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El grito de Diego Rodríguez luego de convertir el penal, acompañado por miles de gargantas, se sintió como un desahogo. Un poco de aire en medio de un clima cargado de tensión, dentro de una realidad repleta de dudas y problemas. No jugó bien Independiente, o no lo hizo mejor que en sus últimas actuaciones, pero esta vez, por lo menos, se fue victorioso del Libertadores de América. Un trabajoso triunfo por 3-2 sobre Sportivo Belgrano le permite mantenerse en la lucha por el tercer ascenso, pero no puede quedarse tranquilo. Porque, a siete fechas del final, ya está muy lejos de los dos primeros en zona de ascenso –Banfield y Defensa y Justicia le sacaron 13 puntos de ventaja–, y con 53 unidades dentro del bolsillo, está cuarto, a dos de Instituto, al que tendrá que visitar en Córdoba en la penúltima fecha. Si tropieza, al acecho están Crucero del Norte, Unión y Huracán.
Con el triunfo regresaron los aplausos, luego de una noche con vaivenes. Porque el hincha tuvo paciencia en el comienzo, pero el aliento se convirtió en bronca en cada empate de los cordobeses. Debe tenerse en cuenta que, ya sin Javier Cantero, que dio un paso al costado de la presidencia, el blanco de los insultos fueron los jugadores. No sin razón, los hinchas del Rojo dejan al DT Omar De Felippe al margen de las críticas, acaso porque el entrenador siempre puso la cara y nunca escatimó autocrítica. La salida del cuestionado Cantero desconprimió ligeramente el ambiente, pero está claro que el ex presidente no era el responsable excluyente de la debacle del equipo.
La victoria también ayudó para sostener a De Felippe; no porque alguien lo apuntara –de hecho, fue el más aplaudido antes del partido–sino porque surgió el rumor de que el propio DT podía dar un paso al costado si no veía una reacción positiva de parte de los jugadores. Por ahora, resiste.
La cuestión es que Independiente sigue sin jugar bien. Claramente se le notan los nervios, la ansiedad, que se traducen en imprecisiones. Del otro lado, cualquier rival, poderoso o no, se anima a hacerle frente, quizás porque a esta altura no es difícil percibir que el Rojo es un equipo de mandíbula frágil. Porque en lo anímico exhibe serios sobresaltos de carácter; muestra ambición y ganas de ser protagonista, pero cuando está en ventaja le cuesta mantenerla y la desesperación parece gobernarlo. Porque referentes como Montenegro están en un nivel muy bajo; Tula y Morel Rodríguez alternan buenas y malas; Pisano aparece de a ratos –lo mejor estuvo en el segundo tiempo–, y entonces la responsabilidad queda en manos de aquellos surgidos en el club, como Martín Vidal, que fue decisivo por orden, despliegue, por marcar un gol clave en el final de la primera mitad, y por mostrar temperamento en los momentos más oscuros. También fue valioso lo de Diego Rodríguez, más allá de una pobre reacción en el primer gol rival.
"Esta fue la primera final de las ocho que nos quedan por delante y ya no podemos dejar pasar más oportunidades. Sabíamos que todo iba a ser duro y difícil, y se complicó aún más, pero lo que pasó, ya está. Si cada uno aporta su granito de arena, de esto vamos a salir", dijo Morel Rodríguez, que volvió a tener un lugar luego de varios partidos al margen por bajas actuaciones.
Anoche, consiguió lo que apenas fue su tercera victoria en lo que va del año, dentro de un balance menos que discreto, pues del otro lado asoman seis empates y cinco derrotas. Más allá del fallo controvertido del árbitro Maglio en el inexistente penal que decidió el partido, Independiente se quedó con tres puntos que le permiten cambiar un poco el aire, y una pizca de tranquilidad para reacomodar la situación. Pero también ya se equivocó mucho, y de aquí hasta el final, su margen de error es mínimo. La salida del laberinto aún está lejos, pero al menos anoche dio un primer paso.

