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Seguramente ni en sus más curiosos pensamientos Pablo Meana debe haberse imaginado llegar hasta donde llegó. Las sorpresas que guarda el futuro son tan inciertas que ni el líbero del seleccionado argentino de voleibol pudo siquiera presagiar lo que esta temporada le depararía. Sobre todo cuando, en plena euforia del Mundial, Meana, de 27 años, había dicho que tenía planes de abandonar el deporte y regresar a su Necochea natal, por falta de buenas propuestas.
Vaya paradoja. Horas después de finalizar la cita máxima (el 13 de octubre último), Meana fue reconocido como el mejor receptor del torneo –por lo que recibirá 100.000 dólares por parte de la Federación Internacional–, y además fue contactado por el entrenador del seleccionado ruso, Guennadi Chipouline, para integrarse a un equipo que él dirige en la ciudad de Belgorod, 700 kilómetros al sur de Moscú. El club se llama Belgorie Lokomotive, y allí es titular en un plantel cuyos nombres son casi los mismos que los del seleccionado ruso. No extraña, entonces, que el equipo sea cómodo líder de la liga, con un invicto de 18 encuentros.
Con su esposa, Luciana, y su hijo, Alessandro, Meana es el primer voleibolista argentino que juega en ese país, y aún trata de acostumbrarse al rigor del clima –la temperatura promedia los 10 grados bajo cero– y al idioma. “Todavía no puedo creer lo que estoy viviendo –le comentó Meana a LA NACION desde Belgorod, vía telefónica–; es increíble. Estoy muy contento; fue una muy buena elección venir acá. No me puedo quejar de la ciudad: es muy pintoresca y bastante antigua; de Moscú está un poco lejos, pero igual ya me hice una escapadita”.
En el pasado quedaron esos meses de incertidumbre y también los días terribles en Koyote, de Salta, cuando durante la última Liga Argentina la dirigencia decidió echar al entrenador y Meana terminó haciéndose cargo de un equipo que descendió.
“Con todo lo que pasé en 2002 quiero disfrutar esta nueva experiencia. Sentir que tengo continuidad y que puedo asegurarme un poco el futuro económico me hace muy bien; la cabeza funciona de otra manera”, señaló Meana.
Hace más de un mes que se encuentra en Rusia, pero sólo ahora parece haberse adaptado un poco a su nuevo hogar.
“Los primeros días fueron muy duros. Nos fuimos de la Argentina con casi 30 grados de temperatura, y apenas llegamos hacía 15 bajo cero”, señaló. Pero además del frío, el idioma es otro escollo que la familia Meana aún tratando de superar.
“Estuvimos con un traductor permanentemente, pero ahora tenemos una profesora particular y con mi esposa estamos estudiando a full. Ya entendemos bastante, así que se ve que somos buenos alumnos”, comentó el jugador argentino, que firmó contrato hasta mayo próximo, pero que podría renovar el vínculo por una temporada más.
Así son los días de Pablo Meana en Rusia, un país con una rica historia en el voleibol –el único que actuó en todos los mundiales; tiene seis títulos bajo el nombre de la antigua URSS–, y que le dio una oportunidad a un jugador que pasó del retiro cercano a seguir en la lucha en una competencia de primer mundo.




