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Existe otro Castrilli. Claro, es difícil de creer que aquel árbitro polémico que era noticia y acaparaba los primeros planos de los medios periodísticos por su manera de dirigir no sea el mismo. Los recuerdos de los hinchas que visitaron las canchas durante los 90 estarán por siempre aggiornados por su rostro imperturbable, sus ojos bien abiertos y su cara de no me importa cuando un jugador le protestaba una expulsión.
Esa imagen queda a un lado cuando Castrilli habla de él como persona. Se derrumba cualquier preconcepto cuando se aparta de las denuncias y de los reclamos de Justicia. Los ojos dejan de ser pétreos y se le inundan de emoción. Sí, hay otro Castrilli. "Me hubiera encantado trabajar en un circo. Hubiera sido un payaso sin ningún problema", dice y asombra a todos.
-¿Por qué?
-Porque sí. Acá siempre se utiliza la palabra payaso como un insulto. Y no es así, para nada. Los payasos transmiten alegría. Uno tiene que ver las caritas de emoción que ponen los chicos cuando están frente a uno de ellos. Es algo impagable.
-¿Qué hace usted para cumplir una función como la del payaso?
-Mucho no me gusta hablar de eso... Todos los fines de semana estoy dirigiendo un campeonato en la villa donde Margarita (quien fue elegida la mujer del año) tiene el hogar Los Piletones. Eso me reconforta inmensamente. Son personas que viven en lo más profundo de la pobreza y sacarles aunque sea una sonrisa es lo mejor que me puede pasar en la vida.
Se le pregunta si es posible hacerle una sesión de fotos junto con la gente de la villa. Se niega rotundamente: "No, los políticos están muy mal vistos por la gente. Los usaron mucho y no quiero que pase eso conmigo".
Le cuesta hablar de sus cosas íntimas, pero algunas de ellas salen a la luz; muchas, por primera vez. Se confiesa amante de la música en general, pero en especial del tango; es más, a lo largo de la extensa charla puso varias veces como ejemplo las letras de distintos tangos. "Siempre quise aprender bandoneón, pero es muy difícil; sólo me le animo a la armónica...", se le escapa.
Recuerda a la perfección su juventud, que lo descubrió desde bien chico en las esquinas del Parque Rivadavia, en Caballito. "Muchos decían que yo no entendía el lenguaje futbolístico. Por favor, si yo me crié en un potrero...", sentencia.
La pregunta del millón: ¿De qué club es hincha Javier Castrilli? "Eramos una barra que todos los domingos iba a la cancha. Fuimos a ver a Boca, a River; elegíamos un partido e íbamos", trata de evadirse.
-Bárbaro Javier, pero no nos contestó...
-Y... por el barrio siempre seguíamos a Ferro; desde chicos entrábamos gratis a ver al equipo... ¡Pero lo otro es cierto eh! ¿Si insultaba a los árbitros? Y éramos pibes..." Su teléfono celular no para de sonar. Sus dos asesores no paran de asistirlo. Para eso están. Está familiarizado a este juego de árbitro con dos asistentes, pero ahora fuera de un campo de juego.
Tiene muy buenos recuerdos de algunos de los jugadores y técnicos que le tocó arbitrar. "¿Saben quién me regaló una camiseta? Hernán Díaz, aunque no lo crean. Lo eché tantas veces que ni yo lo pude creer cuando me la dio. Esas también son cosas que me ponen bien. Me demuestran que mi mensaje se entendió, que no todo fue en vano", asegura.
"Igual que Passarella. Tuvimos encontronazos en la cancha, pero cuando estábamos en el Mundial y la Argentina eliminó a Inglaterra, los árbitros quedamos afuera de la Copa; entonces, Passarella me llamó y me dijo: Ustedes no se van de Francia, se vienen ya para la concentración. De la AFA no quiero nada, le contesté. Y me dijo que eso era por cuenta del plantel", relata emocionado.
Las anécdotas pasan una tras otra. Javier se ríe; muy de vez en cuando deja escapar algún insulto. Parece que no, pero es él: el otro Castrilli.



