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"Ustedes hablan con el diario del lunes", reprochan entrenadores y jugadores. "Jugátela antes", piden los hinchas. Es una gran tentación para nosotros ejercer el periodismo de anticipación. Pronosticar un marcador, denunciar arreglos o afirmar, con contagiosa convicción, la profecía que inevitablemente se cumplirá. Como si saber de fútbol fuera algo tan simple y azaroso como acertar un resultado. Con total impunidad, vamos lanzando durante la semana palabras como dardos. Si nos equivocamos, no pasa nada. Pero si se produce el milagro del acierto, ya tenemos el latiguillo a mano: "¿Viste? Yo te lo dije".
En el deporte nacional del hablar antes, se anotan también técnicos, jugadores, dirigentes y hasta el presidente de la AFA. La jornada más emocionante de la historia de los campeonatos cortos nos ha dejado en ridículo a todos. River perdió contra un Lanús supuestamente desganado y sin Valeri, su mejor jugador reservado para la Copa América. El cuarto arquero de Independiente Diego Rodríguez no tuvo problemas y vio cómo sus compañeros, dirigidos por un ídolo de Huracán, aplastaban al Globo. El fútbol es demasiado impredecible en su naturaleza como para revolear certezas antes de que se jueguen los partidos. Hay, claro, historias negras pero descubiertas con posterioridad. Sin embargo, la sospecha generalizada genera en un importante sector de la sociedad la imagen de credibilidad y valentía a quien la proyecta sobre el resto. Pero nada es menos creíble y menos valiente que denunciar que está todo arreglado sin tener una sola prueba.
Olimpo, que estaba "descendido" en la décima fecha del ¡Apertura!, apostó a la continuidad de su entrenador y a pasarse la pelota entre compañeros. Asumió el riesgo de buscar siempre la victoria. Entendió que empatar no le servía. Con los tres puntos por triunfo, se trata de ganar y no de sumar. Superado por Quilmes, lo salvó Ibáñez, el arquero suplente que en el debut de temporada hizo el partido de su vida. Fútbol en estado puro. Gimnasia estuvo a diez segundos de jugar la Promoción. Guillermo le había marcado un gol a Boca, festejado a la altura de las circunstancias. Pero, en su última pelota como profesional, Martín Palermo agregó un capítulo a su increíble carrera y le sirvió el gol del empate a Cellay, ex Estudiantes y Huracán, quemero furioso además. Y ahora, ¿qué hacemos con las predicciones?
Hoy, nadie, absolutamente nadie, puede golpearse el pecho y decir: "Je, yo te había cantado la justa, papá". Una vez más, el fútbol se ríe de los sabios pronosticadores y las indiscriminadas sospechas. Aun corriendo el riesgo de quedar como ingenuo, mejor jugársela y hablar con el diario del lunes (o del domingo).
jpvarsky@lanacion.com.ar


