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LONDRES.- Trago difícil para el rugby inglés ver que, el próximo fin de semana, en su aristocrática casa de Twickenham, otros animarán la fiesta de las semifinales del Mundial: Sudáfrica v. Australia, pasado mañana, y Nueva Zelanda v. Francia, el domingo.
Días de gloria para un tal Jannie de Beer, que se coló de última en la competencia (desplazó del plantel sudafricano al joven Gaffie du Toit) y no hubiese figurado entre los titulares de los Springboks si el notable Henry Honiball no se hubiera vuelto a lesionar.
Pero así es el destino de caprichoso, imprecedible y, a veces, artero: de Beer, que había jugado un partido horroroso frente a Uruguay en la rueda clasificatoria y que había rebajado sus pretensiones para fichar con Manchester Sale (club inglés que, paralelamente, ya había iniciado conversaciones para contratar a Gonzalo Quesada), fue el héroe del éxito de los Springboks ante Inglaterra por 44 a 21, el domingo último. Marcó 34 puntos y estableció el récord de drops en un partido: anotó cinco y pulverizó una marca mundial que, entre otros, tenía Hugo Porta, con tres, desde una lluviosa tarde de 1979, ante Australia, en Ferro; cifra que repitió en el ´85, ante Nueva Zelanda.
Momento de desconcierto para las estructuras de un rugby inglés todavía atónito por esta eliminación. Justo ellos, que se autoproclamaban el seleccionado mejor preparado para ganar el torneo. Con un costosísimo viaje a Australia -acá cerquita- para hacer la pretemporada y con un entrenamiento tipo comando al regreso, efectuado con el asesoramiento de los royal marines.
¿Saben cuánto invirtió Inglaterra en la puesta a punto de su equipo nacional? En los últimos dos años, nada menos que 8 millones de libras esterlinas, unos 14 millones de dólares..., para terminar su sueño mundialista en los cuartos de final, es decir, en la misma instancia que los Pumas, un equipo que transitó, en el mismo tiempo, su camino hacia una actuación histórica con sólo US$ 1.500.000.
A los muchachos de la rosa es obvio que les duele en el alma esta frustración; pero también les afectó sensiblemente el bolsillo: si hubieran sido campeones, cada uno de los jugadores locales hubiese embolsado unos 150.000 dólares libres de culpa y cargo (aquí el Estado retiene el 40 por ciento y no se salva nadie).
Con resignación, y en procura de elaborar un diagnóstico, admiten que la competencia interna no se acerca ni por asomo al Súper 12 (el torneo que supuestamente le aporta ventajas de desarrollo a Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica), que los jugadores locales están sobrevaluados, que hay que restringir la incorporación de rugbiers extranjeros que tapan a las jóvenes promesas autóctonas, que los referís no ayudan porque cortan mucho la dinámica del juego...
Mientras tanto, conviven con la imposibilidad de romper la hegemonía del hemisferio sur, la Alianza rugbística forjada debajo del Ecuador que, con lógica irrebatible, puso a sus tres candidatos en la definición del IV Mundial, con el antecedente de que ya se habían repartido los tres títulos anteriores: los All Blacks en 1987, los Wallabies en 1991 y los Springboks en 1995.
No sólo no pudieron meter la cuña británica entre los poderosos del Sur, sino que en los dos compromisos bravos que tuvieron en este Mundial, ante Nueva Zelanda -en la segunda fecha- y con Sudáfrica, en los cuartos de final, los ingleses apenas pudieron concretar un try bastante afortunado frente a los neozelandeses, cuando De Glanville aprovechó un rebote en un poste y apoyó.
Cómo justificar, entonces, el enorme presupuesto para el cuerpo técnico que comanda Clive Woodward, en el que, también, trabajaron en áreas específicas un entrenador de pateadores (Dave Alred), otro de defensa (Phil Larder), otro de forwards (el neozelandés John Mitchel) y el restante de backs (Brian Ashton). ¿Semejante despliegue logístico únicamente para golear a Italia y a Tonga?
Por todos estos motivos, entonces, la eliminación de Inglaterra encierra el fracaso más grande del Mundial; mucho más, por ejemplo, que la debacle de Gales, un equipo más limitado en todo sentido.
Los ingleses fueron los inventores del rugby allá por 1823, son los lobbistas más influyentes y los que más invirtieron en estos cuatro años de profesionalismo. ¿Y la materia prima? ¿Y los jugadores? Ahí, justamente, está centrado el quid de la cuestión; buenos atletas, pero carentes de talento, imaginación y capacidad para sorprender defensas firmes y superpobladas.
Para colmo, el único que rompía el molde, Jeremy Guscott, se llevó, con su retiro del plano internacional, la cuota de inspiración que hoy lamentan al borde de las lágrimas.


