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Hay que ponerse en la piel del hincha para entender. Desde el frío y objetivo análisis jamás se comprenderá que así, de la manera en que se dio, se disfruta tanto -o más, quién sabe- como si el partido hubiera sido un festival de toques y de goles.
Hay que ponerse en la piel del hincha para disfutar. Eso se hace cuando se da una victoria contra Brasil dándole vuelta el resultado en la agonía del encuentro, ganándole con un gol en contra, dejándole al desnudo toda su mediocridad y complicándole sus planes mundialistas.
Hay que ponerse en la piel del hincha para sacar la conclusión tan buscada. Aun en una de las más flojas actuaciones que se le recuerde a este grupo en los últimos tiempos, en esos épicos minutos finales se abrieron de par en par las puertas para que se encuentren, de una vez por todas, la Selección Argentina y los hinchas.
En realidad, hasta ahora, para este verdadero elenco estable elegido por Marcelo Bielsa, ha sido más sencillo recorrer el camino hacia Corea-Japón 2002 ante sus rivales que conquistar a su público. Este, contra Brasil, en el Monumental, era el primer desafío tras haber conseguido la clasificación para un Mundial de la manera más brillante y anticipada de toda la historia. Sin embargo, la sensación -subjetiva, como todas- era que se jugaba allí otra conquista. En el ánimo de la gente, que arrasó con las entradas con la esperanza de vivir una noche soñada, una alegría de encuentro, era posible advertir algo más que ese dato inmejorablemente positivo. En el aire pesaba la exigencia.
Sólo así es posible comprender el silencio, hasta la salida misma del equipo. Murmullo de teatro previo a la obra más que fiesta anticipada fogoneada desde los medios de comunicación. Si hubo cantos, en la espera, fueron para los ausentes: el clásico “Maradóóó / Maradóó´” se escuchó primero y enseguida uno que va por serlo “El Batigol, el Batigol”, debe haber caído sobre las espaldas de Crespo -si lo escuchó, en las entrañas del estadio- con el peso de una lápida. No hubo ni un solo aplauso especial cuando el locutor cantó la formación del equipo y casi ni se entendió “que de la mano / del Loco Bielsa / todos la vuelta vamos a dar” cuando el equipo pisó el césped. Entonces volvió el silencio, cortado apenas por el antiguo “Vamos, vamos / Argentina...” y potenciado por el helado gol brasileño.
En un ambiente así, donde el majestuoso marco y lo que sucede en el campo parece perfectamente disociados, los sentimientos afloran, parecen al alcance de la mano, se hacen más evidentes. Las excitadas salidas de Burgos provocan sorna, el Piojo López genera impaciencia, a Crespo se le nota la presión del ídolo ausente y a Aimar -en una noche para el insulto- se le tiene piedad. A Verón se lo extraña. Y Bielsa está allá, caminando de un lado al otro, pero ni se lo tiene en cuenta.
Un murmullo preocupante es el saldo de cuarenta y cinco minutos de poco juego. En la platea, en los populares, se planean los cambios imposibles: Riquelme por Aimar, Saviola por López, Batistuta por Crespo. Hay quienes afirman, sin tiempo para el muestreo, que ese sería el equipo del pueblo. Sin embargo, el cambio posible que decide Bielsa devuelve la esperanza: saca a un defensor, Placente, y pone a un delantero, Ortega. El estadio vuelve a estallar, aún con el canto antiguo. Es que no hay mala intención en el sentimiento: hay buena predisposición para reconocerle al equipo que es de ellos, de la gente.
Pero nada cambia demasiado la cosa. Brasil es una pared amarilla que apenas si mantiene el color de su camiseta fiel a su historia y la Argentina rebota contra ella. Una y otra vez. Sin ideas. Sin convicción. Los aplausos, tímidos, se los llevan el Kily González y Vivas, quién se lo hubiera imaginado. Hay, también, algún amago de Ortega y una aparición de Crespo. La impaciencia con López se convierte en fastidio y el afecto por Pablito hace que no lo hundan en silbidos cuando se va.
Hasta que Gallardo pone la cabeza, hasta que Cris ayuda a que un centro perdido sea gol. Entonces se encuentran la selección y la gente para vivir una noche que será recordada para siempre. Con los jugadores allá, bailando desde un arco hasta el otro. Y con los hinchas acá, bien cerca. Hay que estar en la piel de ellos para vivirlo.



