Ironman, ¡perdón por mi escepticismo!

Norberto Frigerio
Norberto Frigerio LA NACION
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15 de noviembre de 2018  • 23:59

La llamada fue inusual. El doctor Eduardo de Moura Moraes, jefe del control antidoping del Ironman 70.3, me invitaba a asistir a una prueba deportiva. Y aunque los eventos multitudinarios e infinitos en extensión se ubican en los primeros puestos de las cosas que, definitivamente, no me gustan, acepté la invitación: Nordelta, 6.30 de la mañana.

Convencido de que estaría acompañado apenas por los pájaros madrugadores y unas pocas decenas de fundamentalistas del deporte, mi sorpresa al llegar al country en Tigre fue descomunal.

¡Qué impresionante! A esa hora ya más de 2.500 atletas enfundados en su trajes de neoprene elongaban, hacían pequeñas carreras y se colgaban de cuanto elemento los pudiera sostener. Otros, más plácidos, se hidrataban o simplemente hacían flexiones, y hasta había alguno que ya había probado la temperatura del agua, primer desafío a enfrentar en lo que denominaban un pre-calentamiento.

A esta altura se entenderá claramente que el deporte nunca fue lo mío. Y se entenderá, también, todo lo que aprendí en esa mañana de triatlón en Nordelta.

Para mi sorpresa, no estaban solos… miles de familiares, amigos, entrenadores, compañeros y compañeras, profesores y solidarios vecinos estaban allí con infinidad de sillas, reposeras, hamacas o simplemente lonas y colchonetas. Todos aposentados a la vera del lago para hacer su aporte en la jornada que estaba a punto de comenzar.

Ya a las siete de la mañana comenzaron a surgir desde los altoparlantes consignas muy claras para el ingreso e inicio de las competencias. El orden asombraba.

Sonó la señal y una veintena de deportistas internacionales se arrojaron a nadar en las frías aguas. Luego, una cantidad similar de mujeres brasileñas, estadounidenses, canadienses y argentinas. Y así, uno tras otro, miles de participantes. Había que nadar dos kilómetros entre boyas que marcaban el itinerario. Simultáneamente, mientras algunos iban saliendo del agua y, veloces, cumplían con su primera etapa, otros ingresaban para iniciar su épica acción del día. Salían chorreando por unas rampas, donde voluntarios los ayudaban a despegarse de esas fundas apretadas de goma que protegían sus cuerpos del agua y las bajas temperaturas. Casi sin detenerse corrían hasta las bicicletas que, ordenadas por numeración, esperaban a los atletas a una considerable distancia. Siempre en movimiento, se lanzaban sobre las dos ruedas e iniciaban ese segundo desafío, recorrer 90 kilómetros pedaleando. Simultáneamente, los voluntarios seguían haciendo fuerza para desprender a los rezagados de sus trajes y ayudarlos a que salieran corriendo en busca de las bicicletas.

Transcurridas un par de horas comenzaron a llegar atletas que ya habían completado la segunda de las proezas, recorrer en bicicleta decenas de kilómetros.

Volvían concentrados y presurosos a dejar las bicicletas y afrontar el último escollo. Por delante debían correr 21 kilómetros, con toda la fuerza y fiereza que demanda este último desafío. Una media maratón, ni más ni menos.

Confieso a que a esa altura, y con el potente sol de las 10 de la mañana en lo alto, todos me parecían héroes, ídolos eléctricos e ignorados. No paraban, acaso los ralentizaba levemente alguna botella de agua de la que bebían sin detenerse. Entraron en la última etapa como si nada hubiera sucedido hasta ese momento, aunque llevaran varias horas de tremenda acción.

Los atletas de elite cumplieron con el desafío triple en tres horas y media. Hombres espigados, atléticos, fibrosos, debidamente magros, muchos de ellos extranjeros, alcanzaban la meta después de pasar por entre los aplausos de un público que los reconocía vencedores.

Eran las 10:30 de la mañana del domingo y la cosa estaba lejos de terminar: faltaba lo mejor, los centenares de hombre y mujeres anónimos que se habían propuesto emular a los atletas de elite. Mujeres y hombres, no demasiado jóvenes, entre cuarentones y sesentones, incluso setentones, que se habían lanzado al desafío de completar esos 114 kilómetros. Y ganaron todos, porque eso es vencer, eso es ganar: la sola y única ilusión de llegar. Te pido disculpas por mi escepticismo, Ironman.

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