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KISARAZU, Japón.– “Vas a ver: nos vamos todos y se queda Collina un rato largo.” El comentario, un susurro casi al oído, se oyó al pasar; se lo deslizó un árbitro a otro en el encuentro que los jueces que dirigirán en Japón en la primera rueda del Mundial sostuvieron con la prensa en el hotel Ocura Academia, de esta ciudad.
En verdad, era fácil compartir el vaticinio: aun cuando una cortesía diplomática lo lleve a rechazarlo, Pierluigi Collina es la estrella entre los árbitros internacionales; un personaje aún más popular que la mayoría de los jugadores que están en Oriente. El sale del paso con una chanza cuando se le pregunta a qué se debe: “No lo sé, no sabría decir... Quizá son mis ojos azules”, bromea. Acaso prefiere elegir ese rasgo antes que la calvicie, que lo identifica más aún.
Corea-Japón es el segundo Mundial consecutivo para este italiano nacido en Bolonia hace 42 años, casado y con dos hijas, que sabe explotar el perfil comercial de su figura como ninguno de sus colegas. Pero esa cualidad no agota una personalidad multifacética: graduado en economía en la universidad de su ciudad natal, también trabaja como asesor financiero; más allá de su lengua materna, domina el francés y el español (“es muy similar al italiano, así que es fácil de aprender, y me ayuda el hecho de que suelo tomar mis vacaciones en las islas Canarias. Además, me gusta muchísimo), y su carisma lo puso ante las cámaras para protagonizar un aviso comercial de Adidas.
“No creo ser una estrella. En la cancha, las estrellas, las figuras son los jugadores. Los árbitros representan una parte importante del fútbol, pero son sólo un servicio para los futbolistas.
Lo que tiene que hacer el juez en el campo es dejar que los futbolistas jueguen de la manera más limpia posible. Sólo creo ser un buen árbitro dentro de un grupo de jueces muy buenos que existen en la actualidad. Y si lo que me rodea sirve para algo, es para que se reconozca a los árbitros que nadie conoce, que dirigen en campos pequeños, sin público y con muchísimo miedo”, manifiesta.
–¿Qué sintió cuando supo que le tocaba dirigir un partido con la relevancia de la Argentina-Inglaterra? ¿Lo tomó como uno más?
–Para mí, es un honor tener la posibilidad de conducir este encuentro. Estoy muy orgulloso. Es un partido muy importante y significa una gran responsabilidad. En un Mundial todos los cotejos son trascendentes, pero claro que hablar de la Argentina e Inglaterra para toda la gente es muy esperado.
–¿Cree que todo lo que rodea al partido, más algunos antecedentes, le puede complicar el trabajo?
–Mi obligación, igual que la de los jugadores, es preparar el partido desde antes. Yo tengo experiencia en encuentros que todos esperaban con mucho miedo, como Alemania-Inglaterra en la última Eurocopa. Y aquella vez no pasó nada, ni en la cancha ni afuera. Espero –y estoy seguro de que así será– que en Sapporo ocurra lo mismo.
–¿Cómo hace para aislarse de ese clima? ¿Cuál es su fórmula?
–No creo que a ninguno de los que estemos en la cancha nos afecte esa tensión. Todos somos profesionales, y nuestra obligación es prepararnos lo mejor que podamos.


