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DORTMUND, Alemania.- Ya nadie podrá decir que aquel festejo, el más maravilloso de la historia de los Mundiales, es irrepetible. En un segundo mágico, de esos que sólo el fútbol es capaz de regalar, Fabio Grosso detuvo el tiempo en Dortmund y fue Marco Tardelli en Madrid. Como él, pero 24 años después, convirtió un gol decisivo, abrió los brazos para abrazar a todos, corrió hacia cualquier parte, gritó el descreimiento de que aquello que le tocaba vivir era cierto y lloró un llanto que sólo puede expresar alegría, orgullo, emoción y pasión.
Aquella vez, el vencido fue Alemania, en la final de España 82; esta vez, el vencido fue Alemania, en la semifinal de Alemania 2006; uno convirtió el 2 a 0, a los 24 minutos del segundo tiempo; otro señaló el primero, a dos minutos del final del tiempo suplementario: las sutiles diferencias, de instancia y de tiempo, pueden limarse si se acepta como atenuante que el tremendo golazo de Grosso sirvió, claro, para dejar fuera de la fiesta al dueño de casa.
Andrea Pirlo, que le dio el pase como Enrique a Maradona, habló por él en una italianísima zona mixta, desbordante y desbordada: "Yo sólo tuve que pasarle la pelota, Fabio estuvo fantástico". Lo mejor para el defensor, nacido el 23 de enero de 1977 en Roma: que otros se ocupen de las palabras, mientras él sólo se dedica a jugar.
Si hasta en la revista oficial de la Nazionale se ríen de esa característica suya, al resumir su historia: "En Palermo, la ciudad adonde llegó en enero de 2004, dicen que Fabio Grosso es tan prodigio del gol como de las palabras. Si se tiene en cuenta que, con la camiseta rosa y negra, en 90 partidos de Serie A y B ha señalado dos goles, es fácil imaginarse su locuacidad ". Algo deberían cambiar en ese texto, si es posible antes de la final.
Se podrían agregar, por ejemplo, dos goles más, pero no cualquiera. Uno no es directamente suyo, pero sí lo provocó: el cerradísimo partido de octavos de final ante Australia se abrió cuando él forzó al defensor Neill y al árbitro español Medina Cantalejo a un penal que Totti convirtió cuando el partido ya marchaba hacia el alargue. Otro es éste, enteramente suyo, convertido con un zurdazo de fábula cuando sólo faltaban dos minutos para que la semifinal se definiera una vez más por los malditos penales.
Se podrían agregar, también, sus palabras, más valiosas si se da por cierto que tan poco le gusta hablar: "Estoy muy contento, la pelota entró por donde debía, fue un tiro justo No queríamos llegar a los penales, ésa es la verdad. Se lo dedico a mi hija, que está por nacer, y a mi mujer", dijo, y se fue.
Antes, había confesado que le parecía casi una falta de respeto que lo compararan con Maldini: "No puede existir comparación con Paolo porque él es demasiado grande. Es mí ídolo, y para mí está a años luz. Algún día me gustaría acercarme a lo que él es, pero no lo pretendo. Yo sólo quiero ser Fabio Grosso".
Se acercará, ahora, pero de otro modo: todos dicen que ya es nuevo jugador del Inter, a cambio de cinco millones y medio de euros y el pase del argentino nacionalizado italiano Hernán Pablo Della Fiore para Palermo.
"Me alegraría pasar a un equipo que no esté marcado por las denuncias de corrupción", había dicho sobre su posible desembarco en el club de los argentinos y demostrando que puede hablar poco, sí, pero fuerte. Como cuando pasa al ataque y convierte: no será muchas veces, pero le alcanza y le sobra para hacer historia. Y para copiar un festejo que seguirá siendo el mejor, pero ya no irrepetible.
En Roma, fue una caravana interminable desde el Coliseo hasta Piazza Venezia (foto), y en Milan, 50.000 personas que se congregaron en Piazza del Duomo; los tifosi disfrutaron la clasificación para la final durante toda la madrugada.


