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Son tiempos de festejos para River . Que se repiten y remiten a ese vocablo de moda: reinventarse. Porque no fue hace tanto que la pasó mal. Supo y pudo levantarse. Para volver a disfrutar, a creer y a soñar. Casi tanto como aquella vez...
Cruda noche de invierno en Liniers. Jueves 14 de agosto de 1975. Revienta el José Amalfitani, pero el que juega no es Vélez: es local Argentinos. Recibe a River, que quiere romper con el maleficio, las cargadas y el trauma. Son 18 años sin vueltas olímpicas. Esa temporada fue especial, con el regreso del "Feo", ídolo de siempre. Con Ángel Labruna en el banco, y nombres como Fillol, Perfumo, Alonso, J.J. López, Merlo, Morete y Mas en la cancha, River puso la piedra basal de una nueva era. ¿Fácil? En absoluto.
Justo cuando en la antepenúltima fecha había empezado a desligarse de los fantasmas con la victoria 2-0 sobre San Lorenzo en Núñez (goles de Alonso, que volvió esa tarde tras 6 fechas de suspensión) y avistaba los festejos, Agremiados declaró una huelga. A la cancha con los juveniles, que eran de nivel, claro, pero jamás habían jugado ante 50.000 personas y con una carga de ansiedad ilimitada. Juveniles que, se cuenta, fueron encarados en la concentración por los mayores, pidiéndoles "que no jugaran en solidaridad". Los pibes jugaron (Vivalda, Zappia, Raffaelli, Bargas, entre otros) y el héroe fue Rubén Bruno, con la 10. "Recuerdo el gol como si fuese hoy. Lo recuerdo cada día de mi vida", rememoró hace un año. Recibió el pelotazo de Bargas, la bajó con la cabeza y definió de zurda, cruzado al segundo palo. 1-0. ¡Campeón! Invasión de cancha. Júbilo en las calles. River no volvía a ser "La Máquina", pero sí volvía a ser River.
Mañana se cumplen 40 años de la noche de los pibes y del fin del calvario. Un recuerdo que también sirve de festejo en tiempos de algarabía.


