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El debate se instaló entre los partidarios de la tecnología y los defensores del folklore. Entre quienes defienden el uso de los adelantos técnicos para eliminar los errores en las decisiones arbitrales y los que se aferran a esa tradición que atribuye a las equivocaciones un rol esencial en el atractivo del juego. Todos parecen tener argumentos decisivos.
A Gerardo Martino le resulta simpática la idea de la adopción; a su colega Juan Pizzi, en cambio, parece repugnarle la posibilidad. Dunga lo reclamó tras la penosa eliminación de Brasil; pobre, estaba tan mareado que no tuvo en cuenta que, de haberse aplicado con tino el artilugio, su equipo habría perdido con Ecuador y a Perú le habrían dado el claro penal del primer tiempo.
La tecnología está ya ampliamente difundida en el fútbol; el arbitraje es uno de los pocos ámbitos en el que se encuentra vedada. Desde las selecciones más poderosas a los conjuntos más modestos, todos buscan aplican soluciones, en la preparación o en el juego, que derivan de una aproximación científica al deporte. Tarjeta roja para la hipocresía. La tecnología es omnipresente; pero además creemos que es infalible. Para fallar ya tenemos a los árbitros.
En determinadas circunstancias, como la que disparó la mano de Ruidíaz, el reglamento y la justicia son antagónicos. Si se aplica la norma, se comete una injusticia. Para no cometerla, hay que transgredir la regla. Esa es la verdadera tragedia: la transformación de una trampa en jugada válida. Reglamentaria.
Como Diego en el 86, como Tulio en el 95, Ruidíaz gambeteó la regla y colocó al árbitro Cunha en esa encerrona, en la que la ley se opone a la justicia; la manipulación dejó a Brasil fuera de la Copa América pero –contra los que celebraban la eliminación- el sentido justo del juego reclamaba a gritos un empate en los diez minutos finales del partido.
Ese es el auténtico trago amargo: comprender que, para ser tan popular, el fútbol debe volverse, cada tanto, tan injusto.



