

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
Jorge Almirón, Mauricio Pellegrino, Julio César Falcioni, Sebastián Beccacece, Eduardo Domínguez y Ricardo Zielinski tienen dos puntos en común. Por un lado, todos ellos dirigieron a Independiente desde que el club regresó a Primera División en 2014; por el otro, antes o después de ejercer ese cargo, los seis fueron campeones en diferentes clubes de nuestro fútbol sin poder repetir el éxito en Avellaneda.
Luego de que el Rojo sumara su tercera derrota en diez días, un humillante 0-4 ante Atlético Tucumán por los octavos de final de Copa Argentina, Gustavo Quinteros pasó a engrosar esa lista, una expresión más del profundo cráter en el que se encuentra una institución que en sus buenas épocas ostentó niveles modélicos de gestión que derivaron en múltiples títulos. Esta vez les tocó a Nicolás Laméndola y sus compañeros desatar la enésima crisis, una más de las que periódicamente azotan al club desde que aquel círculo virtuoso se quebró en los años 90.
Si la actuación del equipo en el estadio Marcelo Bielsa por la Copa Argentina, liviana, insulsa y ausente de rebeldía, no había sido suficiente para poner en duda la continuidad del técnico, un párrafo de sus palabras en la posterior conferencia de prensa rebalsó el vaso de la cúpula directiva. “Yo me hago cargo de la responsabilidad que me corresponde, pero ni estos jugadores ni nosotros como cuerpo técnico lo somos de la continuidad de fracasos de un equipo tan grande como Independiente”, dijo Quinteros. Muy pocos de los que siguen el día a día del Rojo podrían discutir la certeza del razonamiento, pero el momento elegido para darlo a conocer sonó de algún modo a invitación para que el club se encargara de dar el portazo.
Las relaciones entre las diferentes partes del fútbol Rojo ya arrastraban rispideces de todo tipo. El cuerpo técnico se sentía a mitad de camino entre el engaño y la traición ante la falta de incorporaciones en los puestos que consideraban claves para sostener y elevar las aspiraciones en el segundo semestre del año. En los despachos, los dirigentes empezaban a cansarse de los reclamos permanentes del entrenador. En el vestuario, los futbolistas no acababan de incorporar ni la idea de juego, ni ciertos detalles del trato -distante y crítico- que Quinteros le dispensaba al grupo.
La decisión de dejar fuera del equipo titular ante el Decano a un referente como Rodrigo Rey tras la pifia que el sábado pasado motivó la derrota frente a Platense sumó otro poroto en contra de la buena sintonía. “Las explicaciones de por qué no llegaron refuerzos las tendrán que dar otras personas, y el técnico tendrá que hacer su análisis y su autocrítica”, había sentenciado el capitán Iván Marcone tras el partido, pintando con claridad el enrarecido ambiente general.
En los últimos dos encuentros, la presencia obligada entre los suplentes de hasta ocho y nueve juveniles fue, quizás, la evidencia más palpable de los cortocircuitos existentes entre los distintos polos que deben conectar correctamente para que el adecuado funcionamiento de un equipo. Chicos de una cantera que, por otro lado, desde hace 20 años no produce ni cantidad ni calidad de jugadores suficientes para abastecer con ciertas garantías al plantel superior y para generar transferencias que a su vez permitan la llegada de futbolistas de categoría probada.

El viernes pasado, Daniel Seoane, secretario deportivo y hombre fuerte de la entidad, había hablado de este tema en una entrevista con el medio partidario La Caldera del Diablo: “Yo entiendo que Quinteros quiera gente de primera línea. El problema fue que pensábamos vender algunos jugadores, eso no pasó y no pudimos satisfacer sus pedidos porque no podemos dejarle a la próxima dirigencia una deuda de locura”. La explicación apuntaba a los enormes problemas económicos y financieros que siguen aquejando al Rojo. Una vez más, y ya son muchas, el club debió comenzar el torneo inhibido por la FIFA, debido a la falta de pago en fecha de compromisos asumidos en anteriores mercados.
Justamente, las elecciones previstas para diciembre aludidas por Seoane son el otro gran motivo de preocupación de Independiente a corto plazo, incluso para decidir quién tomará el timón del equipo en los doce partidos que restan del torneo Clausura. En principio, y salvo cambio de idea de aquí al lunes, Carlos Matheu y Eduardo Tuzzio, entrenadores de la reserva, se sentarían en el banco en La Fortaleza de Lanús.
Parte de la dirigencia cree que incluso esa sería la mejor solución para liberar las manos a quienes resulten ganadores en unos comicios que por ahora solo tienen un candidato definido: Luciano Nakis, hombre afín a Claudio Tapia que genera una buena dosis de resistencia en la masa societaria. Otro sector de la directiva, en cambio, pretende contratar de manera temporal a un técnico con más experiencia -Omar De Felippe y Rubén Darío Insúa, por ejemplo- para aumentar las opciones de clasificación a la etapa decisiva del torneo local y en lo posible a una copa continental.
En Rosario, Quinteros y Marcone hablaron de vergüenza, de tristeza y de dolor, palabras que hace mucho dejaron de ser novedosas en el universo Rojo. Pero en el fondo, dirigentes, jugadores, técnicos, hinchas y socios saben que las circunstancias son las que son y que imaginar una transformación radical a corto plazo roza lo milagroso. Hace tres décadas que Independiente solo muy de tanto en tanto logra escapar de la rueda de frustraciones en la que está atrapado. Nicolás Laméndola y sus compañeros del Decano no hicieron más que acelerar un poco más la velocidad de giro.




