hacían falta casos o ejemplos que rompieran con la exacerbada cultura del exitismo. Que abrieran una vía alternativa al mensaje radical que pregona que hay un campeón y que el resto son todos fracasados. Que la razón sólo la tiene el que ganó el título y las culpas y equivocaciones se reparten entre los demás. Que sólo existe el primero y atrás está el páramo, el desierto.
Gimnasia, con toda dignidad, puede mostrarse al margen de esa dicotomía de hierro. Muy a su pesar, es lo que indicaría la primera impresión en caliente, porque hasta las 17 del último domingo se sentía con más derecho que nadie a gritar campeón. Pero si sale de la coyuntura de la definición y se pone toda la campaña en perspectiva, Gimnasia no quedó en situación de fracaso. Imposible hablar en esos términos de un equipo que llegó más lejos de lo que sus protagonistas imaginaban hasta hace pocos meses. Sólo es responsable de haber superado las expectativas, de haberle sacado más jugo de lo imaginado a sus ajustados recursos. De haber creado una ilusión enorme sin anuncios ni promesas.
Gimnasia terminó segundo y no es culpable de nada. De nada que deba reprocharse o avergonzarse, excepto del descontrol propiciado por su presidente en los incidentes ante Newell´s.
Mucho más feliz y sensata estuvo su conmovedora hinchada, capaz de ponerse por encima de la desazón de los últimos dos resultados para rendirle un justo y sentido tributo a su equipo. Diez mil simpatizantes del Lobo estuvieron ayer en Banfield sin ánimo de queja ni histeria por la oportunidad perdida. No debe haber hinchada más ávida de celebrar un título que la de Gimnasia, para así clausurar 118 años de existencia en blanco. Ayer demostró que va a seguir esperando sin ceder al drama de la ocasión desperdiciada. Seguramente porque también comprendió que a este equipo no había que condenarlo por haberle regalado en su momento una esperanza inesperada. Hubiera sido un castigo desmedido
Y qué decir del partido... Que Gimnasia no jugó como un campeón, muy probablemente porque tras el 1 a 1 con Newell´s empezó a sentir que ya no lo sería. Encima enfrentaba a Banfield, un rival que no le facilita la tarea a nadie, inclusive en días en los que su producción es apenas discreta, como ayer.
A Gimnasia le faltaron fútbol y serenidad para gobernar el encuentro. Cuesta contabilizarle algún pasaje de juego decente, de conjunto con serias aspiraciones. Sólo hizo una combinación que valiera la pena. Y hubo que esperar hasta los 26 minutos del segundo tiempo, cuando ocurrió una rareza: una sucesión de pases con precisión y profundidad entre Cabrera, González y Lobos, coronada por el remate apenas desviado de Vargas.
El gol de Gimnasia fue tan grotesco como mucho de lo que se había visto; hubo un desesperado pelotazo frontal de Cabrera, que Delorte y Ferreyra se llevaron entre empujones y tropezones con los zagueros locales, hasta que un puntazo del ex Olimpo lo convirtió en gol. Pero como el Lobo no estaba en condiciones de asegurar nada, enseguida vino el merecido empate con un cabezazo de Sand, que antes había desviado un penal de manera muy fea, a contramano con su infatigable despliegue para abrir espacios y aguantar la pelota.
El primer tiempo fue entre dos equipos que parecían estar con la cabeza en las inminentes vacaciones. Algo comprensible del lado de Banfield, pero preocupante tratándose de Gimnasia. Cuando el árbitro dio un minuto para que los jugadores se refrescaran, daba para pensar que la interrupción se debía al aburrimiento.
Banfield se defendió con orden y sólo se soltó más en ataque con la entrada de Dátolo. Intrascendente y bien tapado Lobos, en Gimnasia no se le caía un gramo de fútbol a nadie. Entonces, apretó con los pelotazos y un inconducente frenesí, retratado en la expulsión de San Esteban, la ampulosidad de Navarro Montoya y el aire camorrero de Goux. Por unos instantes, a Gimnasia lo invadió la angustia de no ser campeón. Parecía que perdía la cabeza, pero su gente le hizo ver que se puede ser segundo. Y a mucha honra.
Esta es la quinta vez en la historia que Gimnasia La Plata termina en el segundo lugar. Desde que fue subcampeón de San Lorenzo en el Clausura 95, también fue escolta en el Apertura 98 y en los Clausura 1996 y 2002.
Con la expulsión de ayer de Jorge San Esteban, Gimnasia acumuló cinco rojas en el torneo: Diego Herner, Marcelo Goux y Lucas Licht, en dos ocasiones.
Banfield terminó el torneo invicto en su estadio: con el de ayer sumó seis empates, además de tres victorias. Y sólo perdió un partido en el campeonato.
"Fue una pelea entre David y Goliat. Esta vez ganó Goliat, pero quizá la próxima sea para David." La frase fue de Juan José Muñoz, presidente de Gimnasia.



