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Mis bisabuelo, mi abuelo y mi padre fueron de Boca. Igual que yo. Mis abuelos y mis padres se casaron en la iglesia de San Juan Evangelista de la calle Olavarría; y allí me bautizaron. Mi padre, mi madre, mis hermanos y yo nacimos en La Boca. Tuve perros, gatos y pájaros que nacieron y murieron allí. Toda mi familia vivió en el barrio. Y los que se iban muriendo eran enterrados en La Verdi, sociedad de socorros mutuos de la avenida Almirante Brown. En su panteón de nichos de la Chacarita está toda la historia de La Boca. Todos son allí muertos boquenses y si hubiera alguno que no lo es debió disimularlo para no ser discriminado del Olimpo. Ningún boquense quería ser enterrado en ningún otro lugar por temor a tener de vecino a un hincha de Ríver. Un tío mío ya grave y agónico cuando se enteró que lo iba a venir a ver un médico que no era de La Boca dijo que mejor era morirse sin saber el diagnóstico. Tal heráldica es común a muchísimas otras personas a las cuales resulta fácil reconocer no cuando el equipo gana, que eso es fácil para cualquiera, sino cuando el equipo pierde. Aunque esto nunca pasa.
Boca es al fútbol argentino, no como el Real de Madrid o el Barcelona a España, el Manchester a Inglaterra , la Roma y el Milan a Italia, el Santos o el Botafogo a Brasil, y Peñarol y Nacional a Uruguay, sino como el tango es a Buenos Aires, Borges es a la literatura, el argentino es a la Argentina y Jesús es al cristianismo. No quisiera exagerar, pero Boca ha logrado incorporarse como la octava, a las siete legendarias maravillas de la humanidad. Después de los jardines colgantes de Babilonia y del sepulcro de Mausoleo en Halicarnaso, viene Boca. Integran la octava maravilla, la Bombonera, el palco desde donde amenaza salir volando el gordo Maradona, la camiseta azul y amarilla que imita a la bandera sueca aunque nadie la asocie a Guillermo Tell, y la número 12: hinchada multiétnica que en un siglo fue mudando del origen genovés y calabrés a mixturas bolivianas, paraguayas, uruguayas y conurbanas. La calificación de “bostero” , que se asocia al hedor que exhalaban unos típicos carritos de forma de cilindro donde se juntaba la bosta que los caballos dejaban en las calles del barrio a principios del siglo pasado, es un adjetivo superlativo. Un gentilicio del mismo rango que el que refiere a una nación, a un linaje, o a un status humano de jerarquía emocional de elite.
Cuando uno dice Riachuelo, dice La Boca. Cuando uno dice conventillo, dice La Boca. Cuando uno dice fainá, dice La Boca. Cuando uno dice Quinquela, dice La Boca. Cuando uno dice Bombonera, garra e hinchada, dice La Boca. Cuando uno dice campeón, dice Boca.



