"Ho visto Maradona". Gloria, drama y emoción: cuando Diego logró el primer scudetto en Napoli, el título imposible

Mirada adelante, a la carrera, pelota dominada aunque esté en el aire: la estética que acompaña al talento de Maradona, en una escena realzada por la presencia ilustre de un joven Paolo Maldini, referente de Milan.
Mirada adelante, a la carrera, pelota dominada aunque esté en el aire: la estética que acompaña al talento de Maradona, en una escena realzada por la presencia ilustre de un joven Paolo Maldini, referente de Milan. Crédito: Twitter
Ariel Ruya
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10 de mayo de 2020  • 01:16

"No me da vergüenza decirlo: este título es más importante que México '86". Esta es una historia imposible. Cuando un sin nombre, cabizbajo y subterráneo, arropado de pasiones, excesos y sueños que nunca llegan, toca el cielo con las manos. Un milagro. Sustentado en la magia del número 10, el 10 de mayo de 1987, en un San Paolo desbordado por 90.000 fanáticos, logró el primer "scudetto" en 61 años. Napoli, en las alturas. Diego Maradona lo hizo. El ídolo nacido en el barro.

Casi desnudo, con un micrófono en la mano, desbordado por el éxtasis, se disfraza de periodista en un vestuario regado en champagne, en carne viva. Afuera, en los huecos del estadio, un mar de lágrimas recorren las calles con las banderas del pobre, el olvidado, el que derriba a los gigantes; a Inter, a Juventus. "Cuando fui campeón del mundo juvenil, en Japón, estaba lejos de mi patria y mi familia. En 1986, en México, pasó lo mismo. En cambio, aquí, en Nápoles, me siento como en mi casa. Por fin puedo decir que me siento un hijo de esta ciudad", contó Maradona, artista y demonio, pasional hasta cuando, desde un documental que prefiere no publicitar ("no me gustan las películas de terror"), llega a decir: "La pelota es lo más lindo de la vida. Para mí, fue la salvación".

Maradona, disfrazado de periodista

Maradona convirtió a Napoli en un nombre mundial. Se acabaron las banderas desplegadas en las tribunas de la ofensa, cuando jugaba en el norte, lejos de casa: "Bienvenido a Italia", rezaban. Napoli convirtió a Maradona en una estatua invencible, más allá de la clase del 86. También, explotó sus peores fantasmas. Jugó partidos con tres días sin dormir. Excesos, vicios, mafia, fiestas, mujeres. "Destrozábamos la plata, le perdimos el respeto al dinero. Nos divertíamos.", contó, años más tarde, Guillermo Cóppola, que en octubre de 1985 se convirtió en su nuevo representante, en reemplazo de Jorge Czysterpiller.

En casi 7 años (además, logró el Calcio de 1989-90, la Copa Italia en 1987, la Supercopa de Italia 1990 y la Copa UEFA 1989), Maradona, allá abajo, allá arriba, fue más Maradona que nunca.

La tarde de la consagración, por la penúltima fecha de la temporada 1986/87, con un gol de Andrea Carnevale, el artillero, Napoli igualó 1 a 1 frente a Fiorentina, que tuvo como titular a Ramón Díaz; Roberto Baggio, otro crack, marcó para el equipo violeta, que ese día se salvó del descenso. Inter perdió por 1 a 0 con Atalanta y quedó a cuatro puntos de la cúspide. Fundado en 1926, Napoli sólo había sido subcampeón en dos ocasiones, en 1968 y 1975. El mundo en sus manos, con el 10, el único extranjero, con el pelo enrulado, el capitán que en casi 7 temporadas jugó 259 partidos y marcó 115 goles. No habrá otro igual.

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La efervescencia en la ciudad era tan grande, que hasta en las iglesias se hablaba el idioma de Diego. "Elevamos nuestras oraciones para que el Señor ayude a Maradona y a su familia y a todos los demás integrantes de Napoli en esta esperada cita con el scudetto". Así se dirigió en su homilía de ese domingo el Padre Alberto, durante la misa oficiada en la iglesia de Santa María Della Catena, fundada en 1576. El sacerdote, tiempo después, envuelto en los festejos, declaró: "Durante muchos años Nápoles ha sido víctima de una cierta arrogancia por parte del norte de Italia. Y este sentimiento de revancha y de orgullo regional lo comprendo". Mientras, Diego lloraba abrazado a Hugo, su hermano, sobre el círculo central.

El 1° de julio de 1984, el diario El País, de España, escribió estas líneas, frente a la sorpresa futbolera mundial: Maradona dejaba un Fórmula 1 para tomar el volante de una bicicleta playera. "El Barcelona, finalmente, traspasó anoche al jugador argentino Diego Armando Maradona al Nápoles de Italia, por la cantidad inicialmente pactada de 7,5 millones de dólares (1.185 millones de pesetas).

Las negociaciones, que según el portavoz del Barcelona, Joan Gaspart, se habían roto el viernes tras la petición azulgrana de 200 millones más de pesetas sobre el precio inicial, dieron ayer un vuelco total. Según el presidente del Barcelona, Josep Lluís Núñez, el giro se produjo tras llegar al convencimiento de que no se podía mantener en la plantilla a un jugador que estaba a disgusto. El contrato se firmó anoche en el aeropuerto de El Prat tras la llegada urgente, desde Nápoles, de Corrado Ferlaino, presidente del club italiano".

