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Como a usted, que seguramente durante las dos últimas semanas habrá sacrificado muchas horas de sueño para seguir por TV al Sub 20, paralelamente a la satisfacción por una nueva consagración argentina, me queda una certeza: el sentirme identificado con el fútbol y la imagen que brindan los chicos que conduce José Pekerman.
Lejos de bochornos y manuales de excusas. Guiándonos sólo por realidades. Orgullosos, usted y yo, de quienes juegan y se divierten con una pelota, sin apartarse de las normas elementales de conducta. De jóvenes que no son hijos del rigor, ya que deportiva y humanamente fueron moldeados por manos expertas. Todos ellos, dignos embajadores de nuestro país.
Pero quiero detenerme en Pekerman. Y lo primero que se me viene a la mente es la necesidad imperiosa de cuidar el tesoro descubierto hace un par de años.
Veníamos de ciertas experiencias ingratas en el fútbol juvenil, durante los procesos que acompañaron a Carlos Bilardo y a Alfio Basile, desarrollados por Carlos Pachamé y Reinaldo Merlo. No sólo los resultados fueron adversos, sino que además asistimos a gruesas alteraciones de comportamiento. "Eran chicos", se argumentará. Bueno, estos también son chicos. Que ganan (en mayor medida) o pierden, pero respetando un estilo. Que es una forma de respetarse a sí mismo y respetarnos, por ende, a todos.
Vuelvo al tesoro. Ya se escuchan voces que quieren a Pekerman al frente del seleccionado mayor después del Mundial Ô98. No puede quitársele al noble José la ilusión de estar al timón del barco principal. Tiene ese derecho.
Pero, ¿es atinado mover al técnico del área más fuerte que tiene hoy el fútbol argentino? Nunca, en dos años, hubo un proceso como éste. Pekerman es el artífice, con méritos indiscutibles y sobreponiéndose a la incredulidad inicial de varios sectores (incluido el periodismo).
¿Tiene sentido, hoy, desproteger un sector que es envidia de todo el mundo? Además, no puede soslayarse que manejar chicos no es lo mismo que conducir a grandes. No desacredito a un Pekerman fuera del ámbito de los Sub 17 o Sub 20. Sólo se trata de marcar diferencias.
Porque en la ansiedad, no faltan los que desearían jugar la Copa América o las eliminatorias con este Sub 20. No parece aconsejable cargar de presiones a quienes sólo están comenzado un camino entre los grandes. Y si valores ya fogueados en primera dieron claros signos de que la camiseta, en aquellas competencias, les pesa una tonelada, transformándose casi en principiantes, puede entenderse por qué los chicos deben ir quemando etapas en forma progresiva.
Ese tesoro. Lo encontró Julio Grondona, admirado por las carpetas y los proyectos de José. No le erró. No hay que perderlo. Si es preciso duplicar sus ingresos para seguir disfrutando de este presente (que ya nos está bien acostumbrando), vale la pena la inversión. Y si Grondona quiere apostar con él en la selección mayor, será su jugada. Acaso tan ganadora como ésta del juvenil. Pero ya entraríamos en el terreno de lo probable.
Volveremos a madrugar, a perder horas de sueño cada vez que jueguen sus chicos. Junto con usted. ¿Perder horas de sueño dije? ºQué absurdo! Es nuestra inversión para con el buen gusto. Perdón, Pekerman. La próxima vez, elegiré mejor las palabras.
MONTEVIDEO.- Saltaban, reían y cantaban. Bailaban, gritaban y se abrazaban. También se escapó alguna que otra lágrima, que recorría los cuerpos llenos de felicidad, de emoción. El seleccionado juvenil uruguayo no pudo con la Argentina y cayó en la final del Mundial de Malasia. ¿A quién le importaba? Miles y miles de orientales salieron a gritarle al mundo "nosotros también somos campeones". Y Montevideo se cubrió de celeste.
"¿Quién dijo que perdimos? Caímos ante la Argentina, no con cualquiera", explicó Roberto García, un empleado de 46 años que abrazaba a todos los que pasaban a su alrededor. "Estos chicos son un ejemplo para todos, principalmente para los mayores; gracias, Uruguay, por hacerme tan feliz...", repetía.
Mientras los chicos argentinos daban la vuelta olímpica y recibían el merecido premio, Montevideo era una fiesta. ¿Que se perdió la final? Ya nadie lo recordaba. La avenida 18 de Julio vibraba al son de la música, de la alegría.
"Somos los segundos en el mundo, vamos a festejar", gritó Sebastián Carlín, de 20 años y estudiante. Es que algunos agacharon la cabeza para masticar su íntima desilusión. "No puede ser que alguien esté triste. Los botijas hicieron un esfuerzo extraordinario. Por eso, todos salimos a cantar." Y ahí estaban. Chicos y grandes. Mujeres y ancianos.
Ayer fue un día atípico en Montevideo. El partido comenzó a las 9.30, pero todo estaba paralizado desde varias horas antes; desde varios días antes. El éxito ante Ghana significó, para Uruguay, llegar a la primera final de un Mundial Juvenil. Y después de aquel mítico Maracanazo en mayores -y de 47 años de frustraciones-, la garra charrúa accedió a una final. La efervescencia era tan grande que el presidente Sanguinetti felicitó a los jugadores una y otra vez. "Gracias, juvenil celeste", rezaba un cartel gigante, estampado en la Intendencia Municipal de la ciudad.
"¿Sabés que festejamos? Que le pudimos demostrar al mundo cómo se juega al fútbol. Y merecimos ganar. Por eso festejamos", se sinceró Camila Sánchez, que no cesaba de saltar y de cantar.
"¡Soy celeste!", era el himno preferido. Claro, también había epítetos irreproducibles para los porteños. "Es que son agrandados", señaló la joven.
Pintadas callejeras como "ellos son 33.000.000; nosotros, sólo tres millones, pero en la cancha somos 11 contra 11. ¡Vamos Uruguay, por la hazaña!", cubrían gran parte de la ciudad. La expectación fue en ascenso a medida que se acercaba el comienzo del match.
Y fue Pablo García, con un soberbio tire libre, quien hizo volar los termos, el mate y las banderas de los uruguayos, que, sin excepción, tenían en sus manos.
Claro, los minutos pasaron y Cambiasso y Quintana torcieron la historia. Pero las banderas no dejaron de flamear hasta el pitazo final. Y ahí estalló la fiesta. Mezcla de emoción, orgullo y felicidad.
Todos fueron a la calle. Los televisores se apagaron y los altoparlantes que transmitieron el partido (a los escasos transeúntes que no veían la final) se hicieron silencio para darle paso a los cantos de la gente.
El equipo de Víctor Púa paralizó el país. "Hace 47 años que esperábamos esto. Hoy es un día de fiesta. Estoy feliz de ser uruguayo", dijo Jorge Estévez, mozo de una de las confiterías más concurridas en el centro de Montevideo, a metros de la plaza Cagancha.
Por más de cinco horas, los chicos uruguayos pararon el país. Los herederos de la famosa garra charrúa desataron, a pesar de la derrota, una euforia increíble. Una fiesta inolvidable.
Varias décadas tuvo que esperar Uruguay para volver a disputar una final en un Mundial. De aquel recordado certamen de 1950, los orientales no pudieron destacarse en un torneo de tal magnitud. Por eso se comprendía la expectación del comienzo y la alegría al final, al margen de la derrota.
Y el gobierno también decidió que el día era muy especial. Por eso, estableció asueto en las escuelas (el sábado, aquí, es similar a un día de semana) y las empresas y los negocios dejaron que sus empleados vean el encuentro desde sus hogares.
