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Un partido en el que se abrió el marcador antes de que se haya cumplido un minuto de juego es una circunstancia atípica dentro de lo que se espera de un encuentro. Un gol en contra de emboquillada, con la justeza que muchos delanteros no suelen tener, es otra. Que un árbitro expulse a tres jugadores de un equipo por la misma acción es merecedor de una atención especial.
Pero si todas esas cosas ocurren en un mismo partido la cuestión se vuelve extraordinaria desde cualquier mirada. Todo eso ocurrió ayer en River v. Quilmes, que fue emocionante por las alternativas cambiantes, pero también por todas esas circunstancias atípicas.
Se podía intuir desde el comienzo que el match no sería uno más. A los 38 segundos, Juan Manuel Herbella se lanzó contra un palo del arco de River y anotó el primer tanto de Quilmes. El estupor de los hinchas millonarios era evidente. Esperar tres semanas para que vuelva el fútbol, y que regrese de esa manera, no era lo esperado.
Vaya si será extraño todo lo que ocurrió que hasta el autor del gol no festejó el tanto. No fue por respeto al rival ni nada que se le parezca: en su intento por meter la pelota en el arco, el defensor cervecero se golpeó la espaldsa contra el palo y quedó tendido. Sus compañeros corrieron a abrazarlo, pero su alegría no fue correspondida. Herbella debió ser atendido por los médicos. Si bien se reincorporó al juego, debió ser sustituido unos minutos después por Agustín Alayes.
Sin embargo, no fue ése el único jugador que abandonó el campo de juego por lesión antes de la media hora. Luis González le cedió su lugar a Alejandro Domínguez, con un esguince en la rodilla izquierda.
Para los simpatizantes de River todo se hizo más inexplicable algunos minutos más tarde. Leandro Benítez lanzó un centro al área de River, pero sólo encontró la presencia de Kilian Virviescas. El problema fue que el defensor tuvo la mala fortuna que metió la pelota en su propio arco, lejos del alcance de Costanzo, con una precisión envidiable. Otro golpe a la lógica.
Se jugaban 27 minutos de la segunda etapa cuando una falta más de Raúl Saavedra -ahora, sobre Alejandro Domínguez-, que ya estaba amonestado por una infracción al Hachita Ludueña en la primera etapa, terminó con la paciencia del árbitro Furchi. La injustificada indignación de Ariel López terminó con un empujón del delantero hacia el juez. Entonces, los expulsados fueron dos. Y Patricio Camps acompañó con un exceso verbal para que Quilmes se quedara con ocho jugadores para afrontar la etapa más intensa y decisiva.
Todos esos aciertos de Furchi elevaron su tarea. Que, por otro lado, se deslució por momentos hasta completar una labor regular cuando ignoró una evidente mano de Cristian García -el juez entendió que se trató de una acción casual, sin intención- en el final del cotejo que le hubiese permitido a River disponer de un penal cuando el cotejo estaba 2 a 2.
En el lado negativo de la labor del árbitro hay que anotar una falla en una acción que ocurrió segundos antes del episodio de las expulsiones, que tal vez pudo haber sido el caldo de cultivo de la reacción de los jugadores de Quilmes: sobre la derecha del ataque visitante, Virviescas le cometió una clara falta a Camps, que Furchi ignoró.
Por lo demás, hay que anotar algunos errores menos comprometedores en la actuación del árbitro; equivocaciones en la sanción de faltas sin influencia en el resultado, en las que cayó algunas veces.
El juez Rafael Furchi fue el gran protagonista de la tarde-noche del Monumental. Con una polémica decisión, expulsó en la misma jugada a tres jugadores de Quilmes: Raúl Saavedra, Ariel López y Patricio Camps. Furchi, en realidad, ya había mostrado tres tarjetas rojas en un mismo cotejo: fue el 27 de octubre de 2002. Por la 14ª jornada del Apertura, en Rosario, expulsó a futbolistas de Olimpo, en el encuentro que Newell’s ganó por 1 a 0. Antes del tanto rosarino, convertido por Guillermo Marino, fueron echados Héctor González, Marcelo Bustamante y Leonardo Mas. LA NACION, esa tarde, lo calificó con un mal (3).