Después del fugaz y exitoso paso por Boca y antes del genio del Estadio Azteca, Maradona fue una luz intermitente en catalán. "Lo mejor es irme y prefiero hacerlo sin decir barbaridades. En la reunión del pasado viernes no llegamos a las manos porque creo que somos razonables. Era como hablar con una pared", declaró el número 10. "Muy a pesar mío, Maradona se va", contó Núñez. Nápoles lo esperaba como Nápoles: con la ropa colgada de los balcones y la inocencia en los ojos de los que siempre miran desde abajo.

A 30 años del título, en un homenaje conmovedor ante 1300 personas en el Teatro San Carlo, recordó el hoy entrenador de Gimnasia por qué se fue de Barcelona, que le había ofrecido una mejora sustancial en el contrato y se presentó en una ciudad parecida a Caminito, a la Bombonera. "Porque yo, en lugar del dinero, prefiero correr detrás de una pelota. Y ellos nunca lo entendieron".

El conmovedor día de su presentación

La presentación en sociedad había sido el 5 de julio de 1984, frente a 86.000 personas en el San Paolo. Había 240 periodistas y fotógrafos. El ingreso del túnel fue mitológico. "¡Napolitanos, voy a ganar el campeonato para ustedes!", exclamó, más emocionado que cerebral. En el Camp Nou, había navegado entre el talento y el abismo. Mientras, el club italiano se había salvado del descenso en la temporada anterior por un punto, por lo que los aficionados mostraron euforia por la llegada de Diego.

Su debut en la Serie A fue el 16 de septiembre, contra Verona, en una derrota por 3 a 1. Diego ya era indomable, no sólo por el pique corto, las gambetas y la zurda sobre el campo de juego. Dirigido por Ottavio Bianchi, tuvo como compañeros a Ciro Ferrara, Salvatore Bagni y Fernando De Napoli: figuras de segundo y tercer orden.

En la portada del 11 de marzo de 1987, La Nación resumió algunos aspectos centrales de la actualidad, como un nuevo proyecto por las obras sociales, una ola de paros que habría de afectar a José Sarney, el presidente de Brasil, el cómodo triunfo de Alvaro Alsogaray en las internas de la Ucedé, el triunfo de Boca sobre Armenio y "Napoli, campeón con Maradona", un título informativo y categórico. "Es el primer título de primera división logrado por un equipo del sur de Italia", suscribía la bajada, completada por la algarabía -y los serios incidentes- de las calles napolitanas. Así fue: hubo 100 heridos; el más severo, un hincha que debió sufrir la amputación de una pierna, en la locura de coches, peatones y alcohol, sin control ni dirección.

Los diarios italianos, en su mayoría en formato sábana, le dieron un despliegue extraordinario: ocho páginas a la epopeya del humilde que derriba al gigante, al Inter. "Para los napolitanos, yo era el capitán del barco, yo era la bandera. Podían tocar a cualquiera, pero a mí no... Es que... es muy simple... cuando nosotros empezamos a armar el equipo, llegaron los resultados: venía el Inter, lo goleábamos, venía el Milan, le ganábamos. A todos les ganábamos. Los pobres del Sur nos llevamos un pedazo de la torta que antes se comían los ricos del Norte. ¡Y el pedazo más grande!", relató en Yo soy el Diego, el libro que cuenta su vida y su obra. "Y la gente fue aprendiendo que no había que tener miedo, que no ganaba el que tenía más plata sino que el más luchaba, el que más buscaba", suscribió.

Los mejores goles en Napoli

Marcó 10 goles en el campeonato, una módica cifra, en comparación con el hechizo. Cuando tomaba el balón, algo iba a ocurrir. Eléctrico y sutil, la televisión lo dibujaba en nuestro país los domingos por las mañanas, a años luz de la tecnología de nuestros días. Sin embargo, ese Diego superó el tiempo. Siempre lo acompañaba Claudia quien, cinco semanas antes, había tenido a una beba. "Fue algo increíble, solo faltó aquí mi madre, la persona más importante de mi vida. Al menos, pude hablar por teléfono. ¡Y está Dalma, Dalmita!, que llegó a este mundo con el scudetto bajo el brazo", describía, con un perfecto italiano.

Ya era un mito, endiosado hasta la borrachera. Ya no podía salir a la calle: las gambetas en Fiorito fueron el prólogo de los autos de carrera, los vuelos privados. Maradona ya era un déspota. También, un elegido. En las calles, en el estadio y en el vestuario, todos cantaban la misma canción. Decía así: "Mamá, ¿no sabe por qué me late el corazón? Mamá, ¿no sabe por qué me late el corazón? Y sabe porque enamorado estoy: Ho visto Maradona". La cantaba Diego también, que después vivió múltiples vidas dentro de una sola vida. "Estoy pensando que este título no lo ganó ni el equipo ni la 'sociedad'. Lo ganó la ciudad entera: es el triunfo del pueblo", grita, con esa sonrisa blanca y gigante. Irrepetible.

Por: Ariel Ruya
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