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A veces son unas fieras. Y este sábado 29 de agosto de 2026 que ya se imprime en la memoria del deporte argentino fue un día de esos: las Leonas son campeonas del mundo por tercera vez en su historia, ahora en Amstelveen, Países Bajos. Como el 8 de diciembre de 2002 en Perth, Australia. Y como el 11 de septiembre del 2010 en Rosario, Argentina. Con otros nombres, con otra sangre, pero con la misma esencia. Equipos diferentes unidos por generaciones que mantienen viva esa mística de una camiseta especial, con identidad propia y símbolos bien marcados. Con obligaciones. Porque las Leonas son también una manera de vivir.
La victoria de este sábado ante Países Bajos en la final del Mundial por penales 3 a 1 después de la igualdad 1 a 1, significó el título más esperado de los últimos 16 años, justamente cuando las Leonas se consagraron en Rosario. Y fue también, mucho más que eso. Porque este es el premio que más merecía esta generación que tiene como base a ocho campeonas del mundo junior de Chile 2016 y que buscó hasta encontrar.
Cristina “la China” Cosentino (28 años), Paula Ortiz (29), Agustina Gorzelany (30), Julieta Jankunas (27), Eugenia Trinchinetti (29), Agostina Alonso (30), Sofía Toccalino (29) y María José Granatto (31) sabían lo que era alcanzar la gloria máxima con la selección argentina. Lo vivieron hace 10 años, casi en simultáneo a cuando el país festejaba la primera Copa Davis de su historia, pero no habían podido dar con ese sabor de nuevo en mayores. Desde que ese grupo lidera a las Leonas se les negó el oro olímpico de Tokio 2020 tras caer en la final con Países Bajos por 3 a 1 y luego el de París 2024, justamente porque las neerlandesas vencieron en semifinales y el equipo argentino debió conformarse con el bronce.
En el medio masticaron la bronca de la final del Mundial anterior, el de Terrassa-Amstelveen 2022, de nuevo viendo a centímetros cómo las naranjas levantaban la tercera Copa del Mundo al hilo. Unos días antes el equipo argentino fue campeón de la FIH Pro-League 2021-2022, pero se sabe en el hockey: el torneo anual de selecciones que propone hoy la Federación Internacional (FIH) no es el desvelo de nadie, sino una herramienta para pulir detalles y pensar siempre en los dos grandes faros: Mundiales y Juegos Olímpicos.
Aún sabiendo que hay diferencias estructurales que pueden justificar la supremacía europea, a las Leonas esa realidad no les importó nunca. Y en un momento se cansaron de perder las grandes finales. Se hartaron tanto que se lo juraron: “Les vamos a volver a ganar”. El detonante, la gota que colmó el vaso de ese orgullo herido fue otro partido en la FIH Pro-League, el 11 de diciembre de 2023, cuando en el final de un año extenuante que tuvo Juegos Panamericanos, cayeron por 7 a 1 jugando como locales en Santiago del Estero. Desde allí no les quedó más que la reconstrucción, el reinicio, el intento de un camino distinto y de autocrítica. Y si bien tras eso vino la derrota olímpica de París 2024, también llegó una victoria en Pro-League. Luego, otra caída, de nuevo con cimbronazo de goleada: 4 a 0 también en Santiago. La balanza parecía equilibrarse y la brecha achicarse, aunque por momentos con vaivenes.
Tardó... Pero llegó. Este partido, el de este sábado, era la oportunidad. Por primera vez en mucho tiempo, el equipo argentino sabía que estaba ante una posibilidad distinta. Con la lección aprendida de las últimas grandes decepciones y la convicción de que en el camino lo habían dejado todo. Para estas Leonas, según ellas mismas lo expresan en cada charla, no hay nada más importante que ser Leonas mientras visten la camiseta argentina. Eso, que no se circunscribe a un partido, sino al día a día e incluso fuera de los entrenamientos, es su alimento.
En el trayecto, las otras patas necesarias hicieron su parte. Por un lado, el cuerpo técnico encabezado por Fernando Ferrara, un DT que supo reinventarse. Asumió en las Leonas a fines de 2021, cuando el equipo que volvió de los Juegos Olímpicos de Tokio que se postergaron un año por la pandemia del Covid-19 estaba desgastado. Había llegado hasta allí con Carlos Retegui al mando, pero necesitaba una renovación. Y en ese sentido, el nombre del actual entrenador, que ya había dirigido a Italia, surgió de inmediato.
Hacia agosto de 2024, tras los Juegos de París, se decidió su renovación y el proyecto siguió, incluso con modificaciones en su propio cuerpo técnico. En esos años también, Ferrara asumió el recambio de jugadoras y sacó a algunas de renombre que lo pusieron en el ojo de la tormenta. A algunas críticas las atajó y a otras las dejó pasar hasta apagar el ruido. Hoy, varias de las que entraron en esos puestos que generaron polémica, rindieron.
