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La noticia deportiva tuvo escasa difusión y el valor humano de su protagonista se perdió, sin mayores ecos, en el andar de una semana que la sumó al listado de las 16 campeonas mundiales del boxeo femenino argentino.
Ana Laura Esteche es la nueva titular welter jr. (AMB). Es "La Monita" para todo el mundo, y el sábado pasado, en San Clemente del Tuyú, no tuvo tapujos en declarar ante las cámaras de TV, para todo el continente: "La corona es para mi mujer, ella me comprende y juntas queremos ganarle a la vida. Amo a mis padres y alguna vez me gustaría que ellos entiendan mis sentimientos".
Rodeada por un ámbito en donde la lucha constante, la pobreza de billetes y la necesidad de subsistencia son patrones diarios, "La Monita" contó su vida íntima al colega Carlos Irusta, en el programa radial Ring Side en el aire, tras su consagración, narrando un hecho inusual en el mundillo pugilístico local: "Formamos con Yohana Giménez una pareja de boxeadoras. Somos dos veninteañeras que hace casi tres años estamos juntas. ¡Y cómo son las cosas! Yo me consagro el día en que ella debuta como profesional. Todo nos cuesta mucho y cuando no hay peleas y no entra dinero agarramos «changas» en las demoliciones de los barrios bravos de San Martín, y a fuerza de levantar la pala cargamos escombros. Decimos, en broma, que es una forma de mejorar nuestra musculatura".
A los 23 años, y con un récord de 10 victorias, 3 derrotas y un empate, Esteche no falló en su cuarta oportunidad internacional. Su vencida, Mónica Acosta, una auténtica dama del ring, le dejó como legado de su noche magna una lección de grandeza e hidalguía, al colocarle con sus propias manos el cinturón mundialista que ella había perdido; un acto que constituyó algo semejante a la cesión desgarradora de una identidad que ya no tendrá. Este gesto reavivó un pasaje glorioso y olvidado en la historia del boxeo de dos siglos atrás, vivido en 1892, cuando en pleno festejo de James Corbett, irrumpió con su ojos hinchados el adversario vencido, John L. Sulivan, para entregarle su cinturón de campeón con un dolor inimitable.
Esta escena le demostró a Esteche lo que implica el crecimiento personal y social en sólo un instante. La grandeza es algo sublime y único, ajena al glamour, lo mediático y lo banal, estupideces populares de alto consumo con las que "La Monita", afortunadamente, nunca tuvo tiempo para convivir.

