Luis Aragonés: el hombre que le enseñó a España a ganar

Martín Rodríguez Yebra
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2 de febrero de 2014  

MADRID.- Luis Aragonés tenía rasgos de antihéroe. Feo, cascarrabias, terco; un hombre que escondía la sonrisa y que en cualquier discusión siempre gritaba último. Pero España lo recordará como uno de los grandes mitos de su historia deportiva. Un luchador infatigable, un militante del esfuerzo, el ganador que aprendía a fuerza de perder.

La noticia de su muerte por leucemia a los 75 años enlutó ayer a un país entero que lo idolatra desde la noche de 2008, en la que, como director técnico de la selección española de fútbol, obtuvo la Eurocopa, el título que rompió 44 años de sequía y abrió una racha gloriosa: Mundial 2010, Euro 2012, sin él en el banco, pero con la misma receta de juego exquisito.

Lo lloraron en los estadios y las grandes estrellas lo despidieron con honores. Iker Casillas, Cesc Fàbregas, Xabi Alonso, David Villa y una lista interminable de figuras hicieron fila para elogiar al hombre que cambió el destino del fútbol español.

Aragonés se retiró poco después de ese triunfo continental, cuando la prensa lo llamaba cariñosamente "El Abuelo" o "El sabio de Hortaleza", enterradas ya las infinitas polémicas y broncas acumuladas en 35 años de carrera.

Aragonés era el "Zapatones", un mediocampista que calzaba 46 y que brilló en el Atlético de Madrid. Es el máximo goleador del club, con 173 a lo largo de 10 años en los que celebró tres ligas.

No era un crack nato. Le costó años llegar a primera: salió de Getafe y lo compró Real Madrid, pero nunca le dio lugar. Jugó a préstamo en clubes segundones hasta que llegó a "su" Aleti en 1964, con 26 años. Sus compañeros recuerdan que se pasaba noches enteras pateando al arco vacío, mejorando su fuerte: los tiros libres.

Llegó a sentirse infalible. Basta ver el gol que le convirtió al Bayern Munich en la final de la Champions League de 1974. Aragonés -patilludo, desgarbado- patea una falta a colocar desde la izquierda y apenas la pelota pasa la barrera él levanta los brazos para festejar.

Esa noche, en Bruselas, se quedó a un segundo de la hazaña. El Bayern de Beckenbauer, Maier y Müller consiguió un empate agónico con el zapatazo de un tal Schwarzenbeck. Se jugó una revancha a los dos días y los alemanes vapulearon al Atlético, que hasta hoy sueña con ese trofeo inalcanzable.

En la temporada siguiente el club se desligó en la fecha 10 de su DT, "El Toto" Lorenzo, y le ofreció el cargo a Aragonés. De un día para otro, colgó los botines y se puso el buzo. Al poco tiempo logró la Copa Intercontinental. Resulta que el Bayern decidió no jugarla, y el subcampeón tomó la posta. Dio la vuelta en el Calderón, después de superar al Independiente de Bochini.

Con el Atlético ganó una liga y tres copas. También lo rescató del infierno del descenso, en 2002. Dirigió al Barça, al Betis, al Sevilla, al Espanyol, al Mallorca, al Oviedo, al Valencia y se anotó una aventura final en el Fenerbahçe turco.

Era experto en motivar. Resumía su filosofía sin lirismos: "Ganar, ganar, ganar y volver a ganar".

El alemán Schuster recuerda la arenga que les dio en 1992 antes de la final de la Copa del Rey contra el Real Madrid. Al final de una charla técnica minuciosa, golpeó el pizarrón y gritó: "¿Lo han entendido? ¿Sí? Pues esto no vale una mierda. Lo que vale es que sois mejores y que estoy hasta los huevos de perder con estos. Sois el Atlético de Madrid y allí fuera hay 50.000 tipos que van a morir por vosotros. Hay que morir por ellos". Schuster, que era un veterano, dice que nunca salió a una cancha tan decidido a ganar. Y ganaron.

Aragonés llegó a "La Roja" (como él bautizó a la selección) con 66 años. Juntó a Raúl, Xavi, Iniesta, Torres... España viajó al Mundial 2006 como favorito y se volvió otra vez enseguida, en octavos, superado por Francia. Aragonés terminó cuestionado y enfrascado en la enésima controversia por sus salidas de libreto. Fue por gritarle a José Antonio Reyes, el volante que debía controlar a Thiery Henry: "¡Demuéstrele a ese negro de mierda que usted es mejor que él!"

Había jurado retirarse si no era campeón, pero siguió. Hombre de carácter recio, resistió las críticas a su modo. "Digo más veces vete a tomar por culo que buenos días".

En la Euro 2008 nadie confiaba en España, experta en frustraciones. Él tomó la polémica decisión de excluir a Raúl y convenció a su grupo de que no podía perder. Era capaz de dar precisiones técnicas milimétricas como de transmitir picardía de viejo zorro .

El día de la final contra Alemania dio una charla memorable a su equipo sobre cómo tratar a Schweinsteiger. "Al rubio, ese del nombre tan raro, ya lo echaron una vez y si somos listos lo van a echar otra vez. Le decimos alguna cosita, le hacemos un gestito. Esto es fútbol, esto es de listos. Si lo hacemos bien lo echan otra vez porque se calienta como la mala leche."

Les recomendaba a sus estrellas aprenderse el nombre de pila del referí: "Ahora que vosotros ya sois un poquito famosos, vais al árbitro y le dais una palmadita. Le decís: ?Qué tal, Friedrich' o como se llame. Y el tipo piensa: ?Joder?' Después siempre en algo nos va a ayudar".

Aquella noche de Viena, el viejo Luis se metió en la historia de España, enfundado en el equipo de gimnasia que era como su segunda piel. Una generación entera aprendió al fin lo que era ganar. Esos millones que no olvidarán jamás la imagen de Casillas con la copa en alto.

En ese cuadro Aragonés no está. Por suerte, otra cámara registró sus pasos. Mientras estallaban los papelitos rojos y amarillos y los jugadores saltaban de alegría, él caminaba cabizbajo hacia el vestuario, sin permitirse el placer de una sonrisa.

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