Es que, la otra parte está en las “nuevas”. Las que arremetieron desde abajo con una fuerza demoledora. Sino, cómo se explica que Sofía Cairó y Juana Castellaro, con 23 y 21 años, jueguen la final que jugaron en su primer Mundial. Con tanta clase, con tanto temple. Con ellas, rindieron a pleno (en incluso en cada rol que le tocó) en todo el torneo todas las demás de estreno: la propia “China” Cosentino, Mercedes Artola (20), Milagros Alastra (20), Emma Knobl (20), Victoria Miranda (26), Zoe Díaz (20), Brissa Bruggeser (24) y Lara Casas (22). Algunas ya con experiencia y medalla olímpica, es cierto, pero absolutamente nuevas en la cita máxima de su deporte. Complementadas con tres Leonas de espalda formidable: Valentina Raposo, que con sólo 23 años es dos veces medallista olímpica y ahora mundial; y las más grandes, Victoria Granatto y Victoria Sauze, con 35.
Alguna vez, Sergio Vigil, emblemático entrenador y artífice del plantel que dio nacimiento a las Leonas allá por el 2000 dijo, a raíz del boom que implicó el hockey, que en la Argentina salían jugadoras “desde abajo de las piedras”. Se refería a la abundancia, a la cantidad, pero indirectamente a hacer posible lo difícil. No es tan sencillo nacer de abajo de las piedras. Y en un país como éste, donde gracias a las Leonas hoy hay canchas a lo largo y a lo ancho de cualquier geografía, cada milagro individual cobra fuerza. El hockey es hoy el deporte más practicado por mujeres en el país, sin embargo, hay miles de lugares en los que sobre todo (aún) se juega en pasto, en tierra, en polvo de ladrillo... Las canchas de arena son tal vez el logro máximo de la mayoría que pudo un poco más y las de agua, las que se utilizan en el nivel internacional, un lujo.
Justamente allí, en la infraestructura, está gran parte de las respuesta a por qué a la Argentina le tocó ver festejar a Países Bajos tanto en la última década. Es sabida la enorme diferencia que hay entre un país y otro en ese sentido. En el europeo, por caso, no solo está la mejor liga del mundo, sino que cada club cuenta con varias canchas de agua de primer nivel, vestuarios, instalaciones y sus jugadoras son profesionales. Es decir, cobran por jugar, es un trabajo. Las Leonas, que en los años que tienen Mundiales o Juegos Olímpicos no se desempeñan en otras ligas internacionales, viven mayormente de becas deportivas, sponsoreo personal, estudian y trabajan en el mientras tanto, y lidian muchas veces con problemas que otros no entenderían. Por ejemplo: que su cancha del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard) esté sucia, seca, que deban trasladarse a otro lugar a practicar... Que su baño de hielo sea una pileta tipo Pelopincho que ellas mismas armen al borde de la cancha... Que pongan las camillas de masajes abajo de un árbol...
Las Leonas jugaron este sábado un partido casi perfecto ante Países Bajos en su propia casa, sosteniendo la integridad en los 60 minutos, incluso cuando empezaron en desventaja por el gol de Yibbi Jansen a los 29. Mantuvieron la concentración y la defensa férrea en cada minuto y para cuando “Majo” Granatto puso el empate a los 53, todos entendieron de merecimientos. Después, con los penales, vino el desahogo y la conclusión de que fue un partido tan ideal como en años no pasaba.
El local llegó a esta definición decisivo con todas las credenciales en mano: N° 1 del mundo, tricampeón mundial vigente, bicampeón olímpico vigente, bicampeón europeo vigente. Invicto en Mundiales desde la final de 2010. Local, con las tribunas pintadas de naranja a pleno. Con Jansen como goleadora del torneo. Con un plantel de variantes infinitas. Con todo, con absolutamente todo a favor. Y el equipo argentino pudo. ¿Por qué? Porque hay algo que es inalienable y refleja la argentinidad: el corazón.
En 2001, apenas un año después de que las Leonas empezaran a llamarse Leonas, llegó el primer gran título de ese equipo: el Champions Trophy. Ese torneo, que reunía anualmente a los mejores ocho seleccionados del mundo, fue en Amstelveen, en el mismo escenario que se jugó este sábado (la única diferencia fue la carpeta, de otro color) y también ante Países Bajos. Y como aquel día, en esta final del Mundial estuvieron en la cancha, por diferentes motivos y roles, Luciana Aymar (la FIH la volvió a distinguir como la mejor de la historia), Cecilia Rognoni, Mercedes Margalot, Soledad García y Claudia Burkart. E incluso el propio Sergio “Cachito” Vigil. Un poco más lejos, otras Leonas clave en distintas épocas: Sofía Maccari, Rocío Sánchez Moccia, Martina Cavallero. Tal vez, porque al final de todo, la historia no pueda dejar de unirse. Las de hoy son las de ayer. Y las de ayer son las de hoy.
A veces, las Leonas son unas fieras. Y otras, una fiesta. Este título es su regalo. Ni más ni menos que a dos años de los Juegos Olímpicos de Los Angeles 2028.